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martes, 13 de junio de 2017

Tirarme del puente para vivir



Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com   

Alguien me llamó a casa este martes en la noche, 13 por cierto; y me dijo ingenuo por escribir  “Tirarme del puente”. En lo personal no podía hacer otra lectura que no fuera la de mi incapacidad para vivir;  cuando le respondí "tranquilo, tengo muchas ganas de seguir por aquí mientras Dios quiera", dijo, “por alguna razón has revuelto el gallinero”;  al decirle que es una reflexión desprejuiciada de los días que viven muchos cubanos de tierra adentro, precisó, “así uno sabe a ciencia cierta como la gente asume el suicidio y su impacto social”. Se despidió de mí. Al rato, otra llamada. Sin preguntarme nada, me contó del festín de las hienas en la tarde, reunidas en torno a “Tirarme del puente”. Celebraron mis supuestas desgracias. A su manera, eran muy felices.  Es que a las hienas no se les puede pedir otra cosa que comer carroña y cuando creen a alguien muerto, el espíritu de manada congrega. A los que con sinceridad se comunicaron para decirme cuanto me apreciaban, gracias por ser tan generosos y hacerme saber que valgo para ellos;  de esas pequeñas cosas uno se alimenta  y monta Quijote para desembrollar entuertos y liberar verdades encadenadas a las oscuridades más inhóspitas de la vida. Hoy e vuelto a vivir, porque supe del instinto depredador de las hienas; la generosidad de mis amigos y amigas, sobre todo, los que comprendieron el texto para deliberar sobre algo tan profundo como el suicidio en momentos decisivos de la  Patria. A las hienas; un consejo: deben leer mucha literatura de la buena: Gabriel García Márquez;  Mario Vargas Llosa, Orwell, Julio Cortázar, Leonardo Padura, Armando Muñoz y Arnoldo Fernández. ¿Qué libros  tienen que consumir?, pues ahí les van 7, un número que se parece mucho a ustedes:
1. El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez
2. La fiesta del chivo, Mario Vargas Llosa
3. Gilda, Armando Muñoz
4. Rebelión en la granja, Orwell.
5. Rayuela, Julio Cortázar.
6. El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura.
7. Cuba con los mismos bueyes, Arnoldo Fernández.
Otra cosa, aprecien este video de Eliades Ochoa, me gusta mucho, ojalá y a ustedes también también:
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miércoles, 24 de agosto de 2016

La novela negra cubana, ¿bestia indómita?


Vladimir Hernández, autor de Indómito (Editorial Roca, 2016)
Por  Víctor Hugo Pérez Gallo 

No soy un seguidor ferviente de la novela negra en general, y no soy un especialista del tema, por lo que mis valoraciones son las del simple lector que se acerca hedonistamente a la lectura de un libro policíaco. Debo declarar que mis lecturas parten desde Raymond Chandler y su excelente ensayo El simple arte de matar(1950), hasta todos los policíacos de cartón publicados en Cuba durante la década del 70 y 80 del siglo pasado, verdaderos mediocres herederos de la novela negra socialista, porque  debo decir que en esta hay muy buenas novelas como la saga de Emil Boev y su lucha desde la contrainteligencia búlgara contra “los siempre traicioneros intentos de la CIA” por subvertir el orden de las repúblicas socialistas integrantes del Pacto de Varsovia.

Creo que para hacer un breve análisis del género policíaco en la actualidad en Cuba se debe partir del anteriormente mencionado ensayo de Chandler, ante todo ¿qué es la literatura policíaca? La literatura es un texto mal o bien escrito, sin depender del género al que pertenece, pero en el caso particular  del policíaco o “literatura de detectives”, género criticado por muchos como “literatura ligera”, se debe hacer énfasis en la construcción del mundo, para que sus personajes no asemejen seres encartonados  muy buenos o muy malos, que los convierte en inverosímiles. La literatura policíaca debe de mostrar un mundo real, donde el lector sea capaz de reconocerse, un lugar conde hay asesinos, prostitutas, ladrones. O sea que tenga una perspectiva sociológica del mundo que lo rodea, solo así el convenio que se establece entre el lector y el escritor puede ser real y evitar que se sienta estafado este. Chandler advierte al respecto:

“El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocionable. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer -y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas. Pero existe desde hace demasiado tiempo como para constituir una noticia. Si la novela de misterio es realista (cosa que muy pocas veces es), está escrita con cierto espíritu de desapego; de lo contrario nadie, salvo un psicópata, querría escribirla o leerla. La novela de crímenes tiene también una forma deprimente de dedicarse a sus cosas, solucionar sus problemas y contestar sus preguntas.”(2014: 26)


De inferencias sociológicas la literatura negra cubana está llena, no podría ser de otra forma cuando se escribe desde/sobre un país tan complejo como es Cuba, y cuando muchos de sus autores escriben desde la diáspora, existiendo en algunos casos un desfase entre el país que dejaron y el país que es en la actualidad, ruptura que se demuestra en su literatura cuando encuadran sus novelas en un contexto actual donde las condiciones del Word building de sus novelas están anclados en los noventa o en las fechas cuando partieron de Cuba.

Los principales hacedores de literatura negra cubana en la actualidad son Amir Valle, Leonardo Padura, Lorenzo Lunar, Chavarría y Vladimir  Hernández.

Los cuatro primeros son fácilmente clasificables en el sentido de que sus obras rondan sobre los aspectos teratológicos de la sociedad cubana, ese mundo underground que no siempre ve el ciudadano común, pero que subyace allí, la homosexualidad, la prostitución, la corrupción de la policía, la pérdida de ese Hombre Nuevo que se quería construir en la sociedad cubana y que se ha convertido en un policía opresor o en un delincuente que vende mercancía barata a los extranjeros turistas, desde habanos hasta chicas “que se dejan hacer de todo”. En el caso de la literatura escrita por Amir Valle se denota la critica política y social al sistema con más intensidad que los otros, tendencia que se veía venir desde la publicación de Si Cristo te desnuda, Premio Soler Puig y publicada en Santiago de Cuba. La literatura de Padura, que ha tenido más publicidad evidentemente que las otras, y de alguna forma ha opacado a sus compañeras, es una literatura del desanimo, del desengaño de toda una generación, El hombre que amaba a los perros, puso el listón muy alto, aunque evidentemente pudo ser menos detallista, dejándole a los lectores medios el placer de buscar más datos históricos sobre Trotsky o su asesino; esta tendencia se ve aumentada en su obra Herejes, lectura que se vuelve muy densa por momentos en sus descripciones históricas, que más bien parece un libro de ensayos histórico que una novela de detectives, si muy interesante para el lector que les guste estos temas, pero no para el leedor que está más interesado en la intriga policial.

En España ha salido publicada la novela de  Vladimir Hernández: Indómito (Editorial Roca, 2016). Me acerqué a la novela con suspicacia, debo declararlo: no leas a tus contemporáneos, me ha dicho siempre un diablillo en el oído. Es una novela que se lee fácil, cuando digo esto no quiero decir que sea simplota sino que con una narrativa clara, usando (y abusando) del diálogo directo nos lleva por toda una trama sangrienta por toda la Habana. Un estilo hemingueyano, si me tomo la licencia de categorizarlo. Pero esta novela va mucho más allá, fuera de sus limitaciones como los continuados manierismos y diálogos donde el localismo es una limitante para el lector español, esta novela se puede decir que traza un nuevo camino a los escritores cubanos de novela negra en el sentido de que el autor se centra más en la psicología de los personajes y evita, o trata subrepticiamente, los temas políticos, aunque estos están implícitos en toda la trama. Es heredera de la temática sobre la  marginalidad, pero toca otra marginalidad  que no había sido acariciada por sus antecesores: la de las personas que emigran del oriente de la isla  de Cuba hacia la capital, una vivencia de personas que no tienen nada y que lo poco que consiguen en la capital de todos los cubanos lo ven destruido de un día para otro; lo que les pasa a menudo es que las expulsen y les destruyan sus chozas, ilegales, sí, pero levantadas con todo el esfuerzo del mundo. En palabras de Dunieska, “la palestina” (1) personaje de la novela:

 “Las cosas en Mayarí se estaban poniendo muy malas. Allí es muy difícil buscarse la vida. Cuando enterramos a mi papá, mi mamá tomó la determinación de que nos fuéramos a vivir con un hermano de ella y su familia (…)agarramos los cuatro chiliches que teníamos y nos montamos en un camión; mis abuelos maternos, mis hermanos mas chiquitos, mi cuñada con mis sobrinos y mi mamá.”(Hernández, 2016: 56)


Como se ve se denota la tragedia, la fatalidad, el fatus griego y la desesperación de hallar esa meca de la riqueza que ella cree que va a encontrar en la Habana. Y migra con toda la familia aposentándose en un llega y pon que la policía destruye luego. Y esta marginalidad es diferente a la tocada por Amir Valle o Padura en sus novelas, y es que en Cuba, hay muchas Cubas, y generalmente la literatura negra cubana está centrada en la Habana y no en el resto del país, con la honrosa excepción de Lorenzo Lunar,no obstante cuando se lee su obra, cualquiera de sus novelas parece escrita desde la Habana.

Vladimir en su texto habla sobre la venganza de Duran, pero no es solo la venganza personal, sino una venganza contra el sistema social que lo lleva a delinquir y que construye a policías corruptos que viven también al margen dela sociedad. Allí conviven sodomitas, el relato que hace de la cárcel nos recuerda inevitablemente a Hombres sin Mujer de Montenegro, a una normas carcelarias, pero lo que sorprende es que el protagonista cuando sale de la cárcel, en el exterior , siguen rigiendo las mismas normas que dentro del entramado carcelario lo que nos lleva a la idea de la cárcel total de la que hablaba Foucault en su Panóptico: la idea de la Habana como una cárcel monstruosa donde todos se vigilan y donde todos delinquen y venden su cuerpos, sus ideas sus aspiraciones por unos dólares para poder comer o para poderse beber el ultimo trago de ron peleón.Cuando los prisioneros se han puesto a hablar, ya tenían una teoría de la prisión, de la penalidad, de la justicia. Esta especie de discurso contra el poder, este contra-discurso mantenido por los prisioneros o por los llamados delincuentes, eso es lo que cuenta y no una teoría sobre la delincuencia” (Foucault, 1994: 12).

Pero va mucho más allá de eso, la idea de panóptico, la novela nos muestra una Habana-ciudad cerrada, una ciudad que se debate entre una urbe estrictamente penal o disciplinaria, una metrópolihundida sobre sí misma donde el control policía se entrelaza con el poder delincuencial para convertirse en una red que cubre a todos los marginales. Un poder que va más allá de lo material porque pesa sobre la conciencia colectiva de los habaneros educados en la represión y en la picaresca como forma de evadirla.

El personaje de Vladimir exclama que para vivir en Cuba hay que estar loco o borracho, y esto nos lleva de nuevo a Foucault y su trato del control de los locos, borrachos, homosexuales, seres desviados normativamente a los que hay que tratar en instituciones carcelarias como escuelas reeducadoras, fábricas, cárceles.  Y una vez más se declara a La Habana, no como la capital de todos los cubanos, sino como un espacio urbanístico refugio de drogadictos, prostitutas, nuevos ricos, paladares, donde el control estatal está presente siempre, pero al estar corrupto desde su base, la maquinaria de control social legitima los hechos violentos y la búsqueda de riquezas sin importar escrúpulos morales alguno. Y ese Hombre Nuevo roba, viola, mata si tiene necesidad de ello, en la búsqueda de los verdes dólares.  Y todo desarrollándose en un ambiente kafkiano de hombres masas, con una existencia precaria (véase al padre del protagonista, ex combatiente de la guerra de Angola y muriendo todos los días un poco en su silla de ruedas). Y todos juzgados por leyes que desconocen, por hombres despóticos y decadentes.

Es interesante hacer una análisis entre esta novela policíaca y el self de sus personajes, un análisis psicoanalítico, donde el narrador y sus futuros lectores se saborean, se deleitan con lo monstruoso de los crímenes, con lo teratológico, lo patológico de los hombres corruptos de la Habana.  Así Vladimir consigue algo: el examen de sí mismo, de cuanto hay en ellos también de patológico, de criminal, de deseos secretos, de ver cuando el poder les controla estos instintos.

El gran protagonista de la novela Indómito es la ciudad,  una Habana decadente y sumergida en un sopor del que no ha podido desprenderse en los últimos años, de personajes que quieren escapar de esa realidad en la constante búsqueda de la felicidad, pero su acción los llevara inevitablemente a la catástrofe personal.

Es una novela que, repito, ha abierto un nuevo camino en la novelística negra en Cuba, y no quisiera terminar sino citando nuevamente a Chandler,  en unas frases que creo que describen perfectamente esta novela:

 “Hammett escribió al principio (y casi hasta el final) para personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió́ el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines”. (2014:35)


Vladimir Hernández no escribe solo sobre la sangre o la corrupción policíaca: escribe también sobre la corrupción de las personas que se ven abocadas a caer en lo más bajo del mundo para sobrevivir, no digo más: léanla. 

Bibliografía

Chandler, Raymond(2014):”El simple arte de matar”. Ediciones e Bolsillo.

Hernández, Vladimir(2016): “Indómito”. Ediciones la Roca. Barcelona.
Michel Foucault (1974). "Prisons et asiles dans le mécanisme du pouvoir", en Dits et Écrits, t. II. París: Gallimard, 1994, pp. 523–4.
Vázquez Montalbán, Manuel (1987): “No escribo novelas negras”. En: El Urogallo. Enero-febrero, pp. 26-27.
 


(1) En Cuba se les denomina “palestino” a las personas que migran desde las provincias orientales a la Habana buscando mejorías económicas o perspectivas profesionales.

domingo, 5 de junio de 2016

¿Por qué será que siempre terminamos hablando de comida?, pegunta Nicanor




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com 

¿Por qué será que los cubanos siempre terminamos hablando de comida?, hoy me hacía esa pregunta, mientras reía leyendo Herejes de Leonardo Padura. En plena crisis uno de los personajes dice: “…va a empezar con potaje de garbanzos, con chorizos, morcilla, unos trozos de puerco y papa…Como plato fuerte nos está preparando un pargo asado, pero no muy grande, como de diez libras. Y,  claro, arroz, pero con vegetales…” Si usted vive aquí y lee algo así, ¿qué puede hacer?, reírse, nada más que reírse. ¿Quién puede darse un lujazo como ese? Muy pocos, o tal vez algunos que conocemos bien, pero es mejor ni hablar, porque siempre hay un censor esperando el peso de las palabras para torcer la cosa y llevarnos al cadalso de los suplicios. Hay que cuidar la pincha. Probablemente los censores coman mejor que yo, o tengan mayores probabilidades de darse ciertos lujos que no puede darme. Comer, comer largo, espeso, sentir el afecto de los verdaderos amigos, mientras catamos un buen vino, ¡un buen vino!, ahora me volvió la sonsera, “¡buen vino!”, ¿quién ha dicho eso?;  pues nada más y nada menos que otro personaje de Herejes: “una botella de Pesquera”;  ¿qué es eso?, nunca he oído hablar, ¿dónde se vende? Aquí  lo único que uno sabe es de esos rones sellados que lo santiguan con agua o alcohol y producen dolores de cabeza, mareos y asco. ¿Qué decir de los postres? ¿Desde cuando un cubano de a pie puede darle contenido a postre? Herejes viene en mi auxilio: “casco de guayaba con queso blanco”. Dios mío santo, reírse es lo que puedo hacer, con la vida tan cara que llevamos, reírse es lo más inteligente jajajajaaaaaaaaaaa.

viernes, 30 de octubre de 2015

"Cubano por los 64 costados" (Palabras de Leonardo Padura al recibir el Príncipe de Asturias de las letras9



Por Leonardo Padura
Majestades, Premiados, señoras y señores:
Aquí estoy, y vengo de Cuba. Aunque, más que de Cuba, debo precisar que vengo de un barrio de la periferia habanera llamado Mantilla. Allí vivo y escribo, en la misma casa donde nací. En ese barrio plebeyo y bullicioso que brotó a la vera del camino real, también nacieron mi padre, mi abuelo, quizás incluso hasta mi tatarabuelo Padura. Allí mi padre conoció a mi madre, una bella cienfueguera llegada a La Habana empujada por la pobreza y se enamoró de ella hasta el último aliento de su vida. Mis abuelos maternos habían nacido en aquella zona del centro de la isla y, si no hubo alguna excepción, parece que también mis bisabuelos Fuentes y Castellanos nacieron por aquellos lares. Si digo todo esto es para fijar la profundidad de una pertenencia y para establecer, también genealógicamente, una evidencia: soy cubano por mis 64 costados.
A Cuba, a su cultura y su historia debo casi todo lo que soy, profesional y humanamente. Porque pertenezco profundamente a la identidad de mi isla, a su espíritu forjado con tantas mezclas de etnias y credos, a su vigorosa tradición literaria, a su a veces insoportable vocación gregaria, al amor insondable que le profesamos al beisbol, y, como soy escritor, pertenezco a lengua que aprendí en la cuna, con la que me comunico y escribo, la maravillosa lengua española en la que ahora leo estas palabras. Y, por ello, parafraseando a José Martí, el apóstol de la nación cubana, puedo decir que dos patrias tengo yo: Cuba y mi lengua. Cuba, con todo lo que tiene dentro y también fuera de su geografía; la lengua española, porque soy lo que soy a través de ella, gracias a ella.
Con Cuba y con mi lengua a cuestas he recorrido un camino que se va haciendo largo y que me ha traído hasta este momento de epifanía, hasta este asombro y satisfacción superlativos que no me abandonan porque estoy donde nunca soñé estar, aunque sé por qué estoy: sencillamente porque soy un empecinado.

Una bendición recibida
Pero, con empecinamiento incluido, llegar hasta aquí no ha sido fácil. En realidad, ser escritor nunca ha sido fácil y, para mí, ha sido más esforzado de lo que tal vez podría parecer. Muchas, muchas horas he dedicado a mi oficio, en una lucha terrible por vencer miedos e incertidumbres que lo abarcan todo: desde la elección sobre los aspectos de mi realidad que he querido reflejar hasta el encuentro de la palabra más adecuada para conseguir expresar del mejor y más bello modo posible esa realidad reflejada. Ser escritor ha sido una bendición que he asumido como una responsabilidad artística y civil, que ha sido y será ardua: muchas incomprensiones me han acompañado, incluso marginaciones cuando era considerado apenas un autor de novelas policiacas y algún que otro ramalazo por ser como soy y escribir como escribo. Pero hace cuarenta años aprendí que para lograr algo, al menos en mi caso, solo había una fórmula y la adopté y la practico a destajo: el trabajo diario. Y por eso puedo decir ahora que, más que dos, en realidad tengo tres patrias: Cuba, mi lengua y el trabajo.
Pero, debo y quiero reconocerlo aquí: para que mis tres patrias tutelares pudieran traerme hasta este momento, muchas coyunturas y personas han debido reunirse y concretar lo real maravilloso. Porque no solo de pertenencia, idioma y trabajo se vive en las patrias posibles del escritor y porque ejercitar la gratitud es algo que me complementa.
A los creadores de mi casa de Mantilla debo la vida, pero también una formación humana y una ética en la que se combinaron con amable armonía la filosofía masónica de mi padre y la fe católica de mi madre. Y aunque no me inicié como masón y soy ateo, de ellos aprendí la práctica de la fraternidad, la solidaridad y el humanismo entre las personas, unos valores que he tratado de aplicar en todos los actos de mi vida. Lamento que ellos no estén físicamente hoy aquí conmigo, aunque sé que me acompañan: mi padre desde el sitio que le haya asignado el Gran Arquitecto del Universo; mi madre, desde nuestra casa mantillera.

Los muchachos del barrio
A muchos de mis compañeros de estudio y de profesión debo agradecer la compañía a través de los años y la fidelidad militante con que nos hemos tratado en un tránsito hermoso y difícil, como todos los transcursos vitales. Aunque solo unos pocos de ellos estén hoy aquí, sé que festejan conmigo, y puedo decir como Gardel, el día de su debut parisino en el Olimpia: “¡Si estuvieran aquí los muchachos del barrio!”
Con España tengo una impagable deuda de gratitud. Desde aquel verano de 1988 en que, como simple periodista, llegué precisamente a esta tierra de Asturias, para participar en la Primera Semana Negra de Gijón, este país me abrió puertas cuya trasposición me ha permitido avanzar y estar donde estoy. A la literatura española que conocía por mis estudios y preferencias, se sumó la que encontré desde entonces y que mucho cambió mis percepciones. Luego, a un concurso literario español, el Premio Café Gijón de 1995, debo la posibilidad de haber podido crear el puente que condujo una de mis novelas hasta las manos de la directora de la prestigiosa editorial Tusquets, para iniciar una relación de amor y trabajo que hemos sostenido durante 20 años y ha permitido que mis libros hayan podido ser leídos en todo el ámbito de la lengua y, a partir de ahí, en otros más de veinte idiomas.
A España debo también el honor de que el consejo de ministros del país me concediera la ciudadanía española por el procedimiento de Carta de Naturaleza, reconocimiento honorífico que ha consolidado aun más, si eso es posible, mi relación con la segunda de mis patrias, esta lengua en la que me expreso y escribo.
A los veintiún miembros del jurado que me ha concedido el reconocimiento que hoy recibo, mi gratitud infinita. Merecer este premio, todos lo saben, no es cualquier cosa. La lista de nombres que me preceden avalan la magnitud de esta gratificación. Y el hecho de que ustedes me hayan elegido, es un honor que recibo con el orgullo de ser el primer escritor cubano que lo alcanza. Y como tal lo recibo: como escritor cubano y como un premio a la literatura y a la cultura de mi primera patria.

Mantilla en el corazón
Y a mi esposa, Lucía Lopez Coll, que por supuesto está aquí conmigo, solo puedo decirle: Lucía, gracias por soportarme durante casi cuarenta años, por ayudarme tanto a conseguir lo que ha sido y está siendo la novela de mi vida.
Pero mi acto de gratitud no estaría completo sin recordar a alguien de cuya mano he llegado a este estrado. Hace veinte años, cuando apareció en España mi novela Máscaras, los periodistas me preguntaban por qué había escogido aquel nombre para mi protagonista. Hoy, gracias a la persistencia de ese compañero de luchas, creo que mi personaje y yo hemos vencido en un tremendo combate: Mario Conde, el cubano, con su nombre resonante se ha ganado un espacio en el imaginario colectivo de este país, donde acumula amores, reconocimientos y lectores… Gracias, Conde, por haberme acompañado todos estos años en el empeño de explorar y revelar conmigo la vida y la sociedad cubanas y a comprender los desafíos de la cuarta edad cuyo tránsito estamos iniciando.
Hoy es uno de los días importantes de mi vida, quizás el más mediático de que haya disfrutado, y por eso, al tener la oportunidad de dirigirme a tanta gente y tan poco tiempo para hacerlo, he debido pensar mucho qué decir: y he decidido hablar solo de asuntos realmente trascendentes, unos pocos, todos relacionadas con el amor, la persistencia, la gratitud y la pertenencia. Hoy es un día de vino y rosas y así quiero guardarlo en mi memoria. Porque a pesar de los pesares, de las luchas, las dudas, los silencios y los resquemores, la verdad es que las recompensas que debo a mis patrias y a todos los que me han ayudado a obtenerlas, son un pretexto de lujo para disfrutar y compartir esta felicidad, y quiero hacerlo con el mismo espíritu impoluto con que compartía hace más de cincuenta años mi bate, mi guante y mi pelota de beisbol con aquellos amigos del barrio con los que aprendí a gozar la satisfacción del éxito, en un simple juego de pelota, en una calle de un barrio habanero llamado Mantilla, donde palpita el corazón de mis patrias.

martes, 17 de febrero de 2015

Mi mayor feria del libro no es la de La Habana, Cuba




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu

Vivo mis ferias del libro en el barrio; allí hago una fiesta con amigos y amigas que creen en los caminos infinitos de la lectura. No necesito esas recepciones engañosas donde unos y otros acuden a los falsos homenajes o a los olvidos programados. 

Mi feria es una tarde sentado en el patio de casa, leyendo a Vargas Llosa, García Marquez, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Guillermo Vidal Ortiz, Leonardo Padura, y Pedro Juan Gutiérrez, entre otros muchos autores que harían interminable esta lista…

Ahora mi fiesta es “EL 71. Anatomía de una crisis”, de Jorge Fornet, un texto esencial; apenas un millar llegó a los lectores; entonces mi mayor alegría es encerrarme en el cafetal y hacer una lectura ejemplar y aprender que Cuba no es perfecta, su Revolución tampoco. ¿Cuántas  sugerencias en EL 71?

Camino a la cotidianidad, mi feria es encontrar libros viejos que nadie lee y encender una luz allí donde nadie ve el AMOR que despliego ante el  festín de hojearlos y olerlos; ellos bailan en mi cabeza primero, poco a poco la pueblan y me convierten en un SEÑOR de espejuelos con una llave a la salvación humana; ojalá y algunos personajes la pidan prestada. 

Mi feria es comprar buenos textos, llegar primero a ellos, saberlos encontrar en las casas donde habitan. Es rescatar a  ancianos virtuosos (LIBROS) con más de 100 años y darle refugio en medio de la crisis de espiritualidad que asalta nuestra insularidad. Es probar al ejército de mediocres, instalados en las fiscalías de las sospechas y las descalificaciones, que no necesito de esas festividades al aire libre, o bajo techo, donde predominan lo coral y el carnaval de los enfados.  

La aventura de un libro para mí es aprender a ser un mejor ciudadano, y adquirir las herramientas  del hombre virtuoso, empeñado en entender la libertad como el derecho a pensar y hablar sin hipocresía; esa es la LIBERTAD que sueño para los míos, para mi país;  esa es mi MAYOR FERIA DEL LIBRO.

miércoles, 16 de abril de 2014

Cuba: Memorias y derrumbes*

Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeagua@cultstgo.cult.cu

Al terminar  este libro* me queda la resaca de haber comprendido vacíos que el discurso historiográfico no ha sido capaz de saldar para las generaciones futuras de cubanos. El llevado y traído dilema del compromiso siempre ha estado sobre la mesa. ¿O estás conmigo? ¿O en el otro bando?, son interrogantes necesarias en la vida de todo escritor, sea cubano o de cualquier parte del mundo. No puede pensarse la Cuba actual, si no se expresa con nitidez una ideología política afín al proceso vivido en los últimos 50 años.  Para comprenderla nada mejor entonces que seguir  el derrotero de una de las tesis en la que siempre he creído: literaturizar es un modo de salvar memorias, derrumbes y poner cada cosa en su justo lugar.  

El socialismo ha sido una hermosa utopía conformada con retazos de pasado y sueños, pero las formas de concretarlo no han dejado de ser pesadillas donde reinan las bajezas humanas. La historia escrita por “abogados de oficio”, comprometidos con una visión parcializada del fenómeno, ha estado plagada de triunfalismos y un eslogan tremendo: “EL SOCIALISMO ES IRREVERSIBLE”. Así creció cada persona de la Europa Oriental, así creció cada cubano después de 1960, así crecí yo. Los rusos aparecían siempre como nuestros salvadores. ¿Acaso lo fueron?  Al colapsar el Campo Socialista y la Unión Soviética muchos salimos de aquel letargo en el que permanecimos por años, aunque a ciencia cierta, nos resultaba difícil aceptar el fin de una utopía donde el hombre, supuestamente, había alcanzado sus sueños y creaba las bases para una sociedad nueva. Importante resulta conocer que desde Cuba, intelectuales honestos, ansiosos de una obra duradera, acudieron a la literatura para canalizar reflexiones sobre el devenir de la utopía y señalar  lunares. 

Así encontramos a un Virgilio Piñera que tempranamente advierte, en Presiones y diamantes (1967), sobre la díada: presionados y presionadores,  tan cara a él en las primeras décadas de revolución socialista. Pero también coloca ojos al lector para comprender el dilema individualidad versus masas, y retrata, a estas últimas, poseídas por un efecto zombi que limita el ejercicio de las potencialidades creativas. Piñera construye una variante de escapismo ante la contaminación del pensar: congelar cuerpo y alma ante las desilusiones.  Pero no queda en el desencanto solamente, enfrentarlo también es necesario, para ello se auxilia de un símbolo de la tradición hispana, el Quijote, y lo dota de nuevos contenidos ante el citado efecto…; solamente él tiene la lucidez necesaria para derribarlo, construir donde todo parece estéril.  Piñera muere rodeado de incomunicación, o mejor, completamente aislado,  ello explica el largo silencio en que permaneció su inmensa obra literaria, que fuera considerada, en algún momento, “perniciosa para los jóvenes”(1); y políticamente incorrecta”.(2) Esa cortina de humo no logró sepultarlo como un muerto más, él confiaba en que su literatura lo trascendería, y así sucedió, como el Jesuita que siempre fue, reapareció en mucha gente que sigue sus dictados, conscientes del precio de tener cabeza propia y disentir sabia o irreverentemente cuando hay que hacerlo. El Virgilio de La isla en peso sirve hoy como metáfora a una sociedad necesitada de la irreverencia lúcida, para escoger sabiamente una opción de futuro y construirla entre todos, sin acudir a fórmulas degradantes del ser humano. 

Otro tanto hace Joel James, pero desde un ensayo cuestionador: Vergüenza contra dinero.   Aquí la irreverencia lúcida apunta desvíos, equívocos, propone alternativas, pero sólo es escuchado  por una minoría ilustrada sin espacios suficientes para erguirse y dialogar de igual a igual con los protagonistas de los “desvaríos criticados”. Casi fue juzgado por iconoclasta, o mejor, excluido. Desde su irreverencia, encarna también un nuevo Quijote, y carga sobre los tropiezos del socialismo, juzga sin temor, allí donde hay que hacerlo. Tal parece que la metáfora del ser paranoico, envuelto en fantasías caballerescas, reencarna una y otra vez en los escritores cubanos que creen en la literatura como forma de influir sobre la sociedad y mejorarla. El ejercicio del pensar arriesga el rostro y ejerce de juez. James murió sin renunciar a las ideas escritas en aquel memorable ensayo que hoy está en todas las librerías de Cuba, y la miseria crítica que padecemos, no lo ha visto, o no ha querido hacerlo, para orientar a los lectores y dotarlos de empeños morales para asumir el desafío de rearticular una sociedad, donde tenga espacio el sujeto opinante, comprometido con un futuro mejor. 

No puedo evitar unas líneas al Caliban construido sabiamente por Roberto Fernández Retamar, sobre todo el hecho de nombrar ingredientes necesarios para el socialismo, entre los que menciona la necesidad de integrar pensamiento y dirección como recursos estratégicos para conducir la nación hacia una sociedad más lograda en sus fundamentos éticos. La necesidad también de asumir fechas y nombres gloriosos, que salven la memoria y permitan recorrer caminos acertados para no dar margen a desviaciones lamentables. Incluso llega a posponer la escritura crítica, pues si esta pone en peligro la vitalidad del socialismo, no puede hacerse mientras seamos un costado del mundo, en abierta guerra cultural con los imperios, sobre todo el estadounidense, parece decirnos, pues todo lo que siembra división, siempre será usado para derrumbar lo que tanto costó levantar. 
 
Novelas densas sobre la historia universal requieren oficio para no hacerlas aburridas. Rodeada de un hálito misterioso llegó a mí El hombre que amaba los perros (2010) (primera edición cubana), de Leonardo Padura. Se vendió de manera silenciosa, casi clandestina, a los escritores y a algún que otro miembro de algunos sectores intelectuales “preparados para su lectura”. Una buena amiga la hizo llegar y me fui a la finca de mis ancestros para leerla alejado de la civilización. Al concluir su lectura no pude evitar escribir lo que sigue: “Libro generoso, imposible borrar de la memoria. Las historias narradas generan, sobre todas las cosas, desilusión con uno mismo, compasión hacia todos los que apostamos al milagro y nunca llegó; pero también miedo por nunca atrevernos a intentar ser uno en la uniformidad”. (Junio, 14, 2011). Al hacer el citado apunte, recordé que en fecha similar había nacido Ernesto Guevara de la Serna (Che), el hombre que encarnó la voluntad quijotesca de redimir a América Latina y provocar la revolución continental del socialismo. No pude obviar el recuerdo de sus últimos días, sin apoyo, aislado, acompañado por el sueño emancipador de un mundo mejor, pero con la certeza de que no debía ser como el de la  Unión  Soviética. De estar vivo, contaría a Padura entre los novelistas más interesantes de los últimos años en Cuba.  Consideraría necesario El hombre que amaba los perros, lo tendría como libro de cabecera para un revolucionario crítico de estos tiempos, e invitaría a formar círculos de lectores, haría preguntas como las que tuvimos que hacerle a los personajes de la novela, sobre aspectos grotescos de la caricatura de socialismo que legaron a la humanidad, bañado de pesadillas y sangre en su órbita errante por el siglo XX.  

Abel Prieto, imbuido por su relación con el humor político para comprender los desaciertos del socialismo de Europa Oriental, escribe una novela que tiene a un pinareño como protagonista. Viajes de Miguel Luna (2011) es su título. –el autor también es pinareño-. El perfil del personaje principal permite comprender que se trata de un escritor frustrado, debatiéndose entre el ser o el no ser, entre el hecho de vivir literariamente la vida, o apartarse y ser un número más en medio de la uniformidad. Prieto se encarga de hacer casi repulsivo el personaje, pues está cargado de defectos que lo hacen intolerable para los demás,  pero se aprovecha de eso para mostrar el universo de relaciones que giran en torno al mismo, donde no faltan oportunistas, mediocres, falsos dirigentes, envidiosos, delatores, políticas erradas para involucrar a un ser humano en una institución cultural, en fin, las mezquindades generados por el socialismo a su paso por el terreno cultural y hasta social.  El hecho de valerse de una metáfora geográfica como Mulgavia, para volcar sus reflexiones sobre las desviaciones de la gran utopía del siglo XX, tiene también su mérito, pues revela lo que Virgilio Piñera había advertido tempranamente en Presiones y diamantes: el efecto zombi que todo lo hace homogéneo, empacado y no da margen alguno a la diferencia, a la creación, y niega el ejercicio de la individualidad en medio de la uniformidad. Una obra así, de ser escrita en el llamado quinquenio gris (década de los 70, siglo XX), hubiera generado la expulsión del reino de las letras; hoy su autor se contaría entre los marginados de esos años, pero gracias a los cambios morales producidos en el pensamiento político de la revolución,  poco a poco va ganando terreno la necesidad de volcarse sobre los problemas generados por el socialismo y dinamitar sus zonas podridas para poder sembrar, donde antes hubo miedos y uniformidades. 

Eliades Acosta acude al ensayo y escribe Siglo XX: intelectuales militantes (2007), en el que realiza un interesante balance de las ganancias y pérdidas del socialismo a su paso por Europa, Asia y América Latina. Llama a Stalin, torpe y de una cortedad política que no le permite comprender la crítica como soporte moral para afianzar lo construido.  Queda claro, al menos para mí, al escribir sobre este libro,  que procesos totalitarios, -el nazismo y el estalinismo-, se rodearon física y espiritualmente de hombres inteligentes para fundamentar sus proyectos,  y descabezar a los que se opusieran a sus ambiciones. Todo ello ayudó a su derrota, y a sembrar el temor al brote de  procesos como los señalados. Felizmente, la dirección política de Cuba tuvo claridad sobre esos desaciertos, y proyectó una serie de rectificaciones para reorientar el navío socialista en medio de la tormenta de credibilidad en que se vio envuelto. En todo ese proceso de búsquedas y rectificaciones llega la crisis de los 90, y hubo que obviar la estrategia y centrarse en la sobrevivencia de la revolución, la mayoría de las rectificaciones tuvieron que hacerse a un lado;  Acosta Matos, con aguda inteligencia parece sugerir esa lectura, aunque no la plantea formalmente. Acude a un símbolo, construido por occidente, para explicar  el resurgimiento del socialismo en Venezuela con la llamada Revolución Bolivariana: Prometeo, el titán que roba el fuego a los dioses del Olimpo y lo dona a los hombres para que prosperen y se multipliquen. Es un momento, nos dice, donde la intelectualidad comprometida se unió, e inició nuevas búsquedas para construir lo que comenzó a llamarse socialismo del siglo XXI; todavía indefinido en términos conceptuales, aunque quiere borrar de la memoria histórica el experimento fallido del XX, y proyectar la nueva utopía - no deja de ser la misma de antes-, sobre sólidas bases humanistas, donde el hombre sea el centro de todos los poderes públicos.  El liderazgo de Chávez parece ser el camino, aunque no puedo evitar volver a Martí,  cuando alertó sobre el rol del caudillo populista en los procesos políticos; al faltar –advierte el Maestro-, los pueblos no acostumbrados al ejercicio de la democracia son invadidos por una anarquía incontrolable, necesaria para los oportunistas de siete suelas, impelidos a acudir al instrumento represivo de los ejércitos, y restablecer a sangre y fuego sus privilegios, untados con los aceites de la inteligencia negadora de otras posibilidades. No olvidar tampoco que el socialismo tiene una casta de funcionarios ligados por intereses afines y necesitados de mantenerse en posiciones privilegiadas de poder y prestigio;  ineludible resulta saber que la última palabra, sobre la continuidad del proceso,  por las vías tradicionales, o de nuevo tipo, la tienen ellos. ¿Qué ha sucedido hasta ahora en los países socialistas cuando ha faltado el líder?  ¿El hombre masa ha tenido lucidez para enfrentar a la casta de funcionarios y derrotarlos? Los que recibieron la antorcha socialista, en el siglo XXI, tienen la última palabra.  

Para el final he dejado a la poesía, no porque sea un arte menor, ni por pura casualidad, sino porque los jóvenes cubanos –actuales protagonistas del torrente histórico-  acuden a su templo para interrogar pasado,  presente y futuro, del mundo que les ha tocado vivir. Así encontramos la obra del cimarronzuelo oriental, Eduard Encina (3), que  lega a sus contemporáneos la concienciación de los límites para sobrevivir y encontrarse en la muchedumbre con una identidad propia; tiende puentes para alcanzarla, aunque constantemente asechen las “vilezas del sistema” que le ha tocado vivir,  e inhabilitan para conquistar lo imposible. Las trompetas del juicio final anuncian que la historia se ha vuelto piedra, que el temor está en el sujeto, cercado por las orillas tendidas en torno suyo y de las que no logra liberarse. Espiritualmente se sabe de cualquier parte, pero el cuerpo permanece atado a la isla, a los dolores que todo inmovilismo genera.  Encina propone la realización individual desde la resistencia, es una de las formas negadoras de la terrible uniformidad del hombre masa acodado en cada esquina de los tiempos. Su repertorio lírico es amplio testimonio de los codazos de la historia, de los empujones por llegar primero y olvidar al otro, de los retorcijones de orejas de nuestros padres por pensar con cabeza propia  y negar lo inservible, de tener ojos para dinamitar lo podrido y sembrar donde todo parece perdido. 

Oscar Cruz (4), también desde oriente,  parece enfocarse en la construcción de una nueva “cabeza negadora”,  o mejor, es el poeta de las recetas y las fórmulas fáciles para el lector contemporáneo, pudieran argumentar las viejas promociones de la poesía cubana, ancladas en la llamada “calidad literaria”, que niega lo diferente, funcione o no, y hasta lo demonizan si no responde a sus dictados estéticos.  Pero no es tan así, pues Cruz, desde el presente que le ha correspondido vivir, se alza  contra las imposiciones promocionales e instaura un reino lírico, seguido por muchos jóvenes, para testimoniar los tiempos que corren. No le asisten temores, ni espíritus de aldea, sencillamente se alimenta de las circunstancias que circundan al sujeto y desde ellas nombra donde nadie se atreve a corporeizar la nación. Le interesa vehicular el imaginario de un país traumatizado en sus cimientos morales, por un régimen de errático recorrido en el siglo XX; usar la “poesía” como árbitro de ese itinerario. Por esa razón lo sagrado es bajado de los pedestales que no significan nada para ese “hombre masa” bajo el efecto zombi explicado en estas páginas, y las razones del poema son encontradas en miradas iconoclastas, antirretóricas, y yo diría que hasta provocadoras, pues logran captar lo mediato del tiempo vivido, en una especie de crónica anticipada de lo histórico, y congela todo lo que la memoria olvida, o sencillamente, otros géneros literarios tardan en visualizar.

Límites y circunstancias me ha servido, y creo servirá al lector cubano y universal,  para hacer una cartografía literaria del socialismo; seguir sus extravíos a través de las subjetividades, aquí analizadas, y comprender, sobre todas las cosas, que no ha pasado del cuestionamiento a los problemas del capitalismo, y se ha enlodado en otros, de los que no logra desembarazarse, a pesar de los tiempos. No obstante, la utopía de un mundo mejor sigue esperando en el Tercer Milenio para hacernos con ella y liberar al hombre de cualquier esclavitud que ate sus energías creativas.

Notas
1.  Espinosa, Carlos: Virgilio Piñera en persona, p.332.
2.  Espinosa, Carlos: Obra citada, p. 349.
3. Ver sus libros: De Ángel y Perverso. Ediciones Santiago. Santiago de Cuba, 2000, El perdón del agua, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2003, El silencio de los peces, Editora Abril, La Habana, 2003, Golpes Bajos, Editora Abril, La Habana, 2004  y Lectura de patmos, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011.
5. Ver sus textos: Pájaros de Manduley, en La Noria, No. 3, Santiago de Cuba, 2011, p.14; La maestranza, en La Noria, No. 3, Santiago de Cuba, 2011, p.13; La plomada, en La Noria, No. 4, Santiago de Cuba, 2012, p.30; y el libro Balada del buen muñeco, Colección Sureditores, La Habana, 2013

Bibliografía
ACOSTA MATOS, ELIADES (2007). Siglo XX: intelectuales militantes, Editora Abril, La Habana.
MARTÍ, JOSÉ (1964): Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, Tomo 19, Editorial Nacional de Cuba, La Habana
PADURA, LEONARDO (2010). El hombre que amaba los perros, Ediciones Unión, La Habana.
PRIETO, ABEL (2011). Viajes de Miguel Luna, Editorial Letras Cubanas, La Habana
PIÑERA, VIRGILIO (2011). Presiones y diamantes, Ediciones Unión, La Habana.
JAMES, JOEL (2012). Vergüenza contra dinero, Ediciones Santiago, Cuba.

*Pertenece a mi libro de ensayos inédito: Límites y circunstancias, Cuba, 2012-2013.
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