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viernes, 4 de agosto de 2017

Llegando a comer frituras de maíz



Mi viejo de 102 años comiendo frituras de maíz.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com  

El rumor del pino en el Cruce me llega. La guagua hace silencio y  piso tierra. No soy Cristóbal Colón en un tiempo futuro, sencillamente me llamo Arnoldo Fernández y estoy llegando al pueblito donde nací, que por obra y gracia de la Carretera Central  de Cuba, se llama “Cruce de Anacahuita”. De aquí soy yo, nunca lo he negado, ni lo haré. Mi gente sigue por estos lares; casi todos somos familia. Nosotros Fernández, los de la guardarraya a la izquierda, Domínguez, los de la derecha, Mora, al fondo Beltrández y por el frente, los Aguirre. Curiosamente nos bautizamos con nombres de la fauna. Desde pequeño supe que era “carpintero”, los Domínguez (codornices), los Beltrández (cabeza de vaca), los Mora (monos) y los Aguirre (pitirres). Un sol radiante y espeso cae sobe mi cuerpo. Gracias a Dios cubro mi cabeza con un sombrero. Los adoquines del tiempo de Machado ante mí, inmóviles, resisten el tiempo, a pesar de sus más de 80 años. El camino real a la vista. Desciendo, cual niño tras sus olores y colores amados; profundo hormigueo en el estómago. Tomo fotos del viejo Bar, hoy, un Paladar que ha enfrentado a las familias, porque sus dueños lo han convertido en un antro de bebidas y goces espirituosos, donde no hay paz, ni siquiera en la noche. Antes allí hubo honor, ahora se ven hombres orinando a toda hora sobre cercas y postes de las casas vecinas, no importan niñas, mujeres; el pum pum cultural es lo que vale y llenarse los bolsillos. En el lugar se dan cita, en las noches, curiosos personajes del ámbito local, desde dirigentes, hasta funcionarios públicos, van montados en sus caballos de gasolina. Los dueños, mejor, la dueña, se siente la Sisi emperatriz de Cruce de Anacahuita; lo que no puede, no lo puede nadie. La tienda de mi tío Liro a la derecha, hoy la del pueblo. El nombre es una ironía, “La Ratonera”, cuando este último pueblito está a unos dos kilómetros de aquí. Sigo hacia el arroyo y las sucias aguas estancadas me hablan de pasados aguaceros y de la sequía que una vez más amenaza. Alzo la vista y el camino se yergue. Por aquí se va para Maibío, la Graciana y la Pelúa, se llega incluso a Maffo. A unos trescientos metros, la casa de padre viejo espera; hasta sus límites llego y disfruto el verde de los campos de maíz, los árboles de mangos imponentes, los mamoncillos exuberantemente paridos. Aprecio los cachorros de Negrita, tan amada por mi tío, el más joven, ángel guardián de las noches del viejo. Muelo maíz en un viejo molino de la Revolución industrial, por obra y gracia del espíritu santo, todavía funciona;  hablamos de hallacas, frituras, harina, pero termina venciendo la fritura. Al mediodía, almuerzo, un montón de frituras, mojadas con café fuerte; goce grande, divino. Da gusto ver al padrazo comer, a pesar de sus 102 años de vida;  es un duende escapado al tiempo. El 20 de abril de 1915 lo trajo a este mundo, pero él sigue ahí, desafiando el siglo XXI. Llevo regalos;  me abraza con ojos de niño bueno, al oído susurro un nombre de flor y me regala entonces una sonrisa pícara. Enseguida calza los zapatos nuevos, el pulóver, las medias. Los demás presentitos los puse en su armario.  Cuando pasan la una de la tarde, me despido, salgo a ese camino tantas veces recorrido en mi vida  y el polvo que deja un tractor, me arranca estornudos. El sol quema profundo, a pesar del sombrero, la camisa. El Cruce a la vista, los carros que pasan a Contramaestre y Baire. Llego a la parada y abordo un camión. Todo va quedando atrás. Recuerdo haber sentido en la brisa de los árboles del patio del viejo, el espíritu de mamá; se lo dije;  una sonrisa fue el premio a mi capacidad de ver donde otros no pueden. El pueblo donde vivo me recibe en la más absurda de las soledades. Si el río estuviera sano, bañaba mi cuerpo en sus aguas para huirle a este calor terrible, pero no tengo río y el mar me queda a unos 200 kilómetros. Llego a casa y me quedo en calzoncillos, qué otra cosa puedo hacer;  el vecino asoma por la ventana y ofrece un prú helado. La tarde empieza a perderse y mis dedos corren sobre este teclado para contarles mi viaje al lugar  más bello del mundo, al menos para mí, Cruce de Anacahuita. Compay, comay, yo soy guajiro y a mucha honra, qué caray….Venga ese prú ahora; brindo con todos los que me leen aquí; contigo amor, seguro te encantará leerme. 
Quiero invitarlos ahora, a apreciar estas fotos de ese mundo, para mí idílico, mágico. Gracias por seguir aquí. 
Mi viejo.
Con mi viejo.
Los nuevos zapatos del viejo.
Los cachorros de Negrita.
Sentado a la sombra del mamoncillo exhuberantemente parido.
La casa donde nací.
Mi  tío preparando el maíz  para molerlo.
Mi viejo dándose el festín de las frituras de maíz. 
Ese es el camino que tantas veces he recorrido en mi vida.

viernes, 6 de enero de 2012

Cuba no es una postal de los años 50

A ese extranjero lo invitaría a conocer nuestra gente, a compartir su realidad más allá de la ciencia ficción y de los afeites de ciber-periódicos, empeñados en mostrar las fallas de una utopía casi desarmada, pero con muchos sueños por hacer.

Por arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu
Cuba es una vieja postal de la década de 1950. Así pensaría un extranjero al llegar a cualquier aeropuerto de la Isla.

Incluso diría que se encuentra en un país donde reina la ciencia ficción, pues es difícil conciliar unos niveles de salud y educación, de primer mundo, con una economía en crisis.

Ese hombre o mujer procedente de Europa, Estados Unidos, el Caribe o Latinoamérica besaría la tierra cubana, quizás como Cristóbal Colón en su tiempo. ¿Qué maravillas encontraría más allá de una ilusión mágica?

Sobre todas las cosas, grandes contrastes. Una pobreza bien repartida en la mayoría de las familias. Asomos de lujos y autos reliquias en unos pocos. El celular como atributo de prestigio y poder. El DVD para tener imágenes alternativas a la televisión oficial. Las marcas ante el ojo extraño o inmediato.

El cotidiano vivir de nuestra gente abrazado a múltiples necesidades, desde un jabón de baño, hasta el plato de comida que cada día compartimos en la mesa, o la pasta de diente y el papel sanitario, que suplimos con periódicos o enjuagues bucales a base de sal.

Nos compararía con lo más pobre del pueblo haitiano, pues llegamos a alimentarnos con racimos de palmito e hicimos de la verdolaga y el bistec, éste último de cáscaras de plátano, una apetitosa cena.

Señalarían que vivimos una dictadura sin explicación coherente para justificar una obediencia ciega a sus mandatos.

En fin, un país sin derechos humanos, donde la gente no puede pensar libremente, porque la policía política vigila, y no permite expresar disidencias y alternativas que no sean las del partido en el poder por más de 50 años.

A ese extranjero lo invitaría a conocer nuestra gente, a compartir su realidad más allá de la ciencia ficción y de los afeites de ciber-periódicos, empeñados en mostrar las fallas de una utopía casi desarmada, pero con muchos sueños por hacer.

Lo llamaría hermano; y abrazados, por encima de barreras ideológicas, religiosas y caudillistas, montaríamos el crucero del mundo e invitaríamos a las naciones a derramar sus riquezas sin prejuicios, ni agendas electoreras que pregonen el fin de un proceso, para sanar una economía y aliviar las privaciones de un pueblo que no ha perdido los sueños, porque los tiene todavía.


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