miércoles, 16 de mayo de 2018

La verdad sobre el poeta Eduard Encina y la vida literaria de Contramaestre



Saliendo del Taller Raúl Gómez García en la  Casa Memorial Orlando Pantoja de Maffo (Año 1999)

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Año 1997. Lo veía en la madrugada o ya tocando el anochecer, sobre una bicicleta camino a Contramaestre o rumbo a Baire. Me decía: “saludos a la gente de la nacagua”;  así llamaba a Cruce de Anacahuita, mi barrio natal. Me parecía un peleador de gallos, porque su pinta daba eso.

Pero un día nos vimos en el antiguo Instituto de Perfeccionamiento Educativo (IPE) y supe que era subdirector docente de la escuela secundaria básica Rodolfo Rodríguez;  yo era jefe del departamento de humanidades de la Pepito Tey. Allí confraternizamos. Me habló de un taller que había en la ciudad, le dije que la instructora del mismo me visitaba en casa hacía más de un año.

En aquella reunión, con los profesores de humanidades, yo hablé duro de la enseñanza de la historia, de Martí; al salir, vino  y me dijo: “Guajiro, la pusiste buena”.   

Después nos encontramos en el taller, unas veces en el patio de las Maidique, otras en el amplio corredor de la vieja casa de Aquilino Fernández, hoy Central de Trabajadores de Cuba, en Contramaestre, o en el área exterior de la Casa Memorial Orlando Pantoja de Maffo.

Sus poesías eran demasiado románticas,  me daban algo así como Pablo Neruda o sencillamente César Vallejo.  El gran poeta del grupo era Víctor Adriel Matos Legrá, siempre la ponía buena y tenía un ojo para encontrar ripios, que una sección con él, era quedarse con un par de versos. Muchos se fueron del taller, porque no podían con aquello.

Los talleres debate literarios los ganaba siempre Víctor;  nadie podía disputarle. Eduard creció admirándolo por su hablar pausado, exquisita cultura y cristiano de cuna. Todos queríamos a aquel joven, porque en verdad creíamos que sería el gran poeta del futuro;  pero un día se despidió y muy serio nos dijo que se iba a España. Mantuvimos comunicación en la distancia. Cuando venía a Cuba,  celebrábamos con vino, quesos y lo que Víctor comprara, porque en verdad nuestros bolsillos andaban muy desajustados.

El taller se llamaba “Raúl Gómez García” y la instructora era Flora Preval. Allí nos dábamos cita Bárbara Cuba, Eduard Encina, Edgardo Licea, Osvaldo Matos, Omar Lora, las hermanas Maidique, Marino, Bismar Galán, Annia Enamorado, Mario Durruti, Luis Enrique Jerez, en fin mucha gente buena. De todo ese semillero, la Cuba se erigió como la poetisa enorme que ocuparía el lugar de Víctor, pues todos los premios los ganaba ella y Annia Enamorado.  Eduard era uno más.  Leía mucho a los románticos del siglo XIX cubano, después se volvió loco leyendo a Lezama Lima, a los poetas del grupo literario Orígenes, a Martí.

La Cuba se fue a Palma Soriano. Annia se apartó de los versos y Eduard apareció ante todos como el gladiador que venía formándose;  Flora estimuló mucho eso, nos prestó libros valiosos que nunca regresaron a su biblioteca. Crecimos en unos años y cuando ya se veía llegar el 2000, Eduard fue el primer poeta del grupo en publicar un libro, gracias a las Ediciones Territoriales: “De ángel y perverso”  era el título y lo presentó en Contramaestre Oscar Montoto Mayor. En verdad fue una gran alegría. Yo era su jefe, porque lo habían mandado para mi escuela. Desde mi trabajo yo vi hacerse todos los poemas de aquel primer cuaderno. Recuerdo conocimos a un poeta ya realizado como Alfredo Quintana, que se vino toda una semana a Baire, a darle pulimento para meterlo al horno editorial. Si hay otro padre tutelar de Eduard, es sin dudas Alfredo.

Después se ganó un premio con el  librillo “El perdón del agua” y empezó a creerse en verdad aquello de la poesía. De la cabeza a los pies nos volvimos escritores, creíamos en eso; el poeta Reinaldo García Blanco hizo de mentor, pues nos traía libros para orientarnos, según lo que veía en cada uno. Yo publicaba “Leer La Edad de Oro con ojos de Mujeres”, Carlos Miguel Pérez “El caballito de plata”, en fin muchas publicaciones. Entonces llegaron al grupo, traídos por Eduard, Jorge Labañino Legrá,  Domingo González, Julio Baños, Kike la Bala, Osmel Valdés y otros.

Por razones personales, muy serias por cierto, Eduard tuvo que irse de educación y terminó siendo instructor literario en la casa de cultura de Baire, allí decidió montar un viejo sueño del poeta Olson, ya probado en el Instituto Superior Pedagógico Frank País García; empezó a reunir un amasijo de  gente, se rebautizaron “Café Bonaparte de Baire".

El único escritor profesional que había por estos lares supo de ellos, de nosotros, no dudó en acercarse, pero sus críticas eran demasiado pedantes y hubo momentos en que la cosa se puso muy seria;  después terminamos amigos y por esas cosas del "azar concurrente" de Lezama, nos volvimos los mejores yuntas de Orlando Concepción Pérez. Casi todos nuestros libros pasaron por sus manos antes de publicarse. Día por día nos veíamos en su casa, vivíamos aquello de ser los escritores de la ciudad, los cheches, los que más leíamos, cuando el país se estaba fragmentando, la prostitución como un pulpo, la corrupción haciendo de las suyas y millones de cubanos yéndose a otros países del mundo.   

El Café ganó terreno y Eduard  alcanzó un par de premios de los buenos, el Calendario en poesía para niños y adultos; dos libros fueron los responsables, “El silencio de los peces” y “Golpes bajos”. Entonces empezó la furia de la Asociación Hermanos Saíz, de convertirnos en la vanguardia artística y todo ese entusiasmo enorme con el que nos íbamos de un pueblo a otro, armados de guitarras, libros, canciones, botellas de ron y éramos tan felices.

Contramaestre era noticia en la literatura, la historia, la cultura, los blog. Se nos metió en la cabeza construir un reino espiritual, un pueblo donde la gente amara el arte, la literatura, el periodismo alternativo; creímos que podíamos mejorar el alma humana y lo dimos todo, sin esperar nada a cambio. Todos crecimos en aquello, algunos se volvieron jefes, otros seguimos aferrados a los libros, a la vida espiritual y Eduard era de estos últimos.

Un día hablamos de la Ruta Funeraria de José Martí, la que millones de cubanos ignoraban y agarramos unas guitarras y nos fuimos a amanecer en Remanganaguas, a dar un concierto, leer poemas y hablar de Martí. Éramos como locos, pero mucha gente creyó en aquello y un día, gracias a las conversaciones con el poeta César López y el ensayista Víctor Fowler, ambos de visita en la ciudad  durante aquellas ferias del libro que nunca debieron irse, surgió el proyecto Orígenes. Víctor nos alentó duro. César también. Así empezó una jornada literaria donde se combinaban dos momentos cumbres de la literatura, el martiano y el lezamiano. Contramaestre nos daba esa posibilidad, pues teníamos la casa de Fico Fernández, albacea de José Rodríguez Feo, uno de los gestores editoriales de Orígenes y teníamos la mayor cantidad de lugares de toda Cuba donde descansó e incluso fue enterrado el cadáver de uno de los precursores del Modernismo, -José Martí-; así que la mesa estaba servida y había que darle cordel a aquel sueño.

Al principio armábamos en mi casa el programa, a mi correo llegaban las obras que concursarían, en fin, fuimos puente, oficina, muchas cosas. Orígenes se hizo una verdad que nos unió a todos. El río Contramaestre puso la nota inicial,  todo terminaba con un baño en aquellas aguas, luego  quisimos darle más fuerza al asunto y el campismo Las Golondrinas se volvió nuestro cuartel general. La Asociación Hermanos Saíz y la Sociedad Cultural José Martí se hermanaron en todo aquello, creíamos en esa alianza, en los liderazgos respectivos; pero con el tiempo, los programas del evento se armaban de forma individual, empezamos a reñir, queríamos crear el Movimiento Literario Orígenes, hacer de aquello un gran proyecto intelectual liderado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba de conjunto con la Sociedad Cultural José Martí, pero no logramos consenso, seguíamos en las discusiones, quisimos darle fuerza a lo digital dentro del evento,  varias veces lo conseguimos, leer on line, la promoción en ese mundo, todo aquello nos hacía discutir fuertemente, hasta que casi terminamos enemistados, porque algunos empezamos a pensar que no podíamos respirar dentro de aquella tiranía, por eso un día Eduard me dijo, “hermano, el número mágico es 10, si llegamos, ahí termina todo”. Mucha gente pequeña se encargó de meterle ruido en los oídos al Gordo Encina, casi nos echaron a fajar,  hombrecillos y mujercillas enfermas de grandeza dijeron cosas. La enfermedad terminó acercándonos y tengo el honor inmenso de oír de su propia boca algo que siempre recordaré con sano orgullo:Ahora se que eres mi hermano. No sabes el meno enorme que tengo de los potajes en tu casa, de nuestras discusiones intelectuales;  mi último cumpleaños allí, en torno al puerco asado. Guajiro, usted será mi hermano siempre”. Me quedaron miles de fotos de todo eso, videos.

Son las verdades de nuestro pequeño mundo espiritual, el que soñamos en la segunda mitad de la década del 90 y las dos primeras del 2000;  en el que cada uno aportó su grano de arena y nadie se hacía el bárbaro;  por eso jode oír a cualquier hormiga hablar y repartir méritos hoy, si nunca estuvo en aquellos momentos germinales, que hicieron de Contramaestre una de las plazas literarias más importantes de Cuba.   
Eduard junto a Arnoldo Fernández y Orlando Concepción. Fot. Víctor Adriel Matos.
En el Cementerio Remanganaguas,  19 de mayo de 2004.

Junto a destacadas figuras de las ciencia sociales en Cuba entre los que sobresalen Pedro Pablo Rodríguez, Félix Julio Alfonso López, Joel Cordoví, Arnoldo Fernández,  Orlando Concepción y Luis Enrique Jerez. Año 2005.
Eduard junto a Jorge Labañino, Luis Enrique Jerez y Arnoldo Fernández. Año 2006.
En el cumpleaños 7 del blog Caracol de agua (Casa de Arnoldo Fernández, 25 de agosto de 2016)
En la casa de mi tío Fidel Fernández en Cruce de Anacahuita, antes de comer unas empanadillas. 1 de enero de 2015.
En mi casa celebrando su cumpleaños 44 el 27 de enero de 2017. Ese día asamos un puerquito.
En la despedida del duelo de Orlando Concepción. 2 de noviembre de 2010.
Junto a nuestro compañero de estudios, el hoy trovador Eduardo Sosa,  20 de enero de 2017.
A todos mis cumpleaños siempre venía.
No se perdía un cumpleaños en mi casa.

5 comentarios:

  1. Oscar Montoto Mayor: Arnoldo, buen amigo, cada mensaje, pliego, remembranza, artículo que lanzas, es pieza de valor histórico y literario. Este es otro.
    Cuando vi a Eduard la primera vez, no pude sospechar, oh, divina y terrible subjetividad, que era lo que fue y es, inmenso poeta, escritor, amigo; pensé en un luchador o boxeador; pero con sonrisa franca y natural y el saludo de noble expresión física y espiritual. No olvido esa sonrisa. Y tuvo la paciencia de soportar mi presentación de su libro que me agradeció diciéndome que era original lo que hice porque temía un discurso para especialistas y lo que quería era eso, una reseña que dice cosas y motiva la lectura... y que se venda. Y nos reímos a carcajadas.
    Ya te lo dije, Arnoldo, los poetas no mueren.
    Felicidades otra vez por tu sensibilidad.
    Abrazos y para todos esos poetas. Especial para ti.

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  2. Oscar Montoto Mayor Tienes mucha razón en tu afirmación:

    LOS POETAS NO MUEREN.

    Más con amigos como Arnoldo.

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  3. Rafael José Rodríguez Pérez: Hermoso, hermano. !Cuan importante es rescatar nuestra memoria, la "pequeña", la "negada". En ese camino, imprescindible, vas ya muy, muy lejos, con tu increíble Caracol de Agua.
    Gracias por eso!!!

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  4. Victor Adriel Matos Legrà30/5/18 6:58 a. m.

    Arnildo...Querido amigo. Un cumulo de sensaciones mezcladas con recuerdos maravillosos de esos primeros pasos en el taller literario irrumpen atropellando mi mente y mi corazon se encoge....pienso en cuanto me he perdido estos mas de 20 años....me consuela saber que ha crecido...que han crecido y siguen en ese camino tortuoso y complicado....placentero y soez...pero en el camino....cuanta nostangia..cuantobextraño a mi querido Eduard..un abrazo enorme

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  5. Muy bueno, hermano, me has conmovido. así se forma la cultura de un pueblo, poco a poco, desde abajo, esa es la verdadera cultura, la que define la identidad de un lugar. Y no olvidamos a Eduar, por supuesto

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