Abuelo sentado en su vieja butaca quiere salud para llegar a los cien años. |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
La ciudad yace
bajo el humo. En cada esquina, un hoyo. Brazas. La vara gira de mano en mano.
Rones. Músicas. El cochino asado nos invade. Ningún sitio escapa a su olor, a
ese encanto.
Unos viejos aparecen,
como en un cuadro renacentista, mucha luz en torno a ellos. Observan todo, pero
el asado reclama sus valoraciones. “Salud es lo que nos hace falta. Lo otro se
consigue sobre el camino”. “Sin salud nada es posible”. Frases como esas las escuché
muchas veces cuando el reloj marcaba las 12 de la noche, y el 2013 abría los
brazos.
Cené el asado,
no como otros años, esta vez lasquearon sus esencias para que grasas corrosivas
no tocaran hígado y arterias. Las verduras se encargaron de metabolizarla. Nada de licores.
Aprecié otra
historia, nunca antes la había experimentado, pude evaluar el disfrute del otro, sea cercano o desconocido. Algo
misterioso lo toca. El yo íntimo asoma, deja ver heridas, esperanzas. El cubano
se metamorfosea, adquiere colores; ese condimento lo da la fiesta de fin de
año, una de las que ha resistido el tiempo asediada por las limitaciones
materiales.
Familias sin
lazos de afectos se sentaron a la mesa, olvidaron y comprendieron el sabor de
la palabra. Un nuevo despertar parece anunciarse para los nacidos en esta isla.
Saben que son momentos de unirse, saltar
rencores, pensarse mejor e inventarse el futuro, pidiendo a esa Virgen
Milagrosa del Cobre mucha salud, para no quedar en el camino de la subsistencia
y salvar las reservas de fe que aún nos queda.