lunes, 6 de enero de 2014

Ruego al Señor me libre de todos los ídolos


Por Mailín Castro Suárez. (Colaboradora del Caracol de agua)

Ídolos en mis altares. Siento un escalofrío de arriba abajo cuando oigo esas palabras. Sé que los ídolos están hechos de piedra y madera; y a piedra y madera quedan condenados, por tanto los que los hacen.

Hay fabricantes de ídolos en el sentido material de la palabra, artesanos que labran imágenes de la divinidad tal como se lo ordena la fecunda imaginación de adoradores devotos en todas las culturas y edades. Contra ellos se dirige la prohibición del salmo para reforzar el mandamiento del Señor a su pueblo de que no se hagan imágenes de la divinidad y para poner en ridículo la expresión de una piedad mal entendida en figura sin vida.

“Sus ídolos son plata y oro, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tiene orejas y no oyen, tienen nariz y no huelen, tienen manos y no tocan, tienen pies y no andan, no tiene voz su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza”

Y luego están los fabricantes de ídolos en el sentido más sutil de la palabra, tanto más peligroso cuanto más disimulado; y aquí es donde me veo a mi misma y siento sobre mi cabeza todo el peso de la denuncia bíblica. Yo me hago ídolos en mi propia mente y los adoro con fidelidad escondida y sumisión obediente.

Ídolos son mis prejuicios, mis inclinaciones, mis gustos y preferencias; mis ideas fijas de cómo deben ser las cosas; mis principios y valores, por dignos y legítimos que parezcan; mis hábitos y costumbres; las experiencias pasadas que gobiernan mi vida presente como regla inflexible de conducta para mí y para todos por siempre.

Todos estos son ídolos. Ídolos de la mente. Piedra y madera o aún oro y plata, pero en todo caso metal inerte y sin valor ante el alma viva. Ídolos mentales, ideológicos, culturales, incluso espirituales. Todo el peso muerto de una larga vida. Todo el triste equipaje del pasado. Peso y obstáculo. Esclavitud y cadenas. Penosa herencia de mi alma pagana.

Lo que me aterra es el castigo que se sigue a la adoración de los ídolos. Hacerse como ellos. Tener ojo y no ver, tener oídos y no oír, tener mano y no palpar, tener pies y no caminar. Perder los sentidos, el contacto con la realidad, la misma vida. Este es el castigo por adorar a los ídolos de la mente: dejar de estar vivo. Cesar de vivir. Vivir de cadáver. Sigo adorando mis antiguas ideas, manteniendo mis prejuicios, postrándome ante el pasado y pierdo la capacidad de vivir el presente. Me cargo la memoria de costumbres, rutina; dejo de ver, sentir, andar. Me hago piedra y madera. Me hago cadáver. He adorado mi pasado en busca de la seguridad y la tranquilidad y me encuentro con la negra noche de la rigidez y la muerte. El ídolo es una idea fija. Me quedo yo también fija como un ídolo de piedra y madera.

A lo largo de toda tu revelación y tu trato con tu pueblo escogido, tú siempre odiaste a los ídolos, Señor. Hoy te ruego me libres de todos los ídolos de mi vida… para que vuelva a andar.

1 comentario:

  1. Tomas Rivera: ni una ni otra, acá somos indios y ese cuento de "la idolatría" esta muy gastado, los occidentales siempre han sido mediocres y patanes y pretenden continuar siéndolo otros 500 años mas. Así que, me importa un carajo lo que se diga al respecto. Saludos

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