viernes, 16 de marzo de 2018

La Puta y el Guajiro




 Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  
Historias cotidianas de ficción.
 -Mira quien vino.
- Voy a invitarlo.
- Me gustas, debiéramos empezar algo.
Se fueron al Puente del Ferrocarril. No había trenes. Le enseña el pene. Ella comienza a chuparlo con locura improvisada, la cabeza, el tronco, los güevos... El frota la vulva con uno de sus dedos hasta sentirla lubricar. La penetra como un dios homérico.
 - Papi me has roto el totico, tienes que casarte conmigo.
-  No te hagas la inteligentona.
- Lo he hecho dos veces.  Eres el tercero. Juro que no hubo nadie más.
Esa misma noche desapareció, hasta que un año después la vio sobre un auto lujoso, al parecer muy bien acompañada. Quiso gritarle, pero su cabrona dignidad era un centinela. Ella cre verlo, pero dónde... -Vamos a dar la vuelta de nuevo, le dice al hombre. -¿Para?, ¿Para?- Se abrazaron como amigos de siempre. Empezó a hablar en sollozos.
-Mi vida se volvió una mierda aquí. En la mujer se va uno y aparece otro. No quedó más remedio que meterme a puta; quería un buen techo, ropas, zapatos, viajes, un futuro decente; -dice con profunda amargura-.
El perfume de su piel es altamente seductor. La deja hablar y tiene ganas de congelar el tiempo; tenerla allí la vida entera, atrapado en sus curvas bien formadas.
- Vámonos Papi-. No respondió. Quizás tenía razón, pero sólo era una puta generosa. La vio irse  hasta que se perdió en una curva de la vieja carretera del barrio; entonces volvió al café de la ciudad a envejecer en cada trago.

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