sábado, 28 de julio de 2018

Cuba une, no importa la distancia



A mi hermano Reinaldo Cedeño.
Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com   

Hago el mismo recorrido de todos los días. Busco a los amigos que no están, necesito hablarles de la vida, las cosas, pero mis amigos están en otra parte, o se han ido a algún país del mundo, o están muertos, o sencillamente se han alcoholizado, o ya no son mis amigos.

Hay una fiebre enorme de huir a cualquier lado, a algún sitio donde se pueda estar tranquilo, reunir unos kilos y regresar a reunirse con aquellos que una vez estuvieron, o los que permanecen leales, o con la familia dispersa. Lo ideal es una playa, un río, o el asado de un puerco en medio de la calle, una finca o sencillamente donde estar unidos, al menos, en esos instantes fugitivos, memoriosos, que nos hacen tan felices.

Un padre ha traído a su niño a Cuba, lo he visto descalzo, metido entre la gente, lleno de tizne, tomando un café en el lugar de todos, “tiene al cubano en los genes”, dicen sus cercanos. Así las cosas; la gente está viniendo de cualquier lugar a buscar a los suyos, a darse una dosis enorme de espiritualidad compartiendo una cerveza, un plato de comida, caramelos, chicles, lo que ayude a unir, a dar alegría, a repartir sueños. Casi nunca se habla de política, porque están muy agotados de lo diario.

La gente tiene sed de muchas cosas y esos amigos que llegan, traen un espíritu que vale la pena compartir; son cubanos hasta los genes como el niño tiznado, cubanos que no traicionaron nunca, que se fueron por mejorar económicamente, deportistas, artistas, gente que hoy tiene mucho que darle a sus hermanos de la isla. Merecen volver, ser  llamados también ciudadanos en la nueva Constitución.     

Sólo con esos amigos puede uno creer posible montar una bicicleta de agua en Varadero, o contemplar el azul del mar, las arenas blancas, los placeres de un capitalismo que una vez llamamos brutal y nos acompaña hoy disfrazado de oveja. Ahora hacen falta esa gente que está afuera, para darnos esos días de asueto, “mi familia carajo”, dice un viejo octogenario, “hasta campos de golf para ricos están floreciendo, imagino, dice-, que eso tampoco es para  los cubanos de adentro como yo, porque con qué bolsillo entrar allí".

Las grandes ciudades embellecen, los pueblos pequeños siguen con el mismo maquillaje de sus inicios. Las ciudades grandes viven de los pueblos pequeños. No hay manera de cambiarlo. ¿Con qué poder?

Vivo en un pueblo que sus creadores llamaron “Mesopotamia oriental”,  tierra entre los ríos Cautillo, Jiguaní y Contramaestre, donde cualquier semilla era fruto de la noche a la mañana y el ganado se esparcía silvestre. De aquella Mesopotamia solo queda el recuerdo, quizás el espíritu.

La gente que viene busca el pueblo bello, el de sus recuerdos, algunos quieren fundar, invertir, pero no hay manera de hacerlo. Lo que una vez José Martí llamó “crucero del mundo”, es una metáfora inalcanzable. Pensar que en mi pueblo hubo libaneses como Isaías y Erasme Tarabay que crearon hoteles identificados con sus apellidos; emigrantes asturianos como Carnero, que también lo hicieron, gente de Murcia, Canarias, Andalucía…Todo lo que habla del Contramaestre que somos, tiene un fuerte componente de riquezas venidas o creadas por emigrantes…

El regreso a casa, día por día, me pone muy sentimental, pienso en los viejos amigos, ¿dónde estarán ahora?, ¿en qué mares del mundo?, ¿en cuáles pueblos?, ¿qué familias fundaron?, ¿qué huella dejaron en la vida? Mis dudas me lastiman, como mismo lastiman a muchos que una vez fueron amigos y hoy no lo son; pero Pablo me asiste y cantamos, como lo hacen todos los que vuelven y encuentran a su gente: “¿Dónde estarán los amigos de ayer? (…) ¿Dónde andarán mi casa y su lugar, mi carro de jugar, mi calle de correr? ¿Dónde andarán la prima que me amó, el rincón que escondió mis secretos de ayer? Cuánto gané, cuánto perdí, cuánto de niño pedí, cuánto de grande logré. ¿Qué es lo que me ha hecho feliz? ¿Qué cosa me ha de doler?”.

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