lunes, 25 de agosto de 2025

¡FELICIDADES CARACOL!


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Hace 17 años tener un blog en Cuba era una herejía. Hace 17 años, tenerlo en un pueblo de provincias, una locura. Herejía y locura me acompañaron cuando un 25 de agosto de 2008 salí a navegar en mi blog Caracol de agua por el mundo. 

Hace 17 años, un amigo cercano llamó a mi blog, "granada sin espoleta que podía explotar en mis manos." Mi amigo vivió la UMAP en Palma Soriano. Mi amigo vivió los efectos del primer Congreso de Educación y Cultura. Mi amigo vivió 1971 en carne y espíritu. Tal vez por todo eso mi amigo lo creyó una granada sin espoleta.

Y mi amigo tuvo razón, me explotó en las manos. Por sus publicaciones fui vigilado, censurado y castigado, al extremo de no dejarme otra opción que escapar del trabajo y volverme un insiliado en mi propio pueblo.  

Y mi amigo tenía razón, por las publicaciones fui difamado de muchísimas cosas. Incluso mi casa fue atacada durante la madrugada del 20 de octubre de 2022 por unos encapuchados. 

Pero a pesar de la explosión, siguió vivo. Nunca lo cerré como me exigieron algunos censores. Caracol de agua siguió navegando y me regaló muchos hijos, entre ellos cuatro libros que amo apasionadamente. 

A pesar de la explosión, mi amor a Cuba y su gente quedó intacto. Hoy muchos de los que me acusaron en el tribunal de su conciencia, se acercan convencidos de su error. Ya no me importan. 

Caracol de agua es mi viaje del pasado al  presente, mi  autobiografía ante el futuro. Cuando pase la  oscuridad, estará ahí con toda su luz.

sábado, 23 de agosto de 2025

EL LLAMADO DEL AMOR


Por Arnoldo Fernández Verdecia. 

Comía huesos en todas las casas del barrio. Recorría la candonga en busca de sobras. Bajaba el farallón tras cualquier cosa para comer. ¡Una lucha diaria por sobrevivir!

Tenía 15 años, era un abuelo. Me dolía tanto verlo en su vagabundeo cotidiano, que empecé a darle de vez en cuando alimentos. Él comprendió enseguida mi amor y me premiaba con ladridos. 

Un día llegaron intensos aguaceros y no dudó ni un segundo en establecerse en mí portal y pasarlos allí. Nunca le faltó, en todo ese tiempo, un trozo de tela limpia donde echarse, agua y comida. Dormía al lado de la ventana de mi cuarto. A veces, asustado, temía abrir la ventana y no verlo , pero siempre ahí, leal, seguro. 

Un día desapareció y salí a buscarlo por todo el barrio, creí que le había pasado algo malo, pero no, se había ido a sus aventuras de sobreviviente noctámbulo que recorría el pueblo en busca de cualquier cosa para comer. Dos días en ese deambular y una tarde llegó, al escuchar mi voz, al sentir mis caricias, lloraba como el perro sensible que era. Ese día abrí la puerta de la casa y lo invité a entrar, a quedarse y él aceptó. Lleva un año conmigo.

Cuando lo acaricio y le hablo llora infinitamente y me lame las manos, los brazos, el cuerpo todo.  Adora mis caricias, mis palabras.

Todos los días, mientras como, espera su regalo, espera sin golosear, tiene la certeza de que al pararme de la mesa, su boca recibirá algo sabroso. 

Ya no ve. Lo guío con mis palabras, construimos un lenguaje que es su luz. Con esa luz sus ojos ven. Un año a mi lado es poco, suficiente para él convertirme en su dios.



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