Casa flotante donde los cubanos del mundo pueden venir y encontrar calor humano. Aquí se puede hablar de todo y hacer la nación espiritual. Casa escrita desde una visión personal, en torno a la cultura e identidad cubana y universal, con un acento especial, en el hombre y la mujer invisibles en los medios.

lunes, 31 de agosto de 2009

Un libro serio que va más allá del panfleto político

Por Arnoldo Fernández Verdecia.

El libro “Siglo XX: intelectuales militantes”, de Eliades Acosta Matos, es curioso dentro de la producción literaria de los últimos años en Cuba; muchos pensarán en la implicación del autor con la Revolución del primero de enero de 1959, por las funciones que ha ejercido como intelectual orgánico en diferentes momentos de su vida, hecho que pudiera limitar su alcance, pero probaré que se trata de una reflexión seria que va mas allá del planfeto político.

Primeramente, destacar los valores históricos presentes en el análisis, pues se adentra en los elementos que llevaron al mundo a dos guerras mundiales devastadoras (1914-1918) (1939-1945) y la posición, en esos procesos, de la intelectualidad mundial, tanto de izquierda como de derecha.

Destaca, sobre todo en el período entreguerras (1919-1938), como figuras de la talla de Hitler y Musolini, se rodearon física y espiritualmente de pensadores que legitimaron sus proyectos sociales, entre los que se encuentran Oswald Spengler, Carl Schmitt, Martin Heidegger y Ernest Junger, entre muchos otros.

También ilustra la respuesta de intelectuales de honor a las teorías que fundamentaron el “espacio vital”, y la sed de revanchismo de Alemania e Italia en el escenario imperialista de esos años. Sobresalen en este sentido escritores como Paul Valéry, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé.

La ocasión sirve al autor para valorar la posición de los escritores a nivel mundial con la Revolución de Octubre, momento lúcido dentro del libro, pues se apoya en referencias de protagonistas del hecho, para ilustrar cómo se percibía el fenómeno dentro de la Unión Soviética y fuera de ella. Los grandes debates que se originaron en torno al proceso que se construía allí, las desviaciones ocurridas, la justeza que lo caracterizó, en fin, el tejido de interpretaciones que generó el socialismo como opción y la necesidad de tomar partido por el país de los soviets en medio de las contradicciones imperialistas que conducían al mundo a una nueva guerra.

El autor señala los malabares de la potencias imperialistas en circunstancias críticas, “el peligro comunista que se cernía sobre el orbe”, en particular Europa, y cómo Francia e Inglaterra se hacen cómplices del monstruo incubado por Hitler en Alemania, con la esperanza de lanzarlo contra la Unión Soviética, juego que les sale caro, pues al final se volvió contra ellas y le causó dolorosas heridas.

Desfilan por las páginas de “Siglo XX: intelectuales militantes”, personajes inmensos de la política mundial como Chamberlain, Wilson, Churchil, Petain, Stalin, Lenin, las posiciones claves que desempeñaron en el destino de la humanidad, unos con sus visiones imperiales, otros con sus enfoques de progreso.

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, los intelectuales del planeta decidieron reunirse en 1935 y posteriormente en 1936, intentando ponerse de acuerdo por encima de credos religiosos, posiciones políticas y otras diferencias, para enfrentar desde el arte y la literatura el proceso de ascenso del fascismo. Las naciones donde se produjeron los encuentros fueron Francia e Inglaterra respectivamente. Eliades Acosta analiza con profundidad y un significativo número de referencias los debates y acuerdos de ambas citas. Por las páginas de esta obra desfilan las intervenciones de Andre Gide, Henri Barbuse, Breton, Malraux, Roiman Rollang, Sinclair Lewis, Thomas Mann, B. Brecht, I. Ehrenburg, entre muchos otros.

El ensayista Acosta Matos reflexiona sobre el acercamiento al marxismo que se produjo en esos años, en algunos casos como moda intelectual, y en otros, como partido consciente. Algunas conclusiones del libro son medulares: “Lástima que la torpeza y cortedad política de Stalin frustrasen el prometedor proceso iniciado en París. Faltó cultura y visión estratégica para compreder que la unidad entre las vanguardias artísticas y políticas del momento, que en 1935 se avizoraba a las puertas, hubiese podido cambiar la marcha de la historia”(1).

La ocasión sirve al prosista para presentarnos las apatías que caracterizaron a gran parte de la intelectualidad del momento, encerrada en una torre de marfil, al preferir apostar a la obra por la obra y considerar que el intelectual no debe implicarse en los asuntos políticos, ignorando que son líderes de opinión que pueden guiar, en momentos de oscuridad, hacia la racionalidad y la justicia.

Eliades aprovecha también para desnudar el sistema totalitario nazi vinculado a la cultura, hecho que maneja de forma inteligente y audaz, por las necesarias lecturas entre líneas que sugiere. Lo hace a través de documentos de la autoría de los propios nazis relacionados con la función de la prensa, el tipo de arte y literatura que necesita el pueblo, el papel del intelectual en la sociedad, cuáles son los libros buenos y los malos, el escritor como apologista del sistema, entre otros elementos interesantes para el lector contemporáneo.

La posición de la intelectualidad con la República española es otro de los tópicos desarrollados en el texto, sobre todo el Segundo Congreso Internacional de escritores en defensa de la cultura, acontecimiento bien documentado por el autor, que muestra los fundamentos de autores de Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba, la propia España, entre muchos otros, en relación con el ascenso del fascismo, incluso algunos de los delegados regresaron del Frente de combate para participar en las secciones del evento. Nunca antes se debatió con tanta fuerza el problema del compromiso del escritor, el tipo de literatura que hacía falta y cómo utilizar las ideas para ayudar al proceso republicano español.

El Macartismo en los Estados Unidos, década de 1960, la aparición en las filas intelectuales de un movimiento neoconservador, retrógrado en sus proyecciones y accionar, matizaron este período, bautizado a partir de entonces como Guerra Fría, y tendrá como características fundamentales el enfrentamiento antagónico entre dos sistema el socialista y el capitalista. Los intelectuales durante todo ese tiempo, que llega hasta los inicios de la década de 1990, se agruparon en diversos bandos, según sus filiaciones políticas e intereses.

Algunos sucesos matizaron los debates intelectuales, de ese período, como el triunfo de la Revolución Cubana y la guerra de Viet Nam. En cada uno de ellos, la intelectualidad mundial de izquierda tomó partido a favor de lo justo de aquellos procesos históricos. En ese contexto brillaron figuras como los cubanos Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández y Roberto Fernández Retamar.

El libro culmina con un capítulo singular “Resurrección de Prometeo”, en abierta alusión al proceso revolucionario que libra Venezuela actualmente y su líder Hugo Chávez; el encuentro de intelectuales desarrollado en Caracas, devenido continuación de los acontecimientos precedentes en los que participó la intelectualidad progresista del siglo XX.

Finalmente, sugiero leer esta obra críticamente para valorar el inmenso papel de los intelectuales, sobre todo los escritores, en las luchas de la humanidad por un mundo de paz y justicia.

Notas
1. Eliades Acosta Matos. Siglo XX: intelectuales militantes, Editora Abril, La Habana, 2007, p. 138.

sábado, 29 de agosto de 2009

De cómo la “Guillermomanía” invadió a Contramaestre

Llamo “Guillermomanía” a la predilección por la obra y el modo de ser de Vidal Ortiz, al extremo de construirse una imagen que mitificó su manera de vestir, hablar, gesticular.

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

En una de las conversaciones habituales sobre literatura, uno de los amigos que más lee por estos parajes, consideró a Alberto Garrido paradigma de escritor en el oriente cubano. Al leer “Matarile”, “La saga del perseguido” y “Las manzanas del paraíso”, del tunero Guillermo Vidal Ortiz, cambió de criterio.

A propósito de sus revelaciones le mostré mi colección de su obra . Para mi amigo había comenzado la “Guillermomanía” que nos había invadido en los 90 y hoy es abrasadora. En este artículo presentaré brevemente los elementos que dan lugar a ese fenómeno y algunas características de la obra de Guillermo Vidal que la hacen un referente imprescindible para los que escriben en el mapa literario cubano, sobre todo en el oriente.

Llamo “Guillermomanía” a la predilección por la obra y el modo de ser de Vidal Ortiz, al extremo de construirse una imagen que mitificó su manera de vestir, hablar, gesticular. Unos señalaron su melena y barba a lo Moisés de Michelangelo, con pulóver negro, jeans y sandalias, sus espejuelos a lo John Lennon, el escritor irreverente, de sabrosa picardía e inteligencia avispada. Se acudió a esta representación de Guillermo, por los atributos que la hacían diferente ante una sociedad algo homogénea en su escenificación pública. Se estrenó con ello, un modo de escribir y ser a lo Vidal Ortiz.

También su poética devino referente imprescindible, pues desarrolló una perspectiva centrada en la vida cotidiana; la voz rural alcanzó un tono peculiar en la misma, que lo diferenció de otros escritores de su generación. “Me alegraba como carajo viajar sobre un camión mientras veía las casas de campo y los animales por todas partes y los guajiros arando la tierra a lo lejos” , dice el protagonista de “Los cuervos”.

En el citado texto, narra su experiencia sexual con inocencia: “Había mierda de animales por todas partes, pero nos acomodamos en una esquina. Yo estaba muerto de miedo porque en realidad nunca lo había hecho con ninguna, sólo las había visto en fotos y eso. En cuanto llegamos al rincón ella se había puesto como loca y me la cogía por encima del pantalón y me la sacó y se la pasó por allí mientras me besaba por todas partes”.

Las historias narradas por Guillermo tienen una universalidad original. “Ahí está el pozo y aunque tiene brocal no dejan que uno se acerque porque el diablo empuja y nosotros velamos que no haya nadie y nos asomamos y nos vemos las caras y gritamos eh y sentimos el eco y hay un olor húmedo y terrible allá abajo, yo no sé como Manolón se baja todos los años a limpiarlo. Tremenda fiesta se arma el día de la limpia. Nos bañamos ahí mismo quieran o no. Nos ponemos como si tuviéramos ganas de ayudar y al poco rato estamos empapados”.

Nuestro club de “Guillermomaníacos” de Contramaestre se fundó en el año 1994, fecha en que se publicó “Matarile”, la novela más célebre de Vidal Ortiz. Tuve el honor de ser uno de los precursores y contaminar a incontables amigos. Éstos fueron multiplicando su obra entre mucha gente, al extremo de devenir obsesión para los lectores jóvenes que se reunían allí.

A propósito de “Matarile”, algunas ideas al momento de su publicación, motivaron agudas reflexiones y encandilaron nuestra adhesión al autor: “Soñé que era profesor en una escuela al campo y me morí del susto” . “Nunca te hagas profesor porque eso es peor que morirse” . El texto tiene la ingenuidad de narrar el primer día de clases de un educador recién graduado con todos sus matices y la vida en el sistema de becas cubano, algo que molestó a muchos de los guardianes de la ideología. Fue muy criticado por dos de las estaciones radiofónicas de la isla: Progreso y Rebelde.

Su lectura deparó algunas sorpresas, no sólo ironizaba la imagen del pedagogo desde la ficción, sino también cómo se experimentaron en provincias diferentes sucesos del acontecer nacional: el servicio militar, las becas para La Habana, la Zafra de los Diez Millones, la vida interna de los Institutos Superiores Pedagógicos, la cárcel, el ejercicio de la docencia en las escuelas en el campo, temas familiares como la sexualidad, la migración y la lucha por la subsistencia. Todas condimentadas con una picaresca captada en los ambientes rurales donde se desenvuelven los protagonistas, especialmente Toño. Otro de los personajes logrados es Marcos Puñeta, la encarnación de la prepotencia, o el de Rincón, persona estricta en el cumplimiento de los deberes castrenses.

Al leer el conjunto de la obra de Vidal Ortiz, se comprende que “Matarile” es una novela de experimentación, en el uso del lenguaje y la técnica narrativa. Es considerada un poema escrito como una larga novela, o viceversa, lo cierto es que los críticos no logran ponerse de acuerdo para su clasificación. Las temáticas que propone y desarrolla son recurrentes en toda su poética. Los cambios y rupturas estructurales se producen en la forma de ser, del habla y de la lengua del cubano rural.

En aquellos tiempos, finales de los 90 y principios del 2000, teníamos un taller literario. Éramos felices con la idea de creernos escritorazos como “el Guille”. La suerte llegó con la invitación a una Feria del libro en Santiago de Cuba. En la tarde, “nuestra deidad” presentaría una de sus últimas novelas: “Ella es tan sucia como sus ojos”, a cargo de Aida Bahr.

Empecé un monólogo sobre “el Guille”, una especie de delirio que rayaba en lo cursi. El escritor Eduard Encina dijo: "¿Por qué no le dices todas esas cosas? Casi me morí de espanto, por eso no me di cuenta de su desaparición, al rato regresa. Ahí lo tienes".

De un tirón le platiqué lo que había leído, mi predilección por “Matarile”. “¿En verdad lo entendiste? Es un texto difícil.” Casi se lo conté. Su rostro estalló en una risa quijotesca. “¿Como joven, te sirve de algo?” Atiné a responderle: Maestro, en sus páginas encontré una forma inteligente de “criticar” a la gente puñetera que lo vuelve a uno loco. Me abrazó y en forma ceremonial exclamó: “¡Es increíble que en Contramaestre me lea tanta gente, gracias a este muchacho!”.

Al escuchar sus palabras pensé en las digresiones de uno de los personajes de “Los cuervos” sobre el proceso escritural: “…el oficio corrompe, vulnera, trabajar como un burro durante horas no es tan agradable como algunos fingen…”


Para los que vivimos un insilio de soledades y laberintos en el oriente de Cuba, Guillermo Vidal es uno de los escritores que mejor refleja nuestro mundo, nuestro dolor; sus palabras son lo único que nos queda, lo único que no emigra, lo único que permanece. El Guille no está en el Paraíso ni en el Infierno, está en cada uno de los que hicimos de su imagen una “Guillermomanía”. Siempre recuerdo los argumentos que justificaron su permanencia en las Tunas para agarrarme al terruño y poder escribir:

“Me va bien porque vivir lejos del mundanal ruido, permite que no me jodan. (…) Los viajes me deprimen un poco, pero a veces asisto a ferias en otros países, no a tantas, y me siento como un bicho raro y apenas hablo con la gente y sueño con volver a casa para no estar en salones y protocolos que me apocan, que me hacen decirme qué hago aquí, por qué no me quedé en casita, sin tanto barullo. Es que soy muy tímido. Aún así, imparto conferencias y doy entrevistas y salgo por la tele y nadie se da cuenta de que me cuesta mucho trabajo. Prefiero las conversaciones privadas, la gente sencilla, y detesto las frivolidades que llegan a asquearme”.

Artículo tomado de la revista literaria y cultural SIC, No. 43, julio-agosto-septiembre, 2009, pp. 13-15

viernes, 28 de agosto de 2009

En la soledad del laberinto

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

El periodismo en Contramaestre tiene en Orlando Concepción a uno de los iniciadores principales; lo mismo sucede con la literatura. Y es que en la vida de este autor, periodismo y literatura son una familia. Movido por ese argumento conversamos sobre la práctica de dos oficios tan complejos pero apasionantes.

Primero fue el periodismo


Llegamos hasta su casa en la calle Guillermón Moncada del municipio Contramaestre en Santiago de Cuba, está en camiseta, no se ha afeitado, le dice al fotógrafo. Quiso posar como una distinguida figura.

Le pedimos que se fuera hasta su mesa de trabajo, entre los límites desde los cuales concibe su obra, allí está la olivetti, dice quererla más que los $200 que le costó. Sus dedos se dejaron correr con habilidad y empezó a hablar en octosílabo, don que cree tener desde 1990, cuando una muchacha le dijo que hablaba en décimas.

Enseguida comenzaron sus bromas con los que hacen periodismo en Contramaestre, hecho que facilitó una pregunta ¿por qué antes de ser narrador de cuentos, Orlando Concepción Pérez fue periodista?

Desde los 15 años comencé a hacer periodismo. Ayudó a sintetizar. Me enseñó a escribir con oficio, lo mismo para hacer un reportaje que para hacer una crónica. El hecho de tener que usar la narración y muchos de los recursos que también usa un escritor, contribuyeron a formar en mí el narrador que llevo adentro. Periodismo y literatura son una gran familia.

Influencias

Siempre hay escritores que a uno lo marcan. A mi me sucedió eso con Onelio Jorge Cardoso, aunque nada de lo que he escrito se parece a lo hecho por él. También Félix Pita Rodríguez. Pero el que más me influyó fue el mexicano Juan Rulfo; al leer "El llano en llamas", me di cuenta que tenía que escribir de otra manera. Hay algunos cuentos en mi libro "La fuerza del hombre", que tienen la marca de Rulfo. Ernest Hemingway me dio una lección, aunque no estoy seguro de haberla captado, con oraciones cortas se hacen cosas interesantes.

Los libros que más quiere

A todos los hijos los quiero igual y es un lugar común decirlo. Creo que de mi obra lo mejor es "Dos cuentos", me gustaron no porque hayan sido premiados, sino porque le dan un vuelco al tiempo narrativo de los cuentos de "La fuerza del hombre". Si me voy por lo sentimental adoro "El Dinosaurio azul" porque está dirigido a los niños, son los más inteligentes. Existe un grupo de ellos que son mis amigos, les leo las cosas que escribo y me dicen lo que funciona y lo que no, como el mejor de los críticos.

Del cuento a la poesía un salto mortal

Te voy a confesar una cosa, creo que nunca se la he dicho a nadie. Una de esas tardes de verano que tiene Cuba, encontré a Felix Pita Rodríguez y dijo que en mi obra narrativa había poesía, desde ese día comencé a creérmelo. Primero me enamoré de la décima, está más cerca de lo cubano y me salen con mucha facilidad, cosa que no me sucede con el soneto que es mucho más difícil. Me salen algunos que no sabría decirte si son buenos o muy malos.

Después escribí versos libres y lo hice porque me marcó un encuentro con el poeta José Lezama Lima. Sucede que fui a verlo para conversar sobre su obra, me preguntó lo que pensaba de ella, anonadado le respondí: Maestro, yo no entiendo ni jota de lo que usted escribe. Estalló una risa enorme y su barriga le saltaba, me dio un abrazo y pareció feliz con mi respuesta. Ese día comenzó el misterio de la poesía para mí.

Los jóvenes y la escritura

Escribo muchísimo y siempre estoy rodeado de jóvenes que inspiran a cualquiera, quieres mejor inyección que la juventud. Hoy tenemos más de una docena de muchachos que escriben y lo hacen bien. En mis comienzos el oficio era muy solitario y no tenía con quien intercambiar experiencias.

Sus manías

Creo que te he dicho un discurso, dijo, cerrando la entrada que había dado a su laberinto. Regresó a su camiseta, pero antes leyó un ensayo que había escrito sobre un reconocido poeta de Contramaestre. Luego nos acompañó hasta la puerta. El olor que despiden las mariposas de su jardín nos hizo recordar algunas de sus manías, si este olor no inunda su espacio de trabajo, la musa lo abandona y todo estará perdido.

jueves, 27 de agosto de 2009

La soledad del oficio

Por Yovanis Acuña Montero

Escribir siempre ha sido una de las aventuras más interesantes que ha descubierto el ser humano. Asimismo es una verdadera aventura, no tan interesante, la publicación de las obras que sueñan sus creadores.

Es ahí donde comienzan a sucederse los obstáculos objetivos y subjetivos. Ideas como éstas maneja Arnoldo Fernández Verdecia en su texto: “La soledad del oficio”, libro inquietante y motivador, que hace un análisis sucinto y profundo de la escritura en correspondencia con su contexto y que fue presentado hoy, en la librería municipal, por el escritor Orlando Concepción.

Al decir de Arnoldo en el prólogo de este libro: “Los compromisos y dilemas que enfrenta un escritor en cualquier parte y época, es un universo cultural que surca el rostro de la humanidad desde sus albores. ¿Qué sería lo trascendente en un ensayo sobre el tema? Prefiero definirlo con una metáfora: escritor del interior de Cuba ”.

Este tropo es ideal para adentrarnos en la propuesta de Fernández Verdecia, y es que la principal problemática que aborda el libro son las vicisitudes que pasan los escritores desde el interior del país, específicamente desde el municipio, tan alejado de los circuitos culturales nacionales.

La Soledad del Oficio no es un libro de resentimientos ni de pedidos, es un texto que invita al diálogo, al análisis de una realidad que debe hacerse más enfática en el intercambio cultural contemporáneo de la isla. Lo cierto es, que Arnoldo Fernández no resulta el único con este reclamo, hay muchos que comparten la soledad de su oficio.

Café con cuerdas le pone alas al arte

Por Arnoldo Fernández Verdecia

En esta ciudad no es obligado consumir el reguetón que parece invadirlo todo sin dejar espacio para alternativas distintas; la tertulia Café con cuerdas demostró este jueves que es posible la diversidad artística y el disfrute en un ambiente sano.


La tertulia se desarrolla dos veces al mes en el Café Cantante de la cabecera municipal, su promotor principal es la Asociación Hermanos Saíz, organización que agrupa a la vanguardia artística y literaria menor de 35 años.

La ocasión fue ideal para el debut de las poetisas Mayelín Pupo y Diurvis Estrada, que sorprendieron a los asistentes con buena décima y verso libre. Otros consagrados tensaron la lira como Jorge Labañino Legrá y Julio Baños, que leyeron textos de sus primeras obras, ya publicadas.

La poesía se mezcló con rifas de libros y las canciones de los trovadores Rafael Moreno y Frank Martínez. Un momento especial llegó al escucharse la dulce voz de Dianelis Santo, una joven talentosa que hace gala de un profundo virtuosismo al interpretar canciones difíciles del repertorio musical cubano como “Contigo en la distancia” de César Portillo de la Luz.

Al concluir la tertulia Café con cuerdas entrevistamos a varios de los asistentes sobre la calidad del encuentro. Según el conocido realizador de radio de esta ciudad y premio en varios festivales del medio Ángel Batista, este tipo de eventos “permite ponerle alas al arte, desnudarnos. Es un momento clave para descubrir el talento artístico local”.

El poeta y narrador Orlando Concepción Pérez, miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), señala con énfasis: “Ojalá se pudieran dar todas los días espacios como el Café con cuerdas, es algo nuevo que el pueblo agradece”.

Para el poeta Jorge Labañino es “un proyecto imprescindible, diferente para los jóvenes de Contramaestre. Uno de sus grandes valores es la variedad de ofertas que tiene: buena música, poesía de autores locales, todo muy sano si lo comparamos con otros espacios donde predomina el consumo de bebidas alcohólicas y reguetón casi pornográfico por la mala calidad de sus letras”.

De mantenerse espacios como el Café con cuerdas estamos convencidos que muchos jóvenes de este municipio oriental ubicado a unos 890 kilómetros de La Habana, capital de Cuba, no estarán obligados a consumir el reguetón que parece arrollarlo todo con sus letras y su ritmo demasiado sensual.

martes, 25 de agosto de 2009

Escritor de Contramaestre conoció a Mario Benedetti

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu


La muerte del escritor Mario Benedetti sorprendió al mapa literario universal, nadie estaba preparado para escuchar una noticia como esa, sin embargo, algo que se llama destino se llevó el cuerpo del afamado poeta y narrador, autor de los “Montevideanos”, no así su obra, devenida patrimonio de las personas sensibles del planeta. En nuestra ciudad, el escritor Orlando Concepción guarda como un preciado tesoro sus dos encuentros con Mario Benedetti en la década de 1960. Sobre los pormenores ocurridos en los mismos, nuestro sitio conversó con él.

Periodista: ¿En qué circunstancias conoció a Mario Benedetti?

Orlando Concepción: Conocí a Benedetti en 1967, el mismo año en que él asumió la dirección del Centro de Investigaciones Literarias en Casa de las Américas. Fue una noche sin igual en Santiago de Cuba. Sesionaba una especie de Taller Literario. Un cuento mío, titulado entonces “La palabra órdenes”, resultó triturado por un grupito de los existentes en esa ciudad aficionados a la mordacidad. Después de leer, me uní a un cuarteto de figuras de la literatura, que hacían más placentera la presencia en aquel edificio en cuya entrada se alzaba majestuosa una mata de framboyán.

Allí estaba como cercano observador José Soler Puig, acompañado a su derecha, por Mario Benedetti, y a su izquierda por Rafael Soler Martínez y Luis Díaz Oduardo. Con modestia me acerqué hasta situarme al lado de Benedetti. Extendí mi mano saludadora desde Benedetti hasta Luis. Aspiro a leer “Montevideanos”, dije al célebre uruguayo. “Podrás”, sólo dijo.

Se acercó uno de los críticos mordaces, y soltó su alegría: “Te hicieron leña”. Lo miré a los ojos, lo que él no había hecho, y respondí con serenidad: “A mí no, al cuento”. La carcajada de Benedetti recibió el coro de los otros tres escritores de excepción.

Finalizado el ritual de los comentarios aprobatorios, escuché el consejo de Benedetti: “Seguí escribiendo. Vos sos un cuentista”. Aquellas palabras en la voz de Mario Benedetti las recibí como un estímulo, sin la más mínima cuota de engreimiento.

Una hora después, coincidimos en la Librería “Renacimiento”. Allí estaba a la venta la primera edición cubana de “Montevideanos”. Compré dos ejemplares. Dedicó el mío, muy amable. Le pedí dedicara el otro a un amigo: “Chile” Morín. Me miró, extrañado. “¿Chile, el país?”. Le aclaré se trataba de un gran afecto, intelectual de mi pueblo, a quien llamábamos así.

P: ¿Volvió a encontrarse con él?

O C: Un año después, en octubre de 1968, dos de mis cuentos recibieron primero y segundo premio en el Concurso 26 DE JULIO, auspiciado por el Consejo Nacional de Cultura. En el programa de visitas, los premiados fuimos a Casa de las Américas. ¡Grata sorpresa! Nos recibió Mario Benedetti. Recuerdo su sonrisa y su abrazo atento. Su alegría no disimulada. “Vamos a ver a Haydeé. Le conté la anécdota de tu cuento. Quiero que la escuche de ti”. Conocer y saludar a Haydeé Santamaría fue un honor no programado. Cuando repetí: “A mi no, al cuento”, se rió como yo no imaginé que se reiría la hermana de Abel, la novia de Boris, la heroína del Moncada.

Después, hablé con ella y Benedetti, sobre mi cuento “Desilusión”, que escribí con el tema del torturador de Abel. Me habían dicho que no debía ser publicado. Lastimaría a Haydeé. Fue el ganador del primer premio. Ella quiso leerlo. “Si puedes, publícalo. Está bellísimo”. Me conmovió su elogio.

P: ¿Qué significación tienen para Concepción los encuentros con Benedetti?

O C: En mi memoria sin olvido está sembrado Mario Benedetti. Aquellas palabras, quizás con el sólo ánimo de estimular a un escritor novel (no tan novel), resuenan en mis oídos.

Siempre daré “Gracias por el fuego” al hombre que, con su narrativa me enseñó el alma de los “Montevideanos” y con su poesía, me hizo orar como un creyente, por su “Padre Nuestro Latinoamericano”.

¿Hemingway bajo sospecha de asesinato en Cuba?

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu


Siempre me he considerado un adicto a la lectura, sobre todo si se trata de novelas históricas, biografías, memorias o testimonios sobre figuras que marcaron el mapa literario de la humanidad o de esta isla en particular. Incluso alimenté la ilusión de ser una especie de gurú en esos temas. Confieso que no me han alcanzado los años para leer y hoy reconozco mis limitaciones.

Movido por ese pasatiempo, tropecé con un libro que no tenía aparentemente nada que ver con mi gusto, sin embargo su título provocaba: Adiós Hemingway, del cubano Leonardo Padura. Pero algo me hacía sospechar, pues había leído una de sus primeras novelas “Fiebre de caballos” y no tenía ningún interés en consumir esos temas.

La ocasión me hizo recordar un viaje a La Habana y el asombro de observar una larga cola para comprar una tetralogía de Padura con títulos que tenían de protagonista al policía Mario Conde; son ellos “Pasado perfecto”, “Vientos de cuaresma”, “Paisaje de otoño” y “La última máscara”. Según la crítica literaria, una joya de la novela policial en Cuba y Latinoamérica. ¿Tendría algo que ver Adiós Hemingway con la misma? ¿Qué sería lo nuevo en el tratamiento de Hemingway?

La primera alegría llegó con la noticia de que estaba documentada históricamente, a partir de la investigación de los últimos años del autor de “El viejo y el mar” en Cuba. Según los críticos, un libro en clave de homenaje, que tiene la especificidad de presentarnos a un Hemingway distinto al de las biografías habituales que subliman al cazador, al bohemio que va a las guerras, al amante, al hombre sediento de aventuras, etc.

Adiós Hemingway es todo lo contrario, pues nos presenta al ser humano con todas sus ambiciones, manías, debilidades, la violencia que le caracteriza, en fin al ser de carne y hueso que no acepta la vejez e intenta encontrar móviles para seguir escribiendo. Encerrado en ese laberinto, sin la vida itinerante que una vez tuvo, opta por el suicidio.

Pero Adiós Hemingway no solo recrea los últimos días del afamado escritor, sino que lo coloca bajo sospecha de asesinato, investigación que lleva adelante, años después, el oficial retirado Mario Conde, si amigo, el Mario Conde de las famosas novelas que usted ha leído y ansia coleccionar. Lo interesante es que el Conde sueña ser escritor y su modelo es precisamente Hemingway, de quien se ve obligado a dudar, incluso, en momentos, desea que sea el asesino. La investigación policial le permitirá penetrar el micromundo construido por éste y resolver el caso de forma inteligente.

En la recreación de los últimos años de Hemingway es que podemos tener una idea clarísima del potencial de Padura. Son hechos ya conocidos, muchas veces relatados, pero es precisamente en volver a los acontecimientos incrustados en el imaginario de la tradición, dotándoles de una nueva mirada, es donde vemos la vena narrativa del novelista, quien no contento con ello, hace gala de un tributo al norteamericano empleando la técnica del Iceberg.

El libro también compila el relato “La cola de la serpiente”, del propio autor. Esta vez se trata de la investigación del asesinato de Pedro Cuang, un chino de 78 años. El protagonista nuevamente es el oficial Mario Conde. El escenario donde ambienta la historia es el Barrio Chino de La Habana, con todas sus tradiciones religiosas, culinarias, delictivas, artes marciales, un micromundo atractivo al lector, que sabe manejar acertadamente Padura, para hacerlo partícipe de los enigmas surgidos en el proceso de solución del caso.

Solo me resta invitarlos a comprar este libro, de Ediciones Unión, que tiene el mérito de compilar dos obras del afamado escritor Leonardo Padura, una posibilidad que tiene a su alcance en las librerías de Cuba.
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