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martes, 13 de junio de 2023

VIÑETAS DE TIERRA ADENTRO (VOLVIERON)

 

Taburete

Por Arnoldo Fernández. 

Lo supe hace dos noches, cuando el calor casi me provoca un infarto y ni siquiera el sombrero podía calmarme. No se las veces que tomé agua, pero esa sensación opresiva me recordó lo breve que puede ser la vida cuando no logras calmar la sed y vas de la cama al refrigerador ocho o diez veces, hasta que un extraño sopor te anula, cierras los ojos y pones en manos de Dios tu capacidad de resistir.  Volvieron, es una certeza que nunca se irán. Volvieron sin preguntar si alguien los quería de vuelta. Volvieron para llevarse a los que, como yo, van ocho o diez veces al refrigerador por un trago de agua, uno sólo para calmar el desespero e imaginar que tal vez mañana regresen más temprano, un poco más temprano Dios, porque si lo hacen  a la hora acostumbrada, una mañana me levanto tirándole piedras al sol.

martes, 29 de marzo de 2022

NUESTRA ODISEA CUBANA (Crónica)

Por Arnoldo Fernández Verdecia.  

Un hormiguero de personas va, viene; en sus rostros asoma una oscura agonía, necesitan un puñado de esperanza para creer que mañana será un poco mejor; pero mañana, pasado, llega y no sucede nada. 

La vida se va en esa secreta utopía de creer que mejorarán las cosas y valdrá la pena vivir sin sobresaltos, sin ese encono que aniquila el espíritu y nos embrutece hasta rabiar por creer en la esperanza. 

Un país se está yendo por mares, selvas, continentes lejanos. Sangre de nuestra sangre, espíritu de nuestro espíritu, sueños de nuestros sueños, las mejores ramas del árbol; nada parece detener esa estampida en masa de los que una mañana veías camino a la universidad, la escuela, el trabajo y de repente desaparecieron sin dejar huella. 

Luego te enteras que emigraron, así, de la noche a la mañana y cuesta creerlo; atrás quedan los que no se atreven, los que no tienen como hacerlo, los que  vieron sus vidas pasar aferrados a un paraíso color purpura que nunca llegó y cada vez es menos creíble alcanzarlo. Lo real es una caricatura de lo que alguna vez fue.  Vivir es una odisea innombrable. Morir también los es. 

La familia, ese cálido grupo donde alguna vez nos sentimos seguros, vuela en millones de fragmentos;  abuelos, padres, tíos, temen al mañana; aquellos que trajeron como semillas al mundo no están, se han ido, andan por lugares lejanos trabajando, sobreviviendo, empezando de cero otra vez. Duele mucho, sobre todo si los viejos horcones tenían el anhelado propósito de cerrar los ojos y saberlos ahí, en ese instante donde se convierten en polvo cósmico. 

Cualquiera sin rostro, ni obra, ni una vida pública conocida, cuestiona en las redes sociales con una vulgaridad inadmisible, lo mismo a encumbradas figuras de la cultura, que a los políticos, personas de bien, o a los que se atrevan a cuestionar el orden. Algunos los llaman troles, gusanillos necesitados de comer cualquier llama que pueda volverse incendio. 

Ese igualitarismo mediático donde lo banal, lo mediocre, asoma para difamar, oscurecer, aniquilar, parece imponer sus reglas del juego. Los sistemas se valen de sus garras para soltar perros entrenados allí, conceden facilidades para que naveguen en esos mares revueltos; lo mismo amenazan, atacan, vigilan; su trabajo es el otro y sus narrativas; por eso están atentos, muy rabiosos, para  verter camiones de heces sobre el que se atreva a cruzar la raya, mostrar su yo.  

Hay un mundo afuera, adentro, de nuestros pueblos, de nuestro yo, que es preciso equilibrar; hay naciones que no consiguen darle orden al caos, gobernantes que tienen en sus manos jugueticos que pueden acabar con la humanidad. Así va la vida, el entorno inmediato fracturado; el otro al borde de un conflicto nuclear.  

Alguna vez tuvimos líderes, hombres que pensaban y construían sueños; muchos creímos en ellos porque era racional hacerlo; la verdad de un líder era la de millones. Hoy la verdad es una magra caricatura, propaganda que no consigue entretener, ni proporciona paz, seguridad, porque ya no es creíble. 

La impunidad gana en todas partes. Algunos jefecillos sentados en tronillos de cristal gestionan la pobreza con hambre calculada, desvían ríos, mares, los convierten en parques temáticos donde reina la codicia, el pillaje, una molicie que solamente ellos pueden darse. 

Las calles mueren, costurones inmensos pueden verse en sus cuerpos que el tiempo parece vencer. Sitios de ensueño se desploman, nadie hace nada por detener su caída. Nuestro pasado casi es polvo, los nuevos Midas lo quieren así, lo necesitan para gobernar mejor. 

Personas van, vienen, no consiguen imaginar cómo será mañana, si hoy es terrible vivir, amar, soñar... Mañana es propiedad de unos que piden sacrificio montados en caballos de coral, rosados, hasta hermosos porque su piel no sufre los rigores del clima. Mañana no existe, aunque todavía algunos ingenuos pretendan convencernos alegando que será mucho mejor. Mañana es la nada. 

jueves, 16 de septiembre de 2021

MIS PALABRAS EL DÍA QUE DESPEDIMOS AL PADRE VIEJO

 


“Agradezco a familiares, amigos y vecinos por acompañarnos en este momento de dolor. 

Hoy le decimos adiós a un cuerpo, pero nos queda el espíritu de un hombre al que todos amamos por su honestidad. Nunca olvido la anécdota que muchas veces me contó: el día que murió su padre, había cobrado 15 mil pesos de una venta de ganado que había hecho su progenitor; podía haberse quedado con aquel dinero, pero al regresar del cementerio, entregó todo a su madre. Así de inmenso era el padre viejo. 

Nuestro querido viejo no acumuló fortuna alguna. No lo movió ningún egoísmo. Vivió siempre del resultado de sus siembras, de su ganado, de la cría de sus aves de corral.

La familia fue para él lo más importante. A ella consagró lo mejor de sí. 

Reconocer el esfuerzo enorme de mis tíos Fidel e Israel, que lo dieron todo por nuestro querido viejo en sus últimos veinte meses de vida. 

En lo personal, tengo la tranquilidad de haberlo complacido en sus deseos, darle las comidas que soñó, verlo sonreír satisfecho y estar junto a él cuando me necesitó. Le di mucho amor que él complementó con expresiones tan generosas, como la de regalarme su mejor camisa para que lo recordara siempre cuando no estuviera por estos lares. 

Ojalá y  su espíritu nos siga acompañando y no nos suceda como a muchas familias, que al faltarle uno de sus horcones, se fractura para siempre y nunca más recupera el camino de la unidad.

Descansa en la eternidad, querido padre viejo. Te amaremos siempre.

Domingo 12 de septiembre de 2021 / a las 10:30 de la mañana en el cementerio de Maffo.

viernes, 7 de diciembre de 2018

La muerte soñada por Antonio Maceo



La Muerte de Maceo (1908). Óleo S/T de Armando García Menocal.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Noches antes del día 7 de diciembre de 1896. El Mayor General, Antonio Maceo y Grajales  tiene sueños extraños;  sátiros de la mitología griega acompañan  su cuerpo camino a la muerte; su madre conversa  con él.

Meses antes, malos cubanos siembran intrigas sobre él en el campo de la revolución;  Máximo Gómez  quiere tener un encuentro;  no puede aplazarse.  La discriminación  racial está en la mentalidad de muchos;  no toleran la grandeza del hombre de Baraguá,  su intransigencia revolucionaria, la radicalidad de su pensamiento político.

Desde Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba, pone en jaque mate a las tropas del capitán general español, Valeriano Weyler; cruza la Trocha de Mariel a Majana varias veces,  burlando un sistema de alumbrado y postas casi infranqueable. 

En su cuerpo, muchas heridas, más de veinte. El invierno en el occidente de la isla es más crudo. A Antonio le cuesta levantarse cada madrugada de la hamaca rebelde; sus ayudantes comprenden que pierde fuerzas.  Está envejeciendo. Tiene 51 años cumplidos.

El día 6 de diciembre está en Punta Brava, tierra de La Habana; va a reunirse con Gómez; tiene fiebre muy alta durante el día y  parte de la noche. Duelen las viejas heridas; las ordenanzas friccionan las piernas para aliviarlo. El general José Miró Argenter lo ve agitarse en la hamaca durante el sueño y escucha frases incoherentes. Al amanecer cuenta a Miró su sueño. Dice que vio a su padre, a su madre y a todos sus hermanos muertos. Estaban a su lado y lo llamaron: "Antonio, basta ya de lucha, basta ya de gloria". A su médico, el doctor Zertucha, dijo: “Tengo el presentimiento de que me van a matar”.

A las once de la mañana del 7 de diciembre de 1896,  tiene tiempo para escuchar la lectura  de la Batalla de Coliseo, en “Crónicas de la guerra”, de José Miró. De pronto se oyen detonaciones; siguen descargas cerradas. La exploración mambisa no puede avisar y los españoles sorprenden el campamento insurrecto. Maceo se sobrepone al agotamiento por las fiebres y junto a 45 hombres parte a la carga;  una cerca de alambres lo detiene, ordena cortarlos, dice al general Miró: “Esto va bien”. Un proyectil penetra por el lado derecho de su cara, cerca del mentón, y sale, con ruptura de la arteria carótida, por el lado izquierdo del cuello.

Al enterarse de lo sucedido, Panchito Gómez Toro, el hijo de Gómez, sale con un brazo en cabestrillo del campamento en busca del cadáver de su jefe. En un gesto supremo de lealtad, muere a su lado.

Antonio Maceo Grajales soñó muchas veces la muerte, pero la noche del 6 fue crucial; sus muertos amados hablaron con él; incluso Mariana; vio imágenes donde los sátiros acompañaron sus restos al descanso final; su espiritualidad sentía la proximidad del deceso; el 7, ya casi al mediodía, después de un baño de historia, fue a encontrarse con ella y hoy, 122 años después, el pueblo de Cuba, lo recuerda como el hombre que tenía tanta fuerza en la mente, como en el brazo.


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