domingo, 16 de abril de 2017

Cuando yo era un Siete pesos



Cuando  yo tenía 17 años.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 
 
Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.
“¡La guagua de los nuevos reclutas! ¡Jajajajaja!.  Míralos con el pelito largo. ¡Qué  bigotitos más chulos! ¡Jajajajaja!.”. Parecía que habíamos llegado al reino de los jodedores. Eran la gente  del Llamado 24 en pleno vacile. Descendimos. Un mono de trapo con una soga al cuello apareció sobre un pasillo del cuartel que nos recibió. “Nuevecitos; ahórquense...”, nos decían con sorna; se creían los cheches, caminaban con el hombro derecho caído y las gorras las usaban viradas a un lado. Pasamos toda la mañana tirados en el suelo; nadie se fijó en nosotros, excepto los guardias viejos que seguían con el bonche. “Vamos a ver cuál es maricón, al apretar la cosa salen como hormigas, eso no falla”. “¡Blanquitos flojos!”, dice un negrón musculoso y muestra su enorme rabo. “¡Pronto comeré sus culitos y lavarán mis calzoncillos!”. Sonaron dos campanazos (¡Bommmm!, ¡bommmm!). “Debe ser la merienda”. “Arriba guardias, a formar”, dice un tenientito negro que muestra un casquillo en uno de sus dientes. Somos los últimos en pasar. Volvemos al mismo pasillo hasta la hora de la comida. Se repite el campanazo una y otra vez para todas las cosas (¡Bommmm!, ¡bommmm!) y aquello se vuelve un reloj que no camina. Me dio por pensar en las mujeres que tuve a ver si el tiempo se movía. Por mi mente pasaron Pili, Magalis, la profesora de Historia, ¡aaaaaahhhhhhhhh la profesora...! “Qué estará haciendo; seguro un tipo se la tira a esta hora y le dice lo mismo que a mí”. Desde el Polígono de infantería alguien nos grita: “¡Nuevos, a formar! A partir de este momento son guardias de esta unidad. ¡Es una vida de cojones! Mañana los van a pelar al rape. Se afeitan ya”. De allí salimos y nos metieron en una ropa que alguien dijo era china y nos mandaron todos los días para el terreno como decían los jefes, a recibir táctica, marchas mixtas, campo de tiro, guardias  nocturnas, retenes, etc. Los días de semana se iban rápido. Lo malo era el fin; las únicas opciones que teníamos era irnos a un cañaveral, al río, al 43, al 15, o batirnos una paja y luchar todas las comidas posibles, porque el hambre nos doblaba. Si había cerveza en el pueblo cercano, llegarnos y vacilar, siempre con mucho cuidado, pues los de Prevención (boinirojos le decíamos a los nos vigilaban siempre), andaban como tigres dándole caza a los siete pesos como nosotros. La infantería me tenía jodido. Odiábamos a los sargentos instructores. Hijoeputas, se la pasaban dando infantería, se hacían los bestias y eran tremendos pendejos. “Firmes. Derecha. Izquierda. Media derecha. Izquierda. Izquierda. Media derecha. Derecha. Todo guardia debe conocer y respetar el Reglamento”. Nos castigaban por cualquier mierda: Elsido, 100 viejitas por llegar tarde a formación; Matellán, 30 vueltas al Polígono por uso incorrecto del uniforme; Ulises, a lavar baños por reírte”.  Al principio nos cogieron la baja, pero cuando nos enteramos que eran unas putas, nunca más pudieron. “Fulano, tantas viejitas”. “Vete a la mierda sargento; méteme preso si te da la gana; me tocan los cojones tus palabritas mima; coge los cordones so puta; chivato; toma el sambrán mami”, le decíamos y virábamos la boca como el teniente del casquillo. Una vez caí en un calabozo siete días por fugarme. Me quitaron todas las prendas de vestir. Tuve que ponerme una cosa extraña con un olor a guardado de mil demonios. Me mortificaban diciéndome que habían avisado al jefe para que viniera a buscarme. Era mentira. La fetidez del calabozo se me metió hasta los huesos, la ropa. La piel tomó un pálido añejo…Lo único bueno que me pasó en el Verde (así le decíamos al Servicio Obligatorio) fue Raiza, una muchacha del primer llamado voluntario de mujeres. La vi una tarde entre el montón de muchachas y decidí fajarle, me correspondió con una sonrisa, era la única blanca, arrastraba la r. Nos encontramos en la noche, le hablé de amores, me respondió que sí. La abracé como un loco, el tolete se me partía de lo erguido. Me dijo, “no te apures, lo haremos más tarde. Busca un lugar”;  le respondí: “Ya lo tengo”.  Fuimos a la turbina donde dormía el Oso, -así le decíamos a Manolo, un socio del barrio-, en su cama lo hicimos muchas veces. “Siempre debería ser así”, me decía cada vez que lo hacíamos.  Pero Raiza quería subir a las estrellas. Un día la  vi junto al Tte coronel Leveque, desapareció en una de las oficinas;  molesto le dije: “Qué mal gusto tienes hija”, me respondió: “Dentro de unos meses te vas y  sigo con esta vida.” Los socios se burlan de mí por tarrú. “Te dejó por un oficialazo. La tipa quiere estrellas, eres un siete pesos. Esas mujeres quieren el cielo men”. Raiza, quien lo iba a decir, tan delicada, arrastrando la r, su perfume bebito, el talco en las axilas... Me pasé el resto del tiempo solo. Las del servicio voluntario no querían siete pesos como yo.  Un día me encontré a Raiza  y me dijo, “nunca Leveque me ha  templado como tú”,  “Pero déjalo mujer”, -le dije-. “No puedo, y sabes porqué”. Le respondí que no estaría más con ella. Decidí borrarla para siempre y seguí adelante. Se fue un año de mi vida…Meses después una noticia me colmó de alegría. “¡Llegó la blanca!”, decían todos a coro y se abrazaban, se daban hasta besos y corrían por el Polígono dando gritos como locos. Tomé aquel sobre blanco y me uní al coro de locos; corrí mucho; grité; hasta unos cañambrazos de un licor extraño me di. Vivíamos el día 21 de julio de 1989.  “¡Cuantos días he rayado en el almanaque! ¡Dios mío…!” Del Polígono salimos en unos Gaz 64 (camiones de carga  rusos) a nuestros municipios. Atrás quedaba la unidad militar donde nuestra adolescencia maduró en menos tiempo de lo que canta un gallo. Los rones movían las palabras. Cantábamos "Lágrimas negras" a coro. Caminamos sin temor las calles de Palma Soriano donde tantas veces tuvimos que correr huyéndole a los boinirojo. “¡Qué se atrevan ahora!, ¡qué se atrevan!, ¡somos civilotes cojone!  ¡Nunca más siete pesos!”, gritábamos bien alto  para que todo Palma nos pudiera oír.

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