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martes, 21 de marzo de 2017

"Satanás" era mi mejor amigo*



Orlando Concepción Pérez. Fot tomada del archivo de Arnoldo Fernández.

Por Eduard Encina (Editor del blog Cimarronzuelo Oriental 

Me dijeron que tuviera cuidado con él en Contramaestre; se creía el ombligo del mundo; había participado en todas las guerras; conocía a todas las celebridades; tenía la verdad absoluta; jugaba en el equipo de los buenos y los malos; en fin, Orlando Concepción no significaría  para mí un viejo árbol y una buena sombra, en realidad, era un verdadero peligro.  

Otro amigo advirtió que no me iría bien, se rumoreaba su participación en juicios sumarios y en ajustes de cuentas al principio de la Revolución.  Después, la propia Revolución lo “tronó” por haberse atrevido a cuestionarla. Al parecer, detrás de aquella figura contradictoria, de ojos pequeños y difíciles, se ocultaba el mismísimo Satanás. ¿Existiría en verdad un hombre así?  

La tentación me empujó un día hasta su casa. Apenas me atreví a tocar la puerta; enseguida apareció Sonia Ducasse, su esposa, abrió y ante tanta amabilidad recuperé el aliento. Salió del cuarto y como un resorte me puse en pie, él estrechó la mano, había escuchado mi nombre y al instante percibí su gran sentido del humor: “¿Así que eres el escritor que quiere hacerme competencia?”

Mucha gente interrumpió nuestra primera conversación: “vienen en busca de información, decía, les cuesta trabajo leer”. Enseguida fue al librero y me trajo “Los cachorros”, de Vargas Llosa y “Las flores del mal”, de Baudelaire. Sonia Ducasse, como un hada volvió a aparecer, ahora con una inolvidable taza de café.

“La casa del Diablo” era el mejor sitio para estar. Se convirtió en mi primer destino cada día al llegar a Contramaestre.  Habitarla era vivir una clase de historia, matizada de cuestionamientos y un espíritu rebelde. Poco a poco descubrí la raíz de su mala fama.

Orlando Concepción no era manipulable, no negociaba sus principios, ni sus convicciones; no militaba en la obediencia sino en el conocimiento, en la conservación de una cultura que había heredado de la República. Un hombre así no cabía en una sociedad caótica, en pleno estado de descomposición ética.

Desde entonces me convertí en blanco de sus críticas “no tienes agenda calendario, no fechas tus escritos, no actualizas tu currículum, no eres puntual en las citas…” Comprendí que la gente sataniza lo que no puede hacer. Nadie habla de los detalles. No olvidaba los cumpleaños de sus amigos, siempre estuvo en el minuto malo, en el del dolor. Era el látigo de los funcionarios públicos; el poeta de las mujeres y el abuelo más chocho del mundo.

Un 21 de marzo de 1932 nació en el batey del Central América. Al inicio de la primavera es imposible ignorar a quien siempre nos recordó; hoy cumpliría 85 años, pero un Linfoma no Hawkins se interpuso, aunque no logró derrotarlo. Sonia me había dado la noticia, cuando me vi ante él y no pude contener el llanto. Me puso la mano sobre el hombro y dijo: “Tengo que enfrentar la enfermedad con dignidad”. Nunca vi tanta valentía. Orlando Concepción no era perfecto, la muerte tampoco.



* Tomado del blog CimarronzueloOriental

martes, 17 de febrero de 2015

Mi mayor feria del libro no es la de La Habana, Cuba




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu

Vivo mis ferias del libro en el barrio; allí hago una fiesta con amigos y amigas que creen en los caminos infinitos de la lectura. No necesito esas recepciones engañosas donde unos y otros acuden a los falsos homenajes o a los olvidos programados. 

Mi feria es una tarde sentado en el patio de casa, leyendo a Vargas Llosa, García Marquez, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Guillermo Vidal Ortiz, Leonardo Padura, y Pedro Juan Gutiérrez, entre otros muchos autores que harían interminable esta lista…

Ahora mi fiesta es “EL 71. Anatomía de una crisis”, de Jorge Fornet, un texto esencial; apenas un millar llegó a los lectores; entonces mi mayor alegría es encerrarme en el cafetal y hacer una lectura ejemplar y aprender que Cuba no es perfecta, su Revolución tampoco. ¿Cuántas  sugerencias en EL 71?

Camino a la cotidianidad, mi feria es encontrar libros viejos que nadie lee y encender una luz allí donde nadie ve el AMOR que despliego ante el  festín de hojearlos y olerlos; ellos bailan en mi cabeza primero, poco a poco la pueblan y me convierten en un SEÑOR de espejuelos con una llave a la salvación humana; ojalá y algunos personajes la pidan prestada. 

Mi feria es comprar buenos textos, llegar primero a ellos, saberlos encontrar en las casas donde habitan. Es rescatar a  ancianos virtuosos (LIBROS) con más de 100 años y darle refugio en medio de la crisis de espiritualidad que asalta nuestra insularidad. Es probar al ejército de mediocres, instalados en las fiscalías de las sospechas y las descalificaciones, que no necesito de esas festividades al aire libre, o bajo techo, donde predominan lo coral y el carnaval de los enfados.  

La aventura de un libro para mí es aprender a ser un mejor ciudadano, y adquirir las herramientas  del hombre virtuoso, empeñado en entender la libertad como el derecho a pensar y hablar sin hipocresía; esa es la LIBERTAD que sueño para los míos, para mi país;  esa es mi MAYOR FERIA DEL LIBRO.


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