Por Arnoldo Fernández Vedecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com
Razones de peso me llevaron a
Santiago de Cuba. Lo único que pude encontrar para trasladarme fue un camión.
Salimos desde Contramaestre a las 6:30 am. El miedo se apoderó de todos.
Aquello rugía y aumentaba velocidad sobre la Carretera Central.
Hice la señal de la cruz varias veces; hasta
oré para llegar sano. Tomé mi crucifijo salvador y pedí al Señor por mi vida.
Mujeres temerosas decían que
manejaba un loco que creía llevar animales a su espalda; decían cosas al machacante, pero el hombre
era feliz diciendo que aquello tenía
motor de Max-500, una cosa bestial, ningún colega suyo podía emularle.
Miré el reloj no se cuantas
veces. En 30 minutos estaba en Palma Soriano. Cruzó la ciudad por su corazón y
lo hizo a una velocidad tenebrosa. Temí por los niños a esa hora rumbo a la
escuela, cualquier mascota escapada de su casa, algún anciano, un impedido
físico. “Vivimos un mundo lleno de locos terribles”, -dijo una señora bien
entrada en canas-, “uno sale de casa y puede no regresar, mientras existan personas como este chofer sueltas en la calle”.
En la Autopista Nacional
aquello voló al extremo de tomarse 35
minutos para llegar a Santiago de Cuba. Desde Contramaestre el tiempo total fue
una hora y 5 minutos. Ningún carro pudo competir con este monstruo en el
camino, era el rey, el único, su amarillo endiosado lo hacía parecer un fénix.
Al bajarme quise ver la cara del
conductor, hombrecillo grueso, ojillos hundidos, piel blanca; yacía allí,
tras el timón, risueño; se creía un cheche, el caballo, ningún otro
camión podía hacer lo que el suyo. Tomé varias fotos de aquella bestia rodante
sobre la que no montaré jamás cuando vuelva a Santiago de Cuba. Si el poeta
Federico García Lorca nos hubiera acompañado, nunca más
regresaría en Luna llena, ni escribiría el Son de negros en Cuba.






