| Caminé hasta una oficina cercana. “Creo que voy a morir”, dije a Nivis, la señora de Programación. |
Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
“(…) vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque
sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias”. (Mario Vargas Llosa)
Chocolate caliente
temprano. Me fui al trabajo. Inicié la edición de materiales para el sitio
donde laboro. Transcurridos diez minutos, dolor fuerte en la boca del estómago,
invadió el pecho, zumba el oído derecho, desfallecimiento, sudoraciones. Bebí
un sorbo de agua congelada. Puse el ventilador al máximo. Dolor permanece. Sensación
oscura. Algo se desconecta.
Caminé hasta
una oficina cercana. “Creo que voy a morir”, dije a Nivis, la señora de
Programación. “No te mueras ahora cojone”, sus palabras.
Decidí cerrar mi
espacio y bajé a recepción. Ojos
preocupados. Debe ser la presión arterial, dijo alguien. Llévenlo al médico,
precisó otro. Paso a paso llegamos. Presión altísima. Captopril bajo lengua.
Inyección de furosemida. Esperar cuarenta minutos. Presión estable. Electro normal. “Puede irse
a casa”, señaló una doctora.
Cansancio
sigue. Sensación oscura en estómago. Doctora amiga llama al teléfono. “No lo
dejen caminar. Ambulancia urgente”. “No hay”, responde una voz administrativa.
“Trasladarlo al hospital. Estaremos esperando”. Colega de trabajo llega en panel
blanco.
Ya en el
hospital, silla de ruedas. Unidad de Cuidados Intensivos Emergentes en Cuerpo
de Guardia. Trocar. Estabilizan presión arterial. Electro. Protocolo de
ingreso. Junta de médicos. Me interrogan. Realizan análisis: conteos de
enzimas, chequeo general urgente. Nuevo electro. Traslado en camilla a Unidad
de Cuidados Intensivos de Adultos (Terapia).
Cama 7.
Necesidades fisiológicas y aseo en ella. Una enfermera para atenderme. Cierro
los ojos. Electro. Equipos conectados. Runruneo. Runruneo. Pantalla. Signos normales.
Amigos cristianos rezan junto a mi lecho. De uno en uno lo hacen. Nuevos
análisis. Chequeo permanente de presión arterial. Electro. Medicamentos en
venas. Dieta blanda y baja de sal. Medicamentos en venas. Electro. Valoración
de datos mostrados en equipo. Electro.
Cariños multiplicados.
Enfermera(o)s, médicos intensivistas, auxiliares de limpieza, laboratoristas.
Altas dosis de humanismo en cada uno. Electro. Medicamentos en venas. Cardióloga valora
electros. Indica traslado a Medicina de Hombres. “Estás fuera de peligro”, dice.
Abrazo a señora enferma en el que fuera mi cubículo. Atrás, Cama 7. Me
despiden. Aprecio amor al trabajo. Camillero me lleva. Fabula sobre las proezas del doctor Rosales,
el salvador de vidas. Hombre íntegro. La perspicacia de Carlos de Dios. La
profesionalidad de todos. Lágrimas.
Siento que dejo una familia.
En medicina de
hombres, Cama 9, olvidan mi compleja situación. Médico no aparece. Enfermera
grosera. Baños sucios. Cubículo en mal
estado de conservación. Acompañante (ESPOSA) discute. Reclama atenciones,
medicinas indicadas para mantenerme estable. Silencio por respuesta. Tiempo
largo. Presión arterial se dispara. Enfermera monstruosa obliga a ponerme un
captopril bajo lengua. Logran sedarme. Acompañante (ESPOSA) hace algunas llamadas telefónicas. Cambio de
trato. Enfermera nueva me atiende. Limpian todo. Médico pasea. No mira a nadie.
Mueren dos pacientes. Sueño inquieto en la noche.
En la mañana desconfío.
El alta es lo mejor, pienso. Médicos se reúnen. Electro evolutivo bien. Signos
normales. Chequeo de presión arterial estable. Valoran seguimiento y evolución.
¡Alegría! “Está de alta”, informan a mi
acompañante. Abrazo a un hombre con una colitis. Le deseo pronta recuperación y
cuidados responsables.
Traslado a
casa. Cristianos y escritores amigos me visitan. Exigen cuidados especiales
para mí. Vecinos dicen “cuídese Arnoldito. Es un aviso. No habrá segunda vez”.
Duermo de
golpe cuatro horas. En la mente, runruneo, runruneo. Abro los ojos, un
personaje de Macondo está en Terapia Intensiva.














