Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com
No puedo dormir, extrañas
visitaciones en mi cabeza. Mi gato Bartoly corre a mí, a su manera me comunica un cariño
enorme. Dejo caer el cuerpo sobre el corredor de la vieja casa; siento unos deseos enormes de tirarme del puente
del ferrocarril, pero es una muerte
demasiado dolorosa para un hombre tan humano como yo, que le duele hasta ver
morir a un gorrión. Apuro dos prú orientales; necesito engañar a los procesos
mentales de mi cabeza; no creer que estoy
a un paso de la locura más loca del planeta. Espero y la tormenta irracional
sigue, me veo junto a mi madre vieja en una tumba del cementerio local, bajo
una espesa palma; ambos calaveras, conversamos como siempre lo hicimos; ella me arropa entre sus huesos; siento que poco
a poco voy al polvo, a la noche inmensa que siempre viene con esas visitaciones
que hablan de mis cables flojos, mis angustias terribles por los días
congelados en el más absoluto de los veranos:
el hambre de felicidad; la paz perdida en el hogar…Mi madre me llama
hijo y hace una señal; espantado creo ver un camino, pero la zarza es tupida y
el almacigo señorea. Tomo otro antidepresivo (mucho más fuerte) y no llega el
éxtasis. Dos casas más allá, los vecinos
lloran sus desgracias, unos sobre el transporte cada vez más caro; “a Santiago
en camión hasta 50 pesos; Bayamo piden 40”;
uno muy joven habla de los países donde la gente se aburrió de comer
carne vacuna y la consideran maligna para la salud; “aquí, tan solo la vemos en una barra de
picadillo de 1.25 centavos (CUC) y más del 70 por ciento es pura soya”. Bartoly
me mira con sus ojos amarillos, pasa una y otra vez su cuerpo menudo sobre
mí; me quiere en la cama, allí donde
todos los días me da la bienvenida al amanecer con sus maullidos. El puente
magnífico se ve bajos las farolas, otra vez siento unos deseos enormes de
tirarme al vacío, pero mi humanismo se
resiste a darle al cuerpo una muerte tan absurda. Me levanto y ya pasan las doce; el lunes
empieza y el círculo se me viene encima.
Volver a donde la gente se caza como fieras, sedientas de guillotinar
cabezas, verlas caer desde el graderío
en cerrado aplauso; seguir la ruta de los cuerpos que siguen vivos; extraña
manera de morir en vida. ¡Qué locura la que llevamos!. El puente ahí, muy
cerca; ya el bacalao me convida, trepo,
el viento helado se mete en mis huesos y
soy Matías Pérez camino al río de Céspedes, al de Martí. Alguien propone mi nombre para una vieja
escuelita de un barrio de campos pero ya
no tengo ojos, cerebro, oídos. Soy una no persona, sin amigos, familia, sueños.