Mostrando entradas con la etiqueta gato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gato. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de febrero de 2023

VIÑETAS TIERRA ADENTRO ( LICHI ALBERTO)


Por Arnoldo Fernández Verdecia
 

Se fue en los últimos días de enero. Lo esperé muchas noches para darle alimento, conversar un lenguaje que sólo el amor entiende, porque los gatos hablan, pero hay que aprender su idioma.  Ya pasan los 14 días y no regresa.  Se llama Lichi Alberto, como el de "Informe contra mí mismo", donde el hijo traiciona al padre y se convierte en informante. Podía haberse llamado Eliseo como el padre poeta, pero lo nombré con el alias del hijo que pidió perdón al poeta, al padre.

jueves, 17 de junio de 2021

La muerte de Babby


Por Arnoldo Fernández
 

Iba de un lado a otro con ese tumbao inolvidable que lo hacía único en los de su especie. Muchas veces me pregunté cómo mantenía el equilibrio en su andares por techos, árboles o sencillamente al improvisar alguna acrobacia mortal. 

Sus ojillos, a pesar del verde centelleante, no tenían luz. Lo llamé Babby Lichy para honrar a su padre Lichy Alberto, como el de Informe contra mí mismo. Comía con apetito insaciable. 

Tenía dos años y unos pocos meses. Siempre me perseguía el temor de que algo malo sucediera, por las tantas discapacidades en su cuerpillo barcino y blanco. 

El sábado 12 de junio desapareció pasada las diez de la mañana. A la hora del almuerzo lo llamé muchas veces, pero no me hizo llegar ninguna respuesta de su paradero. Con la esperanza desarmada lo busqué por todas las casas del barrio. Una oscura intuición me hizo subir al techo; allí dormía, luego de jugar con un cable eléctrico.

lunes, 18 de marzo de 2019

La Patria de Carolinas y Alejandras


La noche es un gato que pasa

muy lejos.

Yo quiero ser ese gato,

robar el viento,

tomarme el hechizo del polen;

pero no hay un mago para complacerme,

ni soy un personaje  de  Había una vez.

Soy un caracol forzado

a girar en torno a un tanque de cemento,

donde mi padre orina cada noche

y puede aplastarme con la suela de su zapato

el día menos pensado

y seré polvo,

sin antenas,

ojillos,

sin aquel lucero

al amanecer

que mostraba a mi madre

cuando creía ser un niño feliz

que cazó mariposas azules

y habitó un asteroide

donde había un árbol,

por donde se subía al cielo

en una noche de Puerto Príncipe.

Nunca más seré ese niño,

aquel que su madre vieja

acunó en una palabra inmensa

llamada amor.

El amor es un gato azul

que voló lejos

y no hay forma de  hacerlo regresar

a la patria de Carolinas

y  Alejandras.

lunes, 12 de junio de 2017

Tirarme del puente




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

No puedo dormir, extrañas visitaciones en mi cabeza. Mi gato Bartoly corre  a mí, a su manera me comunica un cariño enorme. Dejo caer el cuerpo sobre el corredor de la vieja casa;  siento unos deseos enormes de tirarme del puente del ferrocarril,  pero es una muerte demasiado dolorosa para un hombre tan humano como yo, que le duele hasta ver morir a un gorrión. Apuro dos prú orientales; necesito engañar a los procesos mentales de mi cabeza;  no creer que estoy a un paso de la locura más loca del planeta. Espero y la tormenta irracional sigue, me veo junto a mi madre vieja en una tumba del cementerio local, bajo una espesa palma; ambos calaveras, conversamos como siempre lo hicimos;  ella me arropa entre sus huesos; siento que poco a poco voy al polvo, a la noche inmensa que siempre viene con esas visitaciones que hablan de mis cables flojos, mis angustias terribles por los días congelados en el más absoluto de los veranos:  el hambre de  felicidad;  la paz perdida en el hogar…Mi madre me llama hijo y hace una señal; espantado creo ver un camino, pero la zarza es tupida y el almacigo señorea. Tomo otro antidepresivo (mucho más fuerte) y no llega el éxtasis.  Dos casas más allá, los vecinos lloran sus desgracias, unos sobre el transporte cada vez más caro; “a Santiago en camión hasta 50 pesos; Bayamo piden 40”;  uno muy joven habla de los países donde la gente se aburrió de comer carne vacuna y la consideran maligna para la salud;  “aquí, tan solo la vemos en una barra de picadillo de 1.25 centavos (CUC) y más del 70 por ciento es pura soya”. Bartoly me mira con sus ojos amarillos, pasa una y otra vez su cuerpo menudo sobre mí;  me quiere en la cama, allí donde todos los días me da la bienvenida al amanecer con sus maullidos. El puente magnífico se ve bajos las farolas, otra vez siento unos deseos enormes de tirarme al vacío, pero mi  humanismo se resiste a darle al cuerpo una muerte tan absurda.  Me levanto y ya pasan las doce; el lunes empieza  y el círculo se me viene encima. Volver a donde la gente se caza como fieras, sedientas de guillotinar cabezas,  verlas caer desde el graderío en cerrado aplauso; seguir la ruta de los cuerpos que siguen vivos; extraña manera de morir en vida. ¡Qué locura la que llevamos!. El puente ahí, muy cerca;  ya el bacalao me convida, trepo, el viento helado se mete en mis huesos y  soy Matías Pérez camino al río de Céspedes, al de Martí.  Alguien propone mi nombre para una vieja escuelita de un barrio de campos  pero ya no tengo ojos, cerebro, oídos. Soy una no persona, sin amigos, familia, sueños.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aviso a los lectores de Caracol de agua

Este blog admite juicios diferentes, discrepancias, pero no insultos y ofensas personales, ni comentarios anónimos. Revise su comentario antes de ponerlo, comparta su identidad y debatiremos eternamente sobre lo que usted desee. Los comentarios son propiedad de quien los envió. No somos responsables éticos por su contenido.