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jueves, 3 de enero de 2013

El fin de año que vio el cubano de a pie


Abuelo sentado en su vieja butaca quiere salud para llegar a los cien años.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

La ciudad yace bajo el humo. En cada esquina, un hoyo. Brazas. La vara gira de mano en mano. Rones. Músicas. El cochino asado nos invade. Ningún sitio escapa a su olor, a ese encanto.

Unos viejos aparecen, como en un cuadro renacentista, mucha luz en torno a ellos. Observan todo, pero el asado reclama sus valoraciones. “Salud es lo que nos hace falta. Lo otro se consigue sobre el camino”. “Sin salud nada es posible”. Frases como esas las escuché muchas veces cuando el reloj marcaba las 12 de la noche, y el 2013 abría los brazos.  

Cené el asado, no como otros años, esta vez lasquearon sus esencias para que grasas corrosivas no tocaran hígado y arterias. Las verduras se encargaron de metabolizarla.  Nada de licores.

Aprecié otra historia, nunca antes la había experimentado, pude evaluar el disfrute del otro, sea cercano o desconocido. Algo misterioso lo toca. El yo íntimo asoma, deja ver heridas, esperanzas. El cubano se metamorfosea, adquiere colores; ese condimento lo da la fiesta de fin de año, una de las que ha resistido el tiempo asediada por las limitaciones materiales.

Familias sin lazos de afectos se sentaron a la mesa, olvidaron y comprendieron el sabor de la palabra. Un nuevo despertar parece anunciarse para los nacidos en esta isla.  Saben que son momentos de unirse, saltar rencores, pensarse mejor e inventarse el futuro, pidiendo a esa Virgen Milagrosa del Cobre mucha salud, para no quedar en el camino de la subsistencia y salvar las reservas de fe que aún nos queda. 


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