viernes, 31 de marzo de 2017

La poesía no es una llorona



Me correspondió el honor de presentar "Lupus",  para el público lector de Contramaestre.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com

Eduard  Encina ha ganado visibilidad en el mapa poético cubano por un conjunto de cuadernos que han trascendido las líricas depresivas de municipios, donde la queja, la denuncia y la lloradera, campean por sus fueros. Los que conocemos toda su obra sabemos que lo social siempre ha estado presente en su quehacer, como una especie de obsesión, por eso me atrevo a afirmar que sus poemas mayores son viñetas cronicadas de la realidad que marca sus días.

En su última entrega editorial ha cambiado esa estética, al volcarse completamente al mundo de lo íntimo y desde allí visibilizar familia, amigos y  vida cotidiana.

El cuaderno está bautizado con el nombre “Lupus”, un homenaje simbólico a su esposa, portadora de esa enfermedad sistémica y animadora principal del poema mayor que forma parte del libro, igualmente titulado de esa manera.

“Lupus” tiene como estrategia discursiva la presentación, casi fotográfica, de un universo que va de la enfermedad asechando la estabilidad del hogar, a las obsesiones de un hombre por sobrevivir los días y no convertirse en zombi, de esos que caminan a ritmo de reggaetón y van adonde lo lleven las olas.

Este libro apuesta a la resistencia, a las zonas de fe que necesita el ser humano, para imponerse en el reino cotidiano y no terminar barrido por la inercia, ese agente contaminante de la voluntad, que ata los pensamientos a la deriva y hace a las personas adictas a la resignación.

¿Qué decir de su calidad editorial? Quizás no está a la altura del poemario que sirve a los lectores;  incluso pudiera argumentarse que su tirada es demasiado limitada pues son solo quinientos ejemplares, que en realidad, deben haberse quedado en Pinar del Río y quizás en algunas librerías de La Habana. De hecho pertenece al sello “Hermanos Loynaz” y fue merecedor del “premio poesía”, de la citada casa de vuelta abajo.

Diría también que estamos ante una obra de tránsito, un momento de replanteos temáticos y  búsquedas, quizás urgido por el agotamiento de esas zonas que con mucha reiteración están en libros como “De ángel y perverso”, “El perdón del agua”, “Golpes bajos” y “Patmos”, donde el poeta es un arcano que carga contra la historia, la libertad, la anomia y el dolor.

Alguien dijo que esas líricas deben superarse e instaurar otro reino, donde el sujeto poético explore nuevas sensibilidades de lo cubano y universal, para no seguir orbitando sobre algo que exalta todo el escepticismo del ser y no lo deja proyectarse a la futuridad.

Esta vez no estamos ante una obra donde la lloradera es fuente de la versificación; creo que su autor tiene muy claro las nuevas zonas de fe que pretende recuperar para sus días.  Ojalá y el fantasma de lo analógico no traicione al “Cimarronzuelo.cu”, que visualiza un nuevo estado de lo nacional en “Lupus”, pero ya montado sobre el arca de lo digital, sin dejar de ser totalmente cubano: “cimarronzuelo, molde en qué repartir la mansedumbre, el instinto de la piedra inmóvil, con el brazo en alto”.

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