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viernes, 30 de junio de 2017

Dice Mario Vargas Llosa que "¿El Papa aún no hace más de lo que dice?"*

El Nobel peruano Mario Vargas Llosa participó en un encuentro sobre reflexiones políticas en Bologna (Italia) y comentó sobre la presencia del Papa Francisco en Perú, pero desde una perspectiva crítica, según informó el diario Clarín.  

“La figura del Papa es una figura muy simpática que dice las cosas que queríamos escuchar desde hace tiempo de parte del Vaticano. Ahora, esas cosas que dice, ¿las hace? ¿Sí o no? Todavía no”, dijo Mario Vargas Llosa en el encuentro "La República de las ideas" organizado por el diario italiano La Repubblica.

Conservadurismo. Vargas Llosa continuó criticando a Mario Bergoglio y añadió que la institución que representa, aún podría ser conservadora y anticuada. 

“¿Es porque el Vaticano tiene estructuras muy conservadoras y anticuadas? ¿O porque el Papa habla más de lo que hace?", se preguntó el peruano. "Nos da la impresión de querer hacer reformas muy profundas. Pero estas reformas todavía no se han hecho. No lo sé. Hay que esperar y desear que las cosas que dice, que son las cosas buenas que esperamos que haga la Iglesia, se transformen en realidad. Todavía no lo son.”

Arrepentido. El Nobel peruano también comentó que "fue un error" presentarse como candidato en las elecciones presidenciales de 1990. "Una de las cosas que aprendí siendo candidato fue que no tengo la vocación ni la aptitud para hacer  política." 

“Fueron tres años terribles para mí, no sólo por la violencia que vivía Perú en aquel momento sino porque no tenía tiempo ni de leer. Y esto me angustiaba mucho.", confesó en la reunión.
 
*Tomado de Rpp noticias

jueves, 24 de septiembre de 2015

"Construir un futuro de libertad exige amor al bien común..." (Discurso del Papa en Congreso de Estados Unidos)



Discurso del Papa Francisco en el Congreso de Estados Unidos.
Señor Vicepresidente,
Señor Presidente,
Distinguidos Miembros del Congreso, Queridos amigos:
Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la palabra en esta sesión conjunta del Congreso en «la tierra de los libres y en la patria de los valientes». Me gustaría pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común.
Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política. La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas.
Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.
En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y –poco a poco– conseguir una vida mejor para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus impuestos, sino que –con su servicio silencioso– sostienen la convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones que buscan paliar el dolor de los más necesitados.
Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras, especialmente a través del voluntariado, compartir sus experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles, fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la memoria de su pueblo.
Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos, pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales.
Me limito a mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.
Estamos en el ciento cincuenta aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha trabajado incansablemente para que «esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad.
Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos.
Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No.
Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común.
El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de conciencia.
En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad. Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada. Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales.
Apelo aquí a la historia política de los Estados Unidos, donde la democracia está radicada en la mente del Pueblo. Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» (Declaración de Independencia, 4 julio 1776). La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.
En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a Montgomery, en la campaña por realizar el «sueño» de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos.
En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes.
Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana, deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos, pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los «vecinos», a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.
Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: «Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes» (Mt 7,12).
Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos para los demás será el parámetro que el tiempo usará con nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.
Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que ánimo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación.
En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos.
¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está haciéndole frente a este problema.
No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está constituido por la creación y distribución de la riqueza. El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. «La actividad empresarial, que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común» (Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica que he escrito recientemente para «entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común» (ibíd., 3). «Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos» (ibíd., 14).
En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para «reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una «cultura del cuidado» (ibíd., 231) y una «aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (ibíd., 139). La libertad humana es capaz de limitar la técnica (cf. ibíd., 112); de interpelar «nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder» (ibíd., 78); de poner la técnica al «servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral» (ibíd., 112). Sé y confío que sus excelentes instituciones académicas y de investigación pueden hacer una contribución vital en los próximos años.
Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, «masacre inútil», en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: «Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo. El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y enfrentadas».
Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.
En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium, 222-223).
Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas.
Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios. Cuatro representantes del pueblo norteamericano.
Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia.
De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia.
Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.
Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar. Que Dios bendiga a América.

martes, 22 de septiembre de 2015

Aprendamos a mirarnos críticamente el alma después de las lecciones del Papa Francisco




Por Arnoldo Fernández Verdecia.   

Ahora que el Papa Francisco  nos deja y  va hacia Estados Unidos, es momento para la reflexión sana y desprejuiciada al interior de nuestra amada Cuba. Sus palabras, gestos y acciones no deben quedar en la  agenda mediática solamente, sino deben formar parte del mirar profundo a la casa actual donde se hace el día a día de la familia.

Seguramente los que siguieron su peregrinar por la mayor isla del Caribe, estarán de acuerdo en algo conmigo: nos enseñó a mirarnos el alma sin enconos y agravios; pero: ¿Estamos liberados de esos antivalores que tanto dañan el alma de la nación? ¿Realmente sentimos el dolor del otro como nuestro? ¿Somos un pueblo unido por encima de ideologías y conventillos?  ¿Dignidad y pobreza van de la mano en el cotidiano vivir de la gente?

Son interrogantes que están ahí, nos asechan, porque a decir verdad, la familia cubana sufre disfuncionalidades  que la hacen vulnerable a adicciones como el alcohol, las drogas, el robo, la prostitución;  pero también proclive a migrar a diferentes regiones del mundo.

El país se reorganiza  en el último lustro vivido, abre su seno a todos los que quieran hacer la Patria, por encima de esos istmos que tanto daño nos hicieron en el pasado y que todavía son malditos centinelas del presente. La palabra del Papa Francisco es agua bendita para profundizar el camino del saneamiento moral, que ya el presidente Raúl Castro llamó a erradicar en la sociedad cubana.

Es hora de hacer familia, porque ella es la  metáfora que mejor visualiza la Patria en sus dimensiones social y cultural. Si no hay familia unida, el país se pierde en el camino de la noche. Francisco alertó sobre la necesidad de cuidar a las familias y las calificó de verdaderos centros de humanidad, pues nos salvan de fenómenos actuales como sociedades divididas, rotas o separadas, apuntó y agregó además que "no son un problema, son principalmente una oportunidad que tenemos que cuidar, proteger y acompañar".

El Papa Francisco convoca a tener corazones abiertos, mentes abiertas: “Hablar de aquello que tengo en común con el otro”. Ascender a la “amistad social”, por ella llegaremos al bien común, dijo. “Sean capaces de crear la amistad social”.

Su pensamiento aforístico, pleno de sentencias breves, toca el alma y nos deja varios retos: “Cuando hay división, hay muerte en el alma”. “Un pueblo que no se preocupa por dar trabajo a los jóvenes, no tiene futuro. Al joven le quedan las adicciones, el suicidio, o  ejércitos de destrucción para irse por ahí  y crear guerras”.   

Hace falta, para ascender los caminos del alma virtuosa, dice el Papa Francisco, la “cultura del encuentro”: “Por favor, no nos desencontremos entre nosotros mismos. Vayamos juntos a hacer la Patria que queremos todos”.

Al  bendecir a la ciudad de Santiago de Cuba, este martes, Francisco volvió sobre el tema central de su prédica: cuidar a los ancianos porque son la memoria de la familia; educar a niños y jóvenes, porque son el futuro de la familia.   

Pasado y presente de ese grupo social nombrado FAMILIA, es el mensaje principal que deja el Papa Francisco; quizás por eso lleva en sus manos una esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, para entregarla a los cubanos que viven en Estados Unidos, como signo de unidad, por encima de conventillos e ideologías, en momentos donde la nación camina hacia la normalización de sus relaciones con su más peligroso vecino: Estados Unidos de América.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Francisco celebra en Holguín 58 años de sacerdocio



Por Arnoldo Fernández Verdecia.   

La ciudad de Holguín recibió al Santo Padre Francisco este 21 de septiembre. Llegó a las 9:20 a.m. como peregrino de la esperanza. La Plaza Calixto García  se engalanó para la misa que comenzó a las diez de la mañana y terminó cerca de las 12 del mediodía.

Liturgia de este lunes ya es memorable, porque independientemente de que es una misa de día de semana, la Iglesia Católica celebra a San Mateo Apóstol, mártir y evangelista.

También es un momento especial, porque desde Holguín, el Santo Padre vive un año más de aquel momento de su vida, hace 58 años, en el que descubrió que quería ser sacerdote.

El presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército, Raúl Castro Ruz, presenció la misa, acompañado por autoridades de la nación.
Loma de la cruz.
En horas de la tarde, el Papa Francisco bendecirá a los nacidos en Holguín desde la emblemática Loma de la Cruz, el sitio más alto de la ciudad. Luego partirá a Santiago de Cuba, donde oficiará la tercera de las misas programadas en su agenda cubana.

Papa Francisco sabe que no hay Cuba sin Virgen de la Caridad del Cobre



Francisco sabe a ciencia cierta que no hay Cuba sin Virgen de la Caridad del Cobre, por eso Holguín y Santiago en su peregrinación a favor de la esperanza.
Por Arnoldo Fernández Verdecia.    

Papa Francisco viaja hoy a la provincia oriental de Holguín, donde oficiará la segunda de tres misas en Cuba, país que lo acoge con afecto, respeto y hospitalidad. En esa ciudad, ya por la tarde, Su Santidad tiene previsto desde la Loma de la Cruz bendecir a la Ciudad de Holguín en una ceremonia que quedará para la historia.

Según la tradición y pruebas documentales recogidas por el capellán Fonseca, determinan que la imagen de la Virgen de la Caridad, es recogida por tres hombres que fueron a recoger sal a la península de Entresacos, en las salinas de la Bahía de Nipe, en la actual provincia de Holguín. El hallazgo se efectuó en la desembocadura del Río Mayarí, que en aquellos tiempos, estaba cerrado por un delta llamado La Vigía, o Cayo Francés, por lo que aún se puede apreciar en la carta de Vives. Esos hombres iban del Hato de Barajagua la Vieja, situado cerca del Río Cauto, al nordeste de Bayamo, hasta el curso del río, por el cual se descendía después a la bahía de Nipe.

Luego del hallazgo, la Virgen fue trasladada al Hato de Barajagua en donde se encontraban las autoridades de aquel lugar; más tarde, ante la preocupación por las continuas desapariciones de la Virgen, su segunda estación sería el poblado Real de Minas, en Santiago del Prado muy cerca de la villa de Santiago de Cuba, donde se abre una de las mayores vetas de cobre a cielo abierto de América, para ser llevada luego, en el año 1648, a una nueva ermita construida en lo alto de la serranía de las minas. Los vecinos recibieron el hallazgo como una buena señal del cielo y construyeron de inmediato la ermita para que sirviera de templo a la imagen de la Virgen. Al borde de la mina, los mineros levantaron el primer santuario, en el mismo sitio donde hoy se encuentra la iglesia que conserva la imagen encontrada.

Las razones históricas señaladas en nuestro post justifican la presencia del Papa Francisco en la ciudad de Holguín hoy y su arribo a Santiago de Cuba en horas de la tarde, donde oficiará la tercera y última de las misas en su peregrinación de esperanza y fe, mañana 22 de septiembre. Francisco sabe a ciencia cierta que no hay Cuba sin Virgen de la Caridad del Cobre, por eso Holguín y Santiago en su peregrinación a favor de la esperanza.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Encuentro fraternal entre el Papa y Fidel Castro este domingo en Cuba



Foto tomada por Alex Castro.
El vocero del Vaticano, el padre Federico Lombardi, informó a la prensa que el encuentro entre Fidel Castro y el Papa Fracisco se produjo este domingo en La Habana, Cuba, después de la misa en la Plaza y duró entre 30 y 40 minutos. El mismo tuvo como escenario la residencia del líder de la Revolución, donde también estuvieron presentes la esposa, hijos y nietos de éste último. 

Una foto proporcionada por Alex Castro, hijo de Fidel y fotógrafo oficial, mostró a su padre y al papa Francisco saludarse con un apretón de manos.

Francisco obsequió algunos libros al ex presidente cubano, incluidos dos del sacerdote italiano Alessandro Prozatto y uno del padre Amando Llorente, un jesuita que fue profesor de Fidel.

El líder histórico de la revolución también dio un regalo al pontífice: un libro de la conversación que tuvo hace unos años con el ex sacerdote brasileño Frei Betto, "Fidel y la religión".

Lombardi dijo que Fidel Castro puso una dedicatoria en el libro.

El portavoz calificó el encuentro de "muy cordial y muy fraternal".

“Tener personas a quien amar, se llama Familia”, dijo Papa Francisco en la misa de hoy


"Tener un lugar a donde ir, se llama Hogar", dijo Papa Francisco en la misa de hoy.

Por Arnoldo Fernández Verdecia.   

Papa Francisco, el Misionero de la Misericordia, desarrolló una misa estremecedora en la Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba,  que tocó los corazones de cubanos y cubanas.

En la misa se congregaron miles de fieles y personalidades invitadas, entre los que  se sobresalían los presidentes Raúl Castro de Cuba y Cristina Fernández de Argentina.

Entre cánticos, compuestos por el músico José Maria Vitier, llamados “Misa Cubana”, la distribución de la Sagrada Comunión y la oración del Santo Padre Francisco, transcurrió una mañana diferente de domingo en Cuba.

Las familias regresaron a sus casas con mensajes como estos para llenarse de optimismo y tener esperanza en la vida futura: “Feliz domingo a todos los amigos. Para toda la familia cubana es este día. Tener un lugar a donde ir, se llama Hogar. Tener personas a quien amar, se llama Familia, y tener ambas, se llama Bendición. Un abrazo bien cubano y familiar”. 

Un momento inolvidable en la oración del Santo Padre Francisco ocurrió cuando dijo: “Aprendamos de María a ver a Jesús en cada hombre postrado en el camino de la vida…”  “Les pido a todos no se olviden de rezar por mí”.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Alocución del Papa Francisco a su llegada a Cuba hoy

Alocución del Papa Francisco a su llegada a Cuba
Señor Presidente,
Distinguidas Autoridades,
Hermanos en el Episcopado,
Señoras y señores:


Muchas gracias, Señor Presidente, por su acogida y sus atentas palabras de bienvenida en nombre del Gobierno y de todo el pueblo cubano. Mi saludo se dirige también a las autoridades y a los miembros del Cuerpo diplomático que han tenido la amabilidad de hacerse presentes en este acto.

Al Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, a Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba y Presidente de la Conferencia Episcopal, a los demás Obispos y a todo el pueblo cubano, les agradezco su fraterno recibimiento.

Gracias a todos los que se han esmerado para preparar esta visita pastoral. Quisiera pedirle a Usted, Señor Presidente, que transmita mis sentimientos de especial consideración y respeto a su hermano Fidel. A su vez, quisiera que mi saludo llegase especialmente a todas aquellas personas que, por diversos motivos, no podré encontrar y a todos los cubanos dispersos por el mundo.

Como el Presidente señaló, este año 2015 se celebra el 80 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre la República de Cuba y la Santa Sede. La Providencia me permite llegar hoy a esta querida Nación, siguiendo las huellas indelebles del camino abierto por los inolvidables viajes apostólicos que realizaron a esta Isla mi dos predecesores, san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sé que su recuerdo suscita gratitud y cariño en el pueblo y las autoridades de Cuba. Hoy renovamos estos lazos de cooperación y amistad para que la Iglesia siga acompañando y alentando al pueblo cubano en sus esperanzas y en sus preocupaciones, con libertad y con los medios necesarios para llevar el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad.

Este viaje apostólico coincide además con el I Centenario de la declaración de la Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba, por Benedicto XV. Fueron los veteranos de la Guerra de la Independencia, movidos por sentimientos de fe y patriotismo, quienes pidieron que la Virgen mambisa fuera la patrona de Cuba como nación libre y soberana. Desde entonces, Ella ha acompañado la historia del pueblo cubano, sosteniendo la esperanza que preserva la dignidad de las personas en las situaciones más difíciles y abanderando la promoción de todo aquello que dignifica al ser humano. Su creciente devoción es testimonio visible de la presencia de la Virgen en el alma del pueblo cubano. En estos días tendré ocasión de ir al Cobre, como hijo y peregrino, para pedirle a nuestra Madre por todos sus hijos cubanos y por esta querida Nación, para que transite por los caminos de justicia, paz, libertad y reconciliación.

Geográficamente, Cuba es un archipiélago que mira hacia todos los caminos, con un valor extraordinario como «llave» entre el norte y el sur, entre el este y el oeste. Su vocación natural es ser punto de encuentro para que todos los pueblos se reúnan en amistad, como soñó José Martí, «por sobre la lengua de los istmos y la barrera de los mares»(La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, en Obras escogidas II, La Habana 1992, 505). Ese mismo fue el deseo de san Juan Pablo II con su ardiente llamamiento a «que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba»(Discurso en la ceremonia de llegada, 21-1-1998, 5).

Desde hace varios meses, estamos siendo testigos de un acontecimiento que nos llena de esperanza: el proceso de normalización de las relaciones entre dos pueblos, tras años de distanciamiento. Ese proceso, es un signo de la victoria de la cultura del encuentro, del diálogo, del «sistema del acrecentamiento universal… por sobre el sistema, muerto para siempre, de dinastía y de grupos»(José Martí, ibíd.). Animo a los responsables políticos a continuar avanzando por este camino y a desarrollar todas sus potencialidades, como prueba del alto servicio que están llamados a prestar a favor de la paz y el bienestar de sus pueblos, de toda América, y como ejemplo de reconciliación para el mundo entero.

Pongo estos días bajo la intercesión de la Virgen de la Caridad del Cobre, de los beatos Olallo Valdés y José López Piteira y del venerable Félix Varela, gran propagador del amor entre los cubanos y entre todos los hombres, para que aumenten nuestros lazos de paz, solidaridad y respeto mutuo.

Nuevamente, muchas gracias, Señor Presidente.

El Gobierno y la Iglesia Católica en Cuba mantienen relaciones en un clima edificante, al igual que ocurre con todas las religiones e instituciones religiosas presentes en el país, que inculcan valores morales que la Nación aprecia y cultiva. Ejercemos la libertad religiosa como derecho consagrado en nuestra Constitución.

Damos a la presencia de Su Santidad en nuestra Patria todo su significado. Será trascendente y enriquecedor para la Nación su encuentro con un pueblo trabajador, instruido, abnegado, generoso, con profundas convicciones, valores patrióticos, dispuesto a continuar su heroica resistencia y a construir una sociedad que garantice el pleno desarrollo, de mujeres y hombres, con dignidad y justicia.

En nombre de este noble pueblo, le doy la más calurosa bienvenida.


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