domingo, 31 de marzo de 2019

Adiós “Papá”



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

31 de marzo de 2019. 1:25 de la madrugada. Mi mascota de compañía Cuquita, una y otra vez viene hasta la cama; con breves ladridos señala la puerta, algo quiere decirme, la conozco por sus hábitos, inteligencia; no es caca, no es orinar; pasa algo; decido seguirla, abro y voy hasta donde dejé a “Papá” luchando por la vida la noche anterior, luego de una batalla intensa contra su corazón cansado, la falta de aire, la ceguera. Pude ver sus últimos suspiros, su mirada apagada me decía adiós.

Siendo apenas un cachorro aprendió a quererme como un protector de sus días, por eso no sentía la ausencia de su dueña cuando iba a Guantánamo a visitar la familia.

“Papá” supo enseguida, que al morir la que tanto amó, debía buscar refugio en mí, así lo hizo hasta convertirse en el hermano mayor de mi mascota Cuquita; unidos, hacíamos el recorrido todas las noches y ahí presente, celoso guardián de su amada, la que respetó con una ética a prueba de los deseos más perrunos.

Comía lo mismo que yo. Sus necesidades eran órdenes para mí, cuando su cacharra no tenía agua, la movía con una pata y sabía que debía levantarme o dejar todo para satisfacerlo.

Dormía frente a la puerta de mi cuarto; con los claros del día, pasaba sus patas imitando toques (toc toc, toc), hora de empezar las luchas diarias.

La noche del 30 intentó meterse en la habitación donde vivió una gran parte de su vida junto a su ama, noble persona que me pidió en su lecho, horas antes de irse a la eternidad, lo cuidara; era su más grande amor; me hizo jurar mi entrega, como mismo lo hizo ella durante 10 años. Me abrazó. Sabía de mi profunda sensibilidad. Lo juré y cerró los ojos; se fue convencida de mi promesa.

No pudo morir donde vivió los días más felices, incluso subiendo a la cama en la madrugada y durmiendo por breves horas junto a su dueña, por eso tomé una de sus prendas, de las que tenía, -el médico veterinario amigo me sugirió lo hiciera-, pues ellos tienen memoria de los años vividos, así lo hice y a la 1:30 de la madrugada fue a encontrarse con su ama en una etapa nueva, otra forma de amor, donde estoy convencido me cuidarán desde sus espíritus.

Muchas veces lo salvé de la muerte, una de ellas muy dramática, cayó en una enorme caja de agua de una vecina y nadie conseguía sacarlo porque era muy bravo, gracias a Dios me avisaron, porque ya cansado podía ahogarse; sus patas ensangrentadas, la respiración agitada, me vio asomarme y nadó a mí, lo tomé en mis brazos, me lamió la cara en señal de agradecimiento;   con esa imagen te recordaré siempre “Papá”.

Todo animal de compañía o cualquiera merece una muerte digna, acompañada de afectos, atenciones médicas. Tuvo razón nuestro inmenso José Martí cuando dijo: “el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee”. Adiós “Papá”.

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