domingo, 25 de marzo de 2018

Sabio negro de Estados Unidos en el Jobo Martí



Arnoldo Fernández junto a Al Marino en el Obelisco  a José Martí en el Jobo

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

Sábado 24 de marzo de 2018. Desde la Terminal Serrana de Santiago de Cuba la voz de un amigo llega a través del teléfono: “No puedo ir a Contramaestre. Es muy tarde. Mis bolsillos no cubren el viaje ida y vuelta”. Ya pasan las diez de la mañana y siento haber perdido el día. Pero ya la expedición tras la “verdadera Ruta funeraria de José Martí” está armada y no puedo negarme al viaje. Hablo de al menos tomar imágenes para dos capítulos, pero alguien me convence para irnos hasta el “Jobo Martí”, allá en los límites con la provincia Granma. Miro el reloj nuevamente y es casi una locura, pero decidí apostar por lo imposible y salimos. Nos reímos al llegar a Cruce de Lajas, porque de Santiago para acá puede leerse un cartel que dice “Cementerio Remanganaguas” y de Contramaestre para allá, “Cementerio Remanganagua”;  bromeamos sobre el autor, quizás olvidó la s o tal vez no alcanzó la pintura. El polvo muchas veces intentó tragarse el carro;  otras, la pericia de Michel Sánchez, el chófer, nos libró de canarreos, cunetas peligrosas y desfiladeros agresivos. Pasamos Remanganaguas, El Sitio de la Virgen de la Caridad, La Sociedad…A la vista, la escuela José Martí sobre una pequeña loma a la derecha.  A la izquierda, el “Obelisco” donde está el tronco del Jobo legendario, que diera sombra al cadáver de José Martí en la noche del 19 para el 20 de mayo de 1895. En aquella tierra, el cuerpo ensangrentado del Apóstol,  descansó por varias horas; dicen los lugareños que su sangre abona el lugar. Tomamos en nuestras manos pequeñas porciones de tierra sagrada e imaginamos a la columna española bajo la lluvia, en aquellas horas luctuosas para la Cuba insurrecta. Lo que fuera un campo de béisbol está sobre sus espaldas; totalmente en ruinas. “Aquí se jugó muy buena pelota hace décadas. El equipo del “Jobo Martí” era famoso”, dice una persona. La voz venía de un grupo de hombres que conversaban entre nostálgicos y alegres. Vamos a ellos. Saludamos. Un señor moreno, muy alto, dice haber aprendido mucho de Historia de Cuba con aquella gente humilde. Jaraneamos. Lo creo un santiaguero más, de esos cubaniches tremendos que creen tener al toro cogido por los cuernos y se burlan de los guajiros por hablar cantando. Grata sorpresa, después de tomar varias imágenes, dice que en Estados Unidos lo llaman Al Marino;  tiene un doctorado, siete bachilleratos y varias maestrías. Habla siete idiomas, diserta en Caló (zincaló), francés, inglés, ruso, alemán, latín y griego. Mi sorpresa es enorme. La de Al Marino también. Razono sobre la “verdadera Ruta Funeraria de José Martí”, la que millones de cubanos ignoran;  “Al” se sorprende, me sigue en mis argumentos. Luego hablamos de crítica social, poesía, historia, idiomas, grandes biografías. Asoman las emociones. Lo entrevistamos porque era todo un suceso encontrar, en campos de la Cuba profunda, a un enciclopedista tan ilustrado, pero además, “revolucionario de conciencia”, no de esos que llevan levita y no tienen conocimientos para juzgar con lucidez la obra de los hombres en cualquier latitud del planeta. Dice ser amigo del campeón olímpico y mundial Juan Torena;  antes jugó baloncesto en Santiago y llegó al equipo nacional;  luego “Al” pasó al atletismo,  llegó a formar parte de la nómina del equipo grande, fue campeón juvenil  en 800 y 1500. “Al”  lleva 38 años viviendo en los Estados Unidos. Este es su viaje 82 a Cuba y por esos azares del destino lo encontramos en el “Jobo Martí”, adonde llegó por casualidad, porque su amigo Osmani Álvarez Reyes, campesino del Sitio de la Virgen  habló del lugar y quiso conocerlo. Nunca imaginó encontrarse con profundos devotos de Martí, envueltos en la quimérica aventura de mostrar en imágenes de video, lo lugares históricos de la “Ruta Martiana” ignorados por millones de cubanos en todo el mundo y en la misma isla. Cuando todo parecía concluir, “Al” nos invitó a una cerveza y almuerzo criollo. Bajamos el Camino real. Cruzamos el río “Jobo Martí” y en la falda de una pequeña elevación estaba el “tour”; abordamos y fuimos a la casa de Osmani. Tomamos café. Llegaron cervezas cristales sudorosas. La conversación creció en tonalidades diversas. “La mesa está servida”, dice Ana Maris Díaz, la señora de la casa por cierto;  un delicioso pato a la salsa, arroz blanco, viandas y ensaladas a la vista. “Somos pobres; pero limpios. Compartimos lo que tenemos  de corazón, precisa Osmani. Ya en la mesa, siguen los diálogos sobre filosofía, economía política, literatura, pedagogía, “Al” diserta sobre la espiral ascendente como método pedagógico y el círculo concéntrico. Es un placer escucharlo en su profunda sabiduría. Ya pasan las cuatro de la tarde y tenemos que seguir a la Escuelita 19 de mayo. La abuela de Michel nos espera. Nos despedimos. “Al” va hasta el carro y nos llama amigos. En el nuevo trayecto asoma lo que hubiera sido la Autopista Nacional, lomas peligrosas, hay que bajarse para evitar sorpresas.  Nos reciben con pan, queso blanco y jugo de naranja. Conversamos un rato. Luego seguimos a Dos Ríos, pero un tío de Michel tiene listo chilindrón de ovejo y hasta su finca pecuaria llegamos.  Una inmensa llanura con sitios para ganado, chivos, cabras, gallinas y ovejos,  pintan nuestros ojos. Sirven comida para un ejército. Muy exquisito todo. Breve descanso y vamos al destino final. Son las siete de la noche. Todavía el sol asoma sobre el Obelisco de Dos Ríos. Pueden verse rosas blancas en la jardinería y bandadas de zunzunes que vienen a mí una y otra vez. Bajo a la margen derecha del río Contramaestre, aprecio sus aguas, intento rememorar el momento fatídico del Apóstol. Me parece verlo en sus baños diarios, el café recién colado en la casa de Rafael Pacheco. La noche amenaza sobre el guasimal que bordea el afluente y regreso, escalo la pendiente con trabajo, subo una cerca. Vuelvo al sitio. Sigo las chinas pelonas que Máximo Gómez ordenó cargar para identificar el lugar exacto de la caída. El sol se apaga. Regresamos al carro. Atrás el zunzún, la rosa blanca, el té de higo. “Está muy turbio el Contramaestre”. Regreso a mi pueblo. Más de 100 kilómetros de camino durante el día. Son las diez de la noche cuando abro la puerta de mi casa. 

Imágenes de mi recorrido por la verdadera Ruta funeraria este sábado 

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