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| “Yo soy guajiro”, mis colegas reían mi manera de mostrar mi identidad campesina. |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu
De
niño viajaba con mi madre al pueblo de Contramaestre, a unos cuatro kilómetros
del barrio rural donde transcurría mi
existencia. Recuerdo con preocupación algo que siempre sucedía cuando
encontrábamos a alguien de Santiago, la mismísima Habana u otros territorios
vecinos: “Ustedes hablan cantando”, nos decían. Preguntaba a mi vieja y ella me
aclaraba: “La gente del campo hablamos así, por eso nos perciben de esa manera.
No te preocupes, lo importante es ser una buena persona. Lo otro es ornamento”.
Pasó
el tiempo y me hice joven, caminé muchos lugares de Cuba en aquellas memorables
becas a las que todos íbamos porque sino, no éramos los hombres y mujeres que
necesitaba ese país imaginario llamado futuro; en todos aparecía la misma
etiqueta denigrante de mi manera de hablar: “Pero si habla cantando el
pobrecito. Es un guajirito de tierra adentro”.
Nunca
me molestó me etiquetaran con lo de guajiro de tierra adentro, tampoco me sentí
menos que los otros por mi manera de hablar, mi madre era un referente bien
autorizado por los afectos sembrados en mi espíritu: “Lo importante es ser
buena persona. Lo otro es ornamento”.
A
mí lado crecían otros como yo de campo adentro, todos muy preocupados por
borrar las raíces, limpiar toda brizna del lenguaje que los vinculara con la finca
de donde venían. Incluso cuando alguien les preguntaba de dónde eran,
respondían como habaneros y asumían una gestualidad propia de las personas de
la capital de todos los cubanos.
Un
buen día, ya en la universidad, años duros en Cuba -década del 90 del siglo XX-, llamado eufemísticamente
por alguien “Período Especial”, seguían aquellos etiquetajes al modo de hablar
de la gente del campo. Recuerdo llegó Willy Chirino a nuestras vidas con una fuerza
tremenda. Nos encerrábamos en los cuartos de becas a escucharlo y batíamos
palmas poseídos por aquella música tan cubana como las palmas reales. Una de
sus canciones me tocaba fuerte y la
entonaba a todo pecho: “Yo soy guajiro”, mis colegas reían mi manera de mostrar mi identidad campesina…A
partir de ese tiempo sentí más orgullo cuando me decían: “Guajiro”.
Crecí
en los años y me hice de una profesión pero las cosas no cambiaron. Yo seguí aferrado
al mejor referente de mi vida: “Lo importante es ser buena persona. Lo otro es
ornamento”. Así que preferí la norma
lingüística del guajiro de tierra adentro, de Cruce de Anacahuita, un barrio
donde la gente habla alto, toman café fuerte y dicen hasta la vista
compay. No cambiaré eso nunca, porque vivo
orgulloso de mis raíces. Pobre de aquellos que olvidan la tierra cultivada por
sus ancestros y se creen muy cosmopolitas sin haber leído a José Martí, ni
saber muy bien quién era José Lezama Lima. Pobre aldeano vanidoso que cuando
alguien le pregunta por su patria chica la niega con desdén. Un país no puede
refundarse con gente que niega un pasado y se busca un linaje geográfico que
nada tiene que ver con su identidad, con la manera de hablar de su gente. Yo
hablo como un oriental no de Santiago de Cuba, sino de Cruce de Anacahuita,
allí donde el gallo es el mejor de los relojes.




