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lunes, 14 de diciembre de 2015

Yo hablo como un oriental no de Santiago de Cuba



“Yo soy guajiro”, mis colegas reían  mi manera de mostrar mi identidad campesina.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu   

De niño viajaba con mi madre al pueblo de Contramaestre, a unos cuatro kilómetros del barrio rural  donde transcurría mi existencia. Recuerdo con preocupación algo que siempre sucedía cuando encontrábamos a alguien de Santiago, la mismísima Habana u otros territorios vecinos: “Ustedes hablan cantando”, nos decían. Preguntaba a mi vieja y ella me aclaraba: “La gente del campo hablamos así, por eso nos perciben de esa manera. No te preocupes, lo importante es ser una buena persona. Lo otro es ornamento”.  

Pasó el tiempo y me hice joven, caminé muchos lugares de Cuba en aquellas memorables becas a las que todos íbamos porque sino, no éramos los hombres y mujeres que necesitaba ese país imaginario llamado futuro; en todos aparecía la misma etiqueta denigrante de mi manera de hablar: “Pero si habla cantando el pobrecito. Es un guajirito de tierra adentro”.

Nunca me molestó me etiquetaran con lo de guajiro de tierra adentro, tampoco me sentí menos que los otros por mi manera de hablar, mi madre era un referente bien autorizado por los afectos sembrados en mi espíritu: “Lo importante es ser buena persona. Lo otro es ornamento”.

A mí lado crecían otros como yo de campo adentro, todos muy preocupados por borrar las raíces, limpiar toda brizna del lenguaje que los vinculara con la finca de donde venían. Incluso cuando alguien les preguntaba de dónde eran, respondían como habaneros y asumían una gestualidad propia de las personas de la capital de todos los cubanos.

Un buen día, ya en la universidad, años duros en Cuba -década del 90 del siglo XX-, llamado eufemísticamente por alguien “Período Especial”, seguían aquellos etiquetajes al modo de hablar de la gente del campo. Recuerdo llegó Willy Chirino a nuestras vidas con una fuerza tremenda. Nos encerrábamos en los cuartos de becas a escucharlo y batíamos palmas poseídos por aquella música tan cubana como las palmas reales. Una de sus canciones me tocaba  fuerte y la entonaba a todo pecho: “Yo soy guajiro”, mis colegas reían  mi manera de mostrar mi identidad campesina…A partir de ese tiempo sentí más orgullo cuando me decían: “Guajiro”.

Crecí en los años y me hice de una profesión pero las cosas no cambiaron. Yo seguí aferrado al mejor referente de mi vida: “Lo importante es ser buena persona. Lo otro es ornamento”.  Así que preferí la norma lingüística del guajiro de tierra adentro, de Cruce de Anacahuita, un barrio donde la gente habla alto, toman café fuerte y dicen hasta la vista compay.  No cambiaré eso nunca, porque vivo orgulloso de mis raíces. Pobre de aquellos que olvidan la tierra cultivada por sus ancestros y se creen muy cosmopolitas sin haber leído a José Martí, ni saber muy bien quién era José Lezama Lima. Pobre aldeano vanidoso que cuando alguien le pregunta por su patria chica la niega con desdén. Un país no puede refundarse con gente que niega un pasado y se busca un linaje geográfico que nada tiene que ver con su identidad, con la manera de hablar de su gente. Yo hablo como un oriental no de Santiago de Cuba, sino de Cruce de Anacahuita, allí donde el gallo es el mejor de los relojes.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Soy Guajiro

El olor a hierba, el canto del sinsonte, considerado el rey de las aves por estos lares, y los lamentos de una tojosa, me hicieron pensar en la canción “Soy Guajiro”. Y en verdad me siento así al estar entre olores, colores y sabores que pintaron mi infancia.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Hace tres meses que no llegaba hasta la finca donde nací. Hoy tomé el Camino Real, como le llaman en Cuba al antiguo paso de la corona española durante la colonia, y la visité.

El olor a hierba, el canto del sinsonte, considerado el rey de las aves por estos lares, y los lamentos de una tojosa, me hicieron pensar en la canción Soy Guajiro”. Y en verdad me siento así al estar entre olores, colores y sabores que pintaron mi infancia.

Observar a mi abuelo de 96 años salir de una plantación de maíz, bajo el tupido sol de Cuba, es una de las alegrías más fértiles para guardar en la memoria. O apreciarlo al desgranar maíz a puño, como lo hicieran nuestros aborígenes, es una dicha que no tiene comparación.

O sencillamente ver a mi mascota Cuquita recorrer el potrero en pleno goce de la libertad negada en la ciudad, donde autos y desconocidos ponen rejas a sus sueños, es otra de las vivencias para atesorar en el recuerdo.

Saborear la guayaba, el anón, la naranja y el mamoncillo, es una invitación a pactar con lo afrodisíaco del campo. Pintar los ojos de verde y azul, es una sensación que sólo se experimenta en la finca del abuelo.

Hacía tres meses que no estaba en la finca del abuelo y hoy la he visitado. Sus olores y la paz, bajo el frondoso tamarindo, me recuerdan que la Cuba sentida está en el campo, su gente. Esos que te dicen compay, y te invitan a un buche de café o te sirven un plato de harina de maíz con leche. Esos que fríen el gordo del puerco y hacen chicharrones para comer con yuca o plátano. Esos que visten sencillo, pero tienen el corazón grande.

Hoy he visitado la finca de abuelo y amo más a Cuba y su gente.


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