domingo, 13 de mayo de 2018

Mi Madre me enseñó el amparo



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

Vine al mundo y  anduve por ahí como animalillo asustado mi primer año y medio.  En la que fue mi primera casa nunca supe lo que era el amor. Un día me arrancaron de allí  y tras unos cuantos minutos de camino llegué a una finca  donde señoreaba el verde. Una mujer de voz dulce me recibió. Desde ese día siempre estuvo conmigo;  curó la enfermedad que un lúcido médico no se atrevió a enfrentar;  a base de cocimientos, horarios programados y mucha ternura.   Me salvó de una muerte anunciada que ni el mismo médico chino podía evitar, dijo en consultas un pediatra de Holguín.  Aquella señora consiguió lo que la ciencia no pudo, darme luz y enseñarme el valor de  la vida.

Yo era como un perrillo detrás de ella a todos lados, al darle comida a sus gallinas, al colar el café en la madrugada, campo adentro buscando nidadas de huevos en los mállales. Una vez, un alambre viejo dejó un surco en mi pierna izquierda al cruzar  una cerca, seis puntos hubo que darme, pero aquello se infestó y la penicilina y sus cariños hicieron lo necesario.   

Ella me enseñó el amparo. Estar en sus brazos era como dormir en la mejor de las camas. Su olor  me producía una paz extraordinaria.  Sus comidas, las mejores que he degustado en toda mi existencia.  

Su visión de la justicia en una casa donde vivían muchos, me dio el socialismo sencillo que el hombre necesita para ser un ente comunitario;  no había privilegios,  se comía según  el trabajo, el hombre que sacaba a la tierra alimentos era el más importante, todo giraba alrededor suyo;  ella comía el cogote y la molleja de las aves, para dejar las mejores postas a las hormigas que andábamos en torno suyo.

Nunca me hizo sentir extraño, ni me tiró en cara que yo era un arrimado, por eso mi primer día en la escuela dije que era mi Madre; al preguntarme mis apellidos, algo no encajaba, entonces la maestra mandó a buscarla y ella contó la historia de un niño sin hogar, que llegó a su casa como animalillo asustado, casi muriendo y lo salvó con una medicina llamada amor.

Me hice un hombre a su lado. Estudié por ella. Llegué a la universidad y me gradué porque su inmenso cariño nunca me faltó.

Mi primer salario cuando empecé a trabajar lo puse en sus manos, recuerdo me pidió lo comprara todo de café seco, algunas libras puse en sus manos y sus ojos brillaron como el lucero que veíamos al amanecer cada madrugada.

Decía a todos que yo era su hijo más pequeño, “orgullo mío” le decía a Toña, su mejor amiga y confidente de las cosas propias de las mujeres del campo. Carlito Fornaris  reconocía el mérito enorme de ella al educarme. Yo había crecido, era un hombre recto, educado en las doctrinas del socialismo comunitario de la mujer que me enseñó el significado de la palabra MADRE.  Ella lo ha sido todo para mí,  por eso el día que pasó a otra dimensión sentí mucha soledad; tanta, que creía morir;  por eso llamé mamá a la mascota que me ama quizás tanto como ella, de alguna manera seguía evocándola al nombrar a ese pedacito de ser en cada momento del día.   
No me acompaña físicamente hoy, donde quiera que esté, no imagina mi añoranza de aquellas conversaciones bajo el árbol de Salvadera; sus manos sobre mi cabello en las caídas, sus palabras de aliento para empujarme a adelante;  la frase puntual: “Escucha siempre lo que te digo, porque tarde o temprano sucede. Yo se más. Una madre ve con los ojos del AMOR”.  

RECOMENDACIÓN:  Escucha las últimas palabras de una MADRE para un HIJO: 

2 comentarios:

  1. Hola amigo hace tanto que te conozco y nunca supe que detras tenias una historia tannnn linda de AMOR de tu mami, es hermoso ver como alguien puede levantarse y decir "SI SE PUEDE" como lo hiciste tu, deseo que Dios siempre te bendiga en todo lo que emprendas y te guarde en todos tus caminos.......

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  2. Abrazos, así es la vida querida Sonia, uno anda entre la gente y muchos no imaginan cuántas historias lleva cada uno en el alma....Gracias por tus palabras. Amén....

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