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martes, 13 de junio de 2017

Tirarme del puente para vivir



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com   

Alguien me llamó a casa este martes en la noche, 13 por cierto; y me dijo ingenuo por escribir  “Tirarme del puente”. En lo personal no podía hacer otra lectura que no fuera la de mi incapacidad para vivir;  cuando le respondí "tranquilo, tengo muchas ganas de seguir por aquí mientras Dios quiera", dijo, “por alguna razón has revuelto el gallinero”;  al decirle que es una reflexión desprejuiciada de los días que viven muchos cubanos de tierra adentro, precisó, “así uno sabe a ciencia cierta como la gente asume el suicidio y su impacto social”. Se despidió de mí. Al rato, otra llamada. Sin preguntarme nada, me contó del festín de las hienas en la tarde, reunidas en torno a “Tirarme del puente”. Celebraron mis supuestas desgracias. A su manera, eran muy felices.  Es que a las hienas no se les puede pedir otra cosa que comer carroña y cuando creen a alguien muerto, el espíritu de manada congrega. A los que con sinceridad se comunicaron para decirme cuanto me apreciaban, gracias por ser tan generosos y hacerme saber que valgo para ellos;  de esas pequeñas cosas uno se alimenta  y monta Quijote para desembrollar entuertos y liberar verdades encadenadas a las oscuridades más inhóspitas de la vida. Hoy e vuelto a vivir, porque supe del instinto depredador de las hienas; la generosidad de mis amigos y amigas, sobre todo, los que comprendieron el texto para deliberar sobre algo tan profundo como el suicidio en momentos decisivos de la  Patria. A las hienas; un consejo: deben leer mucha literatura de la buena: Gabriel García Márquez;  Mario Vargas Llosa, Orwell, Julio Cortázar, Leonardo Padura, Armando Muñoz y Arnoldo Fernández. ¿Qué libros  tienen que consumir?, pues ahí les van 7, un número que se parece mucho a ustedes:
1. El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez
2. La fiesta del chivo, Mario Vargas Llosa
3. Gilda, Armando Muñoz
4. Rebelión en la granja, Orwell.
5. Rayuela, Julio Cortázar.
6. El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura.
7. Cuba con los mismos bueyes, Arnoldo Fernández.
Otra cosa, aprecien este video de Eliades Ochoa, me gusta mucho, ojalá y a ustedes también también:
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martes, 17 de febrero de 2015

Mi mayor feria del libro no es la de La Habana, Cuba




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu

Vivo mis ferias del libro en el barrio; allí hago una fiesta con amigos y amigas que creen en los caminos infinitos de la lectura. No necesito esas recepciones engañosas donde unos y otros acuden a los falsos homenajes o a los olvidos programados. 

Mi feria es una tarde sentado en el patio de casa, leyendo a Vargas Llosa, García Marquez, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Guillermo Vidal Ortiz, Leonardo Padura, y Pedro Juan Gutiérrez, entre otros muchos autores que harían interminable esta lista…

Ahora mi fiesta es “EL 71. Anatomía de una crisis”, de Jorge Fornet, un texto esencial; apenas un millar llegó a los lectores; entonces mi mayor alegría es encerrarme en el cafetal y hacer una lectura ejemplar y aprender que Cuba no es perfecta, su Revolución tampoco. ¿Cuántas  sugerencias en EL 71?

Camino a la cotidianidad, mi feria es encontrar libros viejos que nadie lee y encender una luz allí donde nadie ve el AMOR que despliego ante el  festín de hojearlos y olerlos; ellos bailan en mi cabeza primero, poco a poco la pueblan y me convierten en un SEÑOR de espejuelos con una llave a la salvación humana; ojalá y algunos personajes la pidan prestada. 

Mi feria es comprar buenos textos, llegar primero a ellos, saberlos encontrar en las casas donde habitan. Es rescatar a  ancianos virtuosos (LIBROS) con más de 100 años y darle refugio en medio de la crisis de espiritualidad que asalta nuestra insularidad. Es probar al ejército de mediocres, instalados en las fiscalías de las sospechas y las descalificaciones, que no necesito de esas festividades al aire libre, o bajo techo, donde predominan lo coral y el carnaval de los enfados.  

La aventura de un libro para mí es aprender a ser un mejor ciudadano, y adquirir las herramientas  del hombre virtuoso, empeñado en entender la libertad como el derecho a pensar y hablar sin hipocresía; esa es la LIBERTAD que sueño para los míos, para mi país;  esa es mi MAYOR FERIA DEL LIBRO.

miércoles, 2 de abril de 2014

Libros en Cuba para cucuruchos de maní


Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu 

Mediodía por  mediodía me siento en el área exterior de la librería de la ciudad donde vivo. Desde esa ventana aprecio el mundo cercano y su lógica a veces insultante. También tengo la costumbre de  recorrer la sala de libros por la mañana y en la tarde.

El 31 de marzo, Día del Libro Cubano, sobre las 14 horas, varios vendedores de maní invadieron a las libreras,  en sus fauces brotaban palabras duras, muy duras: saquen libros baratos, saquen libros baratos, es la única forma de mantener la venta.

Observé atentamente a aquellas personas, eran humildes, muy humildes, no les interesaba mutilar La música en Cuba y La cultura en Cuba y en el mundo, de Alejo  Carpentier, la inmensa novela El tren pasa primero de la Poniatowska, o la necesaria edición crítica de las Obras Completas de José Martí; lo importante era el papel para  envolver la mercancía. 
 

Con la imagen de los vendedores de maní a cuestas, me volví  al pasado y pensé en las agonías sufridas por un escritor para publicar un libro;  no pude ignorar el costo industrial, la promoción, todo lo asociado a un hecho cultural como ese.

Un grupo de niños llegó con sus padres, querían textos para colorear; cerré los ojos y  los vi instalados en el futuro buscando libros de Carpentier, la Poniatowska, Martí;  no aparecían por ningún lado;   -en ese tiempo-, yo era un viejecillo recorriendo aquella sala, al que no le quedó más remedio que contarle la historia de los vendedores que usaban en el pasado obras maestras, clásicos cubanos, universales y  locales,  para hacer cucuruchos de maní.


sábado, 8 de marzo de 2014

Estar en Bayamo

Carlos Manuel de Céspedes, el padre de todos los cubanos, es de Bayamo.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu 

Me resulta muy placentero estar en Bayamo, es una ciudad de una belleza monumental, y, sobre todo, de un trato especial. Su parque inmenso invita a la reflexión; multitudes de palomas comen en la mano del extraño. Apreciar las esculturas de un par de colosos que dieron origen a  la nación cubana, Carlos Manuel de Céspedes y Perucho Figueredo, es un regalo para el que ama la Patria. 

Recorrer su calle principal, sólo para peatones, es una dicha grande. Limpia, muy limpia. Florecen en ella obras de arte. Muchedumbres  van y vienen como un río de aguas quietas. Árboles de espeso follaje dan sombra al cansancio que brota, luego de tanto disfrute. La vista nos lleva entonces a la casa de Céspedes, a la Iglesia, a sus comercios  y uno no quiere que el día termine.

Cuando el hambre asoma, batidos, refrescos, confituras, helados, lo que uno quiera  puede encontrarse y a precios asequibles. Entonces uno se pregunta: ¿Por qué en el resto de las provincias de Cuba no es así? ¿Por qué donde vivo no es así? Un amigo aparece y me abraza largo, cuenta de personas del occidente que se quedan asombrados con la gastronomía de Bayamo, buena, barata y con un servicio ejemplar. Parece ficción le digo, él ríe a carcajadas, mientras degustamos un pulposo batido de papaya.

Luego llegamos hasta la librería, compré a Eliseo Diego, Lezama Lima y el magnífico Diario de Alejo Carpentier en Venezuela. Mi mujer recomienda cuidar el bolsillo; sigo su palabra. Nos fuimos entonces a apreciar las artesanías, la música joven que hacía una agrupación en el parque, las palomas. Tomé muchas fotos y eso me costó que un policía pidiera mis documentos de identidad. Nunca me había sucedido algo así, le dije al hombre, él, muy apenado, me pidió disculpas y con cariño sugirió una feliz estancia en la “Ciudad Monumento”.

Rayando el mediodía fuimos a almorzar al Pedrito, un sitio mágico, parece de turistas, dice mi mujer, allí se ofertan pizzas y espaguetis con sus correspondientes agregados, desde langosta, camarón, queso, jamones, pollo, pescado, pimiento, cebolla, en fin, tantos y a precios módicos, que uno quiere de todo. El servicio es de primera. Uno sale complacido y con ganas de volver, por eso elijo a Bayamo para ir de paseo, es una ciudad con muchos encantos, y una población tan respetuosa, que uno se pregunta si Castilla la vieja quedó congelada aquí para la eternidad. A continuación, mis imágenes de Bayamo...

 
 
 
 
 
 
 
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