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lunes, 11 de enero de 2016

Amamos a Bayamo con sano orgullo



El más grande hombre nacido aquí responde al nombre de Carlos Manuel de Céspedes
Por David Gregorio Rodríguez Rodríguez.

Bayamo atesora historias maravillosas de sus hijos y de los que no habiendo nacido aquí, tienen ese derecho por los aportes que han hecho a la vida de la ciudad. Cuando eso sucede es que esa persona, proveniente de otros lares, ama a la Villa profundamente por diversas razones, algunas de las cuales pueden residir en la creación de esas familias que nos iluminan cada día.

A esa altura de la vida y para suerte nuestra ya no existen diferencias entre los nativos y los que arribaron en determinada ocasión, quizás por casualidad o la irrupción del amor. Todos somos bayameses y a ese concepto hay que aderezarle las sustancias para que ese espíritu se convierta en acción permanente en favor de esta comunidad que tanto nos enaltece.

Hay una especie de comunión entre la ciudad y algunos de sus símbolos, naturales o históricos que nos hacen sentir personas agraciadas o favorecidas por el influjo de estas sobre nosotros.

¿Quién puede sustraerse aquí de esa relación de la población con el río de la ciudad, a la que dio su nombre, razón de especial orgullo que nos pone en una situación maravillosa como ciudadanos?

¿Quién podría soslayar ese hermoso vínculo de los bayameses sabiéndose herederos de la viril trayectoria del más grande hombre nacido aquí y que responde al nombre de Carlos Manuel de Céspedes?

¿Cómo no sentir estremecimiento al tener al compatriota Manuel Muñoz Cedeño, nombre ligado para siempre a nuestra historia patria?

¿Y sí mencionamos a Perucho Figueredo? Entonces el pecho palpita con una velocidad inusitada por las emociones que nos provoca, sabiendo que en Bayamo tenemos dos hombres que han escrito las letras de los himnos nacionales de dos países diferentes. Uno es Perucho, que nos dotó del nuestro; y el otro, patriota y poeta también, José Joaquín Palma, que escribió el de Guatemala. José Martí llamó a Palma: “Poeta de la Patria”. 

¡Qué orgullo, qué manera de sentir en nuestros corazones la historia bayamesa, qué satisfacción haber nacido aquí, qué alegría para aquellos que un día decidieron echar su suerte con nosotros!

sábado, 8 de marzo de 2014

Estar en Bayamo

Carlos Manuel de Céspedes, el padre de todos los cubanos, es de Bayamo.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu 

Me resulta muy placentero estar en Bayamo, es una ciudad de una belleza monumental, y, sobre todo, de un trato especial. Su parque inmenso invita a la reflexión; multitudes de palomas comen en la mano del extraño. Apreciar las esculturas de un par de colosos que dieron origen a  la nación cubana, Carlos Manuel de Céspedes y Perucho Figueredo, es un regalo para el que ama la Patria. 

Recorrer su calle principal, sólo para peatones, es una dicha grande. Limpia, muy limpia. Florecen en ella obras de arte. Muchedumbres  van y vienen como un río de aguas quietas. Árboles de espeso follaje dan sombra al cansancio que brota, luego de tanto disfrute. La vista nos lleva entonces a la casa de Céspedes, a la Iglesia, a sus comercios  y uno no quiere que el día termine.

Cuando el hambre asoma, batidos, refrescos, confituras, helados, lo que uno quiera  puede encontrarse y a precios asequibles. Entonces uno se pregunta: ¿Por qué en el resto de las provincias de Cuba no es así? ¿Por qué donde vivo no es así? Un amigo aparece y me abraza largo, cuenta de personas del occidente que se quedan asombrados con la gastronomía de Bayamo, buena, barata y con un servicio ejemplar. Parece ficción le digo, él ríe a carcajadas, mientras degustamos un pulposo batido de papaya.

Luego llegamos hasta la librería, compré a Eliseo Diego, Lezama Lima y el magnífico Diario de Alejo Carpentier en Venezuela. Mi mujer recomienda cuidar el bolsillo; sigo su palabra. Nos fuimos entonces a apreciar las artesanías, la música joven que hacía una agrupación en el parque, las palomas. Tomé muchas fotos y eso me costó que un policía pidiera mis documentos de identidad. Nunca me había sucedido algo así, le dije al hombre, él, muy apenado, me pidió disculpas y con cariño sugirió una feliz estancia en la “Ciudad Monumento”.

Rayando el mediodía fuimos a almorzar al Pedrito, un sitio mágico, parece de turistas, dice mi mujer, allí se ofertan pizzas y espaguetis con sus correspondientes agregados, desde langosta, camarón, queso, jamones, pollo, pescado, pimiento, cebolla, en fin, tantos y a precios módicos, que uno quiere de todo. El servicio es de primera. Uno sale complacido y con ganas de volver, por eso elijo a Bayamo para ir de paseo, es una ciudad con muchos encantos, y una población tan respetuosa, que uno se pregunta si Castilla la vieja quedó congelada aquí para la eternidad. A continuación, mis imágenes de Bayamo...

 
 
 
 
 
 
 


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