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viernes, 29 de enero de 2016

Alguna vez fuimos felices con aquel socialismo de los 80




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Solo me quedan uno recortes de discursos que hablan de aquel socialismo de los 80 en que éramos tan felices; alguien desde el tejado me grita,  “macho, esas cosas no dan comida”. Los guardo en una vieja caja; cierro toda entrada posible de luz; intento un Martí del decoro, una revolución de la virtud; pero la  biblioteca de Borges me ciega todas las razones y creo ser un hombre libre de hacer lo que quiera  con su vida como dijo el uruguayo Pepe Mujica en la "Mesa redonda".

Cierro los ojos y me veo caminando junto a mi amigo Víctor Adriel   las calles de Madrid, hasta bebemos Rioja y cenamos filetes de ternera, un manjar exclusivo para mí, en medio de estas hambres acumuladas, donde el picadillo de soya llegó un día temporalmente y decidió quedarse para siempre.

Cierro los ojos y me veo caminando las calles de lo que fue Santiago ensangrentada; arriba, abajo, entro a célebres librerías, escapo con libros que no eras míos, pero que mis urgencias necesitaban y mis bolsillos no podían pagar.

Abro mis ojos y los potajes de chícharos, el pollo congelado y el culantro de castilla me cercan. La noche inmensa se abalanza sobre mí. Entonces comprendo que paso los cuarenta y hay una  lluvia de azufre afuera que apaga toda esperanza posible.

Necesito luz, mucha luz para salirme de mi casa molida por las trazas, donde todavía perdura una colección de papeles, muy amarillos, camino al polvo.  


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