Mostrando entradas con la etiqueta La Edad de Oro.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Edad de Oro.. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de mayo de 2010

¿Son idiotas los que estudian a José Martí?

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Sobre el cubano José Martí se ha escrito extensamente, creo que ningún autor de la isla ha merecido más atención. Sin embargo, algunos colegas, intelectuales de vitrina por cierto, afirman que acercarse a los temas martianos es redundar.

Tal vez tengan razón, si evaluamos la cantidad de títulos que se publican en Cuba y el mundo sobre el más universal de los nacidos en esta tierra. En verdad se requiere tiempo y horas de vigilia para mantenerse al tanto de las nuevas lecturas.

De hecho, en su ignorancia, estos señores llegan a heretizar al que escribe sobre Martí en la Cuba de hoy, lo consideran un tema menor y ensalzan a otras figuras y zonas de la vida cultural, según ellos, de mayor vigencia.

En su desatino devalúan acercamientos investigativos diferentes y humillan a estudiantes noveles que aman el culto martiano. No comprendo entonces esa manía de idiotizar a las personas que estudian a Martí, y creen en su obra como modelo de mejoramiento humano.

¿Hasta dónde llega su ceguera? ¿Quiénes son? Generalmente se les puede ubicar en un claustro universitario, dedicados a la hermenéutica de textos, ya manoseados en la literatura universal, u oscuros monjes en la aventura de la Filosofía, u otras ciencias sociales.

A pesar del funeral que, estos señores, pretenden hacerle a José Martí, al reducir a tontos a los amantes de su vida y obra, no está de más recordarles, cualquiera puede escribir la historia de Cuba obviando muchos nombres, e incluso hechos, lo que no puede hacer nadie es ignorar la presencia de Martí.

Así que a esos monjes de oficina, de nombres bíblicos, dedicados al canon de uno u otro autor, cubano o universal, los invito a salir a campo abierto, para demostrarles la actualidad de Martí en los estudios contemporáneos y en la Cuba futura; nadie podrá negarlo en cualquier proyecto fundacional presente o futuro; él siempre estará alerta para juzgarnos en nuestros errores y aciertos.

Fotografías:
1. Ave Fénix, pintura de René Emonides Quintana.

martes, 17 de noviembre de 2009

El periodismo: atender imparcialmente al público (II parte)

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

En el artículo “Sobre periodismo”, publicado en “Patria”, 1892, el cubano José Martí define la misión del periodista de la siguiente manera:

“…que no haya una manifestación de la vida, cuyos diarios accidentes no sorprendan al diarista: eso es hacer un buen diario. Decir lo que a todos conviene y no dejar de decir nada que a alguien pueda convenir. Que todos encuentren en el diario lo que pueden necesitar saberlo. Y decirlo con un lenguaje especial para cada especie: escribiendo en todos los géneros, menos en el fastidioso de Bibeau, desdeñando lo inútil y atendiendo siempre lo útil, elegantemente. Que un periódico sea literario no depende de que se vierta en él mucha literatura, sino que se escriba literariamente todo. El periódico debe estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano, y la espuela en el tacón. Al menor accidente, debe saltar sobre la silla, sacudir la fusta, y echar a escape el caballo para salir pronto y para que nadie llegue antes que él. Debe, extractando libros, facilitar su lectura a los pobres de tiempo. O de voluntad o de dinero. Hacer asistir a los teatros, como sentados en cómoda butaca que este efecto hace una alineada y juiciosa revista, a los pobres y a los perezosos. Debe desobedecer los apetitos del bien personal, y atender imparcialmente al bien público. Debe ser coqueta para seducir, catedrático para explicar, filósofo para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrero para combatir. Debe ser útil, sano, elegante, oportuno, saliente. En cada artículo debe verse la mano enguantada que lo escribe, y los labios sin mancha que lo dicta. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

Por esas razones el periodismo del cubano José Martí ha sido elogiado por la crítica de muy diversos modos, algunos dicen que es “elevado a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, ni probablemente en otro idioma”(1), otros señalan que se trata de un modo de hacer atento “a la vibración del instante”(2).

Lo cierto es que Martí usó el periodismo de diversos modos: uno, como medio de subsistencia, y el otro, como un modo de hacer arte, ambos ángulos del oficio integrados en su máxima expresión literaria, una vía para trasmitir su pensamiento.

Notas:

1 Pedro Henríquez Ureña: Las corrientes literarias en la América hispánica (1940-1941, trad. De J. Diez-Canedo, México, 1949, p. 167.
2 Fina García Marruz: El tiempo en la crónica norteamericana de Martí, varios: En torno a José Martí, citado en Roberto Fernández Retamar, Nuestra América: cien años y otros acercamientos a José Martí, Editorial SI-MAR S.A, La Habana, 1995, p. 19.

martes, 6 de octubre de 2009

La poesía: la mejor de las medicinas

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Para algunos faltos de espiritualidad y regidos por los valores del mercado la adicción a la poesía es propio de paranoicos que no tienen conciencia de que vivir sólo es posible gracias al dinero.

Otros, también incrédulos, imaginan que leer poesía no es emplear adecuadamente el tiempo en la lucha por la subsistencia de la especie.

A la vuelta de la esquina, te encuentras a una gran mayoría que se ríe de un poeta repentista que hace décimas, pie forzados, piropos o seguidillas por considerarlo algo menor.

Los menos, se burlan del que graba en versos los dolores de la vida y hasta llaman al oficio de poeta una tontería. Otros lo llaman a las juergas para que entone la lira, como si se tratara de un fósil en tiempos de la Internet.

Para los avezados en cuestiones del espíritu la poesía reconforta el yo, es un oasis en los desiertos del alma humana, la mejor de las medicinas. Sin la poesía el hombre es incapaz de apreciar la belleza. Es un lubricante para el enajenado.

Para el hombre que escribe versos, la poesía es salvación del yo, cura de los rencores, una gota de rocío sobre una puesta de sol desde una ventana en el campo.

No por gusto, los fundadores de ese misterio órfico dicen que mientras allá una mujer bella, una gloria que inmortalizar, un dolor que grabar y una ira que curar, la poesía no fenecerá.

Por eso recomiendo a todos acercarse a la poesía, del perfume que brota a su paso aprenderá que se vive mejor cuando apreciamos las cosas con un sentido lírico y las palabras nos sirven para reflejar las pasiones encendidas del corazón.

Amar a la especie humana en tiempos de crisis global es la mejor poesía que el hombre puede esculpir en versos, cuando todo parece estar programado por las máquinas y cada vez somos más insensibles ante el dolor de otros.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿José Martí fue un esposo en el sentido tradicional del término?

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

En la memoria histórica del pueblo cubano, en el siglo XIX, predominaron esquemas androgénicos que ubicaron a la mujer en roles de madre, esposa, niña, amante, reducida a las categorías de aporte y presencia en las luchas emancipadoras por la independencia del colonialismo español, sobre todo por ser madre o esposa de grandes hombres, se recrearon imágenes que van desde la matrona fiel, la matrona ángel, la matrona sacrificada por los hijos, etc. Tal vez por eso es posible que Cuba pertenezca al femenino genéricamente hablando: es la suma de todas esas matronas y otras muchas que se le han incorporado en el devenir de su historia.

Según Jesús Guanche en el libro España en la sabia de Cuba, esto representa la piedra angular del machismo, pues la familia del XIX es de tipo monogámico patriarcal: “en el sentido feudal de ésta y a partir de la unión de un hombre y una mujer, que constituyen la célula o núcleo básico de este tipo de familia, su función consiste en sostener económicamente el hogar que han forjado, así como la crianza y educación (endoculturación) de los hijos”.

La familia que sirve de base a José Martí para su nacimiento y desarrollo como hombre es de este tipo, su madre nunca trabajó fuera de casa, se limitó a amamantar a las hijas y al hijo, bordar, tejer, y darles la educación que su economía le permitía. No conozco hermana alguna de Martí que rompiese los límites que ese siglo condicionara a la mujer, eso se puede apreciar con claridad en Entorno Martiano de Luis García Pascual, en las páginas 158-164, dedicadas a la familia Martí-Pérez.

La condición de esposo de Martí y el tipo de familia que concibe al unirse con Carmen Zayas, no rompe el anterior esquema, la mentalidad de ésta no lo concibe en otro rol que no sea el de hombre que asegura lo necesario para la estabilidad de la economía doméstica, la crianza y educación del hijo y los rituales de socialización de la familia: bailes, fiestas, visitas al teatro, la iglesia, excursiones al campo, etc.

El hombre fuera de esos roles no cabe en el tipo de familia que aspira Carmen, esto explica la pronta separación de su esposo, pues la vida de Martí es la de un luchador político obligado a exiliarse, no acumula fortuna, no garantiza un futuro estable y la coloca ante el dilema de luchar sola en la crianza del hijo, en una sociedad que ve a la mujer con ojos masculinos . Cuestionar a Carmen por dejar a Martí, es una infamia imperdonable si lo hacemos desde el prisma de la época; como mujer, está capacitada para vivir los roles de esposa, madre y ama de casa.

Las razones aludidas obligan a situar a Martí en su tiempo, la sociedad que vive no es otra que la del siglo XIX con el sesgo machista que le caracteriza. Ese modelo de educación de mujeres aparece desarrollado en su revista La Edad de Oro, por ello escribe textos para ser leídos con ojo de mujeres y textos para ser leídos desde la mirada masculina, pero tiene otros textos más generales con mensajes para ser leídos desde una perspectiva de mujeres.

Entre los primeros se encuentran: “A los niños que lean La Edad de Oro”, “Nené traviesa”, “La perla de la mora”, “El camarón encantado”, “La muñeca negra”, “La última página” del segundo número y “Los zapaticos de rosa”.

Otros textos de un perfil general con mensajes para las mujeres son: “Meñique”, “La Ilíada de Homero”, “Un juego nuevo y otros viejos”, “Bebé y el señor Don Pomposo”, “Las ruinas indias”, “La Exposición de París”, “El Padre Las Casas”, “La última página” del tercer número, “Historia de la Cuchara y el Tenedor” y “Los dos ruiseñores”.

lunes, 28 de septiembre de 2009

De silencios, peces y otras pertenencias

Por: Jorge Enrique Rodríguez

Escribir para los niños es, sin duda alguna, tarea ardua. José Martí así lo intuiría, y nos dejaría como legado aquellos cuatro números de una revista que, más que un propósito es un evangelio. Allí, en aquellas páginas donde el poeta intentara llegar a la hondura que encierra el alma de un niño, definiría con humildad su fe por ellos: los niños saben más de lo que parece, y si les dijésemos que escribieran todo lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.

Quizá sea esta la sindicatura que Eduard Encina Ramírez (Santiago de Cuba, 1973) ha querido explorar, desde sí mismo, en los textos que convoca El silencio de los peces, premio Calendario 2002. Quizás; al menos yo, asumiendo el privilegio y la ventaja de la relectura, así lo deseé, o tal vez el niño que no deseo abandonar (que me habita a expensas de las rupturas) así lo sienta. De un modo u otro, El silencio de los peces se erige discurso, diálogo que no subestima a sus interlocutores, sino que junto a ellos se adentra en su universo limpio, en la mirada desprejuiciada que anteponen al suceso más complejo que es la existencia misma, en la solemnidad que implica nombrar, entender, ser a fin y a consecuencia:

Mientras caía de la rama
el gorrión, mientras caía
pensé en la mirada fría
del cazador que derrama
su puntería, su fama
de tirador inexperto
que dio en el blanco y es cierto:
me duele tanto que aún
sobre el asfalto haya un
gorrión con el pecho abierto.

La prestancia es el signo bajo el cual están “versados” estos sitios, donde el poeta nos obliga a un alto, a contemplar que la trascendencia y la armonía del ser no sólo están en “filosofar” y entenderse la existencia mediante la transgresión de conceptos, sino que es posible esta comunión a través de la candidez y de la inocencia que sabe ser sabia en sus andanzas; que es posible erigir la “iluminación” y sanar al sol entre las manos. Eduard Encina transita estas certidumbres, nos advierte además que el rigor escritural no implica distanciamiento, que la palabra es emboscada pero también el modo de jamás traficar las torceduras y los convencimientos vanos. El silencio de los peces no es un camuflaje, no es la pretensión de ser niño, es la intención de advertirlo como respuesta y salvación. Es el niño quien habla, el autor es sólo un señuelo:

Dice el gato que la luna
un día goteará del cielo
como una fruta madura
él la espera con anhelo
Tal vez por eso amanece
de guardia sobre el tejado
pero la luna parece
dejarlo siempre esperando.
Dice el gato que la luna
estaba madurando.

No me gustaría exponer El silencio de los peces como “literatura infantil”. ”Literatura infantil” es un subterfugio de estetas y teóricos, una extensión pedagógica que hurta la verdadera significancia al poeta y al niño…o al poeta niño. Prefiero expresar que, es Literatura que se entiende y se comprende por y para el niño, que manifiesta sus claves y tesituras componiendo una canción que es también efímera, como igualmente lo es todo otorgamiento entregado en la ventaja del silencio que discursa el pez y su memoria. Eduard Encina también lo sabe, y por ello nos deja al amparo de sus caballos:

¿Ves este caballo?
Monta y verás las praderas
del cielo
un caballo con alas para atravesar
la lluvia.

Fuente: http://www.ahs.cu/secciones-principales/literatura/noticias/dossier-calendario.html

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Cosmogonía y poética en una casa insomne

Por May Yudith Serrano Mulet

Ay, madre, inmensa sombra… Ay, luz, señora nuestra. ¿Irás algún día tú a ser nuestra madre? Postrada estoy ante las dos, sola entre la vida y la muerte. ¿Cuándo, decidme tú, luz, cuándo seréis las dos una sola?

María Zambrano “La tumba de Antígona"


Existe algo de caprichoso y superficial en la manera en que la cultura occidental ha abordado generalmente el Ser de la mujer. El lenguaje de las ciencias y las artes la ubica -y ella parece acceder a esta ubicación- constantemente en el terreno de lo otro; de lo extraño, rozando levemente la absurdidad, e incluso confundiéndose con esta. Ante el dilema de elegir entre el estudio concienzudo de esas regiones culturales a que se ha visto adscrita la mujer -echando abajo los constructos biologizantes- o marginarla a la esfera de lo subhumano; no pocos importantes pensadores han elegido la última posibilidad. Cabe aclarar entonces que bajo la perspectiva que nos sitúa en un haber llegado tarde a un mundo ya nombrado y coordenado, es poco menos que imposible obtener de nosotras algo más que una aquiescencia “resignada” bajo la cual late una futura, e incluso póstuma, rebelión.

Quienes se han acercado un poco más a los años de espera de Penélope, al sentido de las palabras de conque la madre de Ulises lo impulsa hacia la luz; se han percatado de que hay esencias no aporéticas en la resistencia femenina, de que el devaneo del tapiz va más allá del simple destejerse nocturno para volver a rehacerse durante el día, de que lo ilógico femenino al analizarse reverente y severamente se nos muestra prelógico o postlógico, más rico en sutilezas que en sofística. Y esto sin considerar la intensidad épica de la femineidad en el ámbito primitivo del cristianismo, en el que la propia aceptación de la gracia derramada resultó mucho más fértil que todas las batallas del Antiguo Testamento, y una genealogía apostólica de madres, hermanas y discípulas enaltecieron la historia de la dignidad femenina.

Marginada de toda trascendencia, tras un período de erráticos balances entre espíritu y alma, en la que a alma correspondió la sujeción; se confinó a la mujer a los espacios limitados del domo, al sitio en que se ubica el hogar que calienta, y por ende, a permanecer; acercándose más a lo mineral y lo vegetal, que a aquella animalidad que queramos o no reconocerlo, es parte indiscutible de los constituyentes humanos. Anclaje y negación de los instintos derivaron en un logos precario y cabizbajo, no exento de ocultamientos previsores de toda derivación que escapase a lo instituido. De ahí el silencio con que se “protegen” muchos de los misterios femeninos.

También nos percatamos de que existe un ethos más estrecho para los que se quedan. Paradójicamente, podemos perdonarle al Ulises que viaja el miedo, los excesos de la lujuria, el error y el homicidio; pero criticamos, de la Penélope que se queda, los argumentos con que salva la vida de su hijo y el reino de la familia. Y es que todavía se pretende que es más heroica u honrosa la cinegética de quien persigue al destino, que la claridad del que prepara los mejores advenimientos con el humilde actuar cotidiano. En esa melodía cotidiana, nunca bien comprendida, en ese ritmo de ascensiones y hundimientos, no en el tiempo convencional de los relojes; se ensimisma la Casa de insomnio de Yulexis Ciudad, casa en que la feminidad se niega a callar sus avatares.

Y es por cierto, uno de los logros mejores de esta “Casa…”, el haber conseguido humanizar la espera –feminizándola y permitiéndole discurrir- otorgándole su angustia, su impaciencia, sus dudas y sus abisales tentaciones. Otro logro, mayor, es hacerla discursar, desenvuelta en parábolas (la muchacha y el parque, la mujer y los barcos de papel, las letras que se mueren, la fuga del hombre y la muerte del perro). En otras palabras: contar la historia que no se le pregunta porque es la historia más temida, esa que narra las nupcias con la absoluta soledad; la soledad que se sabe irremediable porque aúna en el mismo soplo –como el insomnio- lo imperdonable de la vida y de la muerte. No es fortuito que Dulce María Loynaz, portavoz de otra casa derruida y a quien Yulexis toma prestada la cita inicial, haya reclamado como única posesión aquella “pura soledad”.

Por otro lado, si continuamos leyendo, la locuacidad de la casa no niega que sus líquidos sean mudos (nos asomamos a la alberca en que reposa el pájaro), que sus calles estén cerradas –pues cada espacio limitado, repite lo exterior humildemente-, que los ojos del pájaro estén vueltos y opacos como aquellos cenotes de sacrificio maya, que no consiguen reflejar, aún hoy, la verdadera luz solar. La imagen del pájaro se usa para cubrir la piel interna del hogar, donde se mezclan en atinada lógica las plumas y cenizas, porque ciertamente la naturaleza del hogar es doble: es el fuego y el nido. Eficaz juego de desvestimientos que propugna que un interior sólo puede cubrirse con otro interior, y porque el pájaro de esta casa desecha las ventanas, “ya no mira”.

“Casa de insomnio” se abre a la música “La música espera, se detiene lejos”, “el aire con su música en los cordeles”. Ello lo lleva a fundar un tiempo nuevo, que traga y regurgita los tres tiempos comunes. Por un lado el tiempo actual, “tiempo enemigo” que sirve para encender la vida o esconder la luz. Tiempo que no marcha a favor sino en contra del ser en esta casa, pues obliga a elegir entre sensualidad e inmovilidad; dos tipos de resignación que disimulan, en el fondo, la misma ruta gris.

Por otro lado existe el tiempo que podríamos llamar preactual, porque expresa sentidos diferentes al del simple pasado. Si el pasado recoge todos los hechos que fueron y no son, en una suerte de omnisciencia de la memoria, lo preactual es solamente aquello en que se basa el íntimo drama de hoy, “lo que era hierba es mar”, “en sueños se perdieron las luces”, “te asomaste a las columnas de la noche”, “se evaporó una mano”, a lo que se suma la decepción, o la pasmosa muerte de lo que imaginábamos eterno, la conversión de un ser en otro ser, puesto que como se verá, en esta casa no se conciben los vacíos.

El otro tiempo –escaso, pues casi todo el poemario está lleno de presentes- es el de la futuridad “acaso habrá otra vez”, “jamás me atreveré”, la escasez de futuro no asombra si tenemos en cuenta que quien vive en la música tiene al silencio como único heredero. En este tiempo musical, lleno de mecimientos, no parece preciso asimilar la voz del pájaro (voz matinal) a la voz que se abre (nocturnamente, cuando “ya no hay luces abajo”) amenazando con cantar antes de ser cantada; recordando a su madre los peligros de añadir una mínima línea al Libro de la Vida.

La casa del insomnio corrobora cada presencia con su propia sustancia repetida “En el silencio suceden otros silencios”. La propia reiteración del posible hundimiento da la idea de ocupación más o menos densa de los espacios. La autora enfoca el mundo desde el espacio; desde el espacio interno e íntimo, no desde la extensión agónica. Dice “La casa interminable”, no “la casa infinita”, y esa ausencia de términos reitera que hablamos de un mundo sin otredades, doméstico, visto desde una arista de sí mismo.

Nos hallamos entre coordenadas aparentemente apacibles, existe un “arriba” y un “abajo”, la vemos repetir “lo alto”, un “dentro”, un “cerco” y unas “puertas”. La vemos aludir al juego de los peldaños, a la ilusión de las escaleras que pretenden graduar la subida, la vemos negar otro ascenso que el salto de “dentro” a “lo alto”, o hacia el no siempre negativo “hundirse”. Parece decirnos que nadie asciende o desciende normalmente en la Casa de insomnio. El propio insomnio no es un paisaje medianero entre la vigilia y el sueño, sino una intermitencia que los acepta o los niega, según como palpite el dolor –pues aquí el existir es doler- en cada instante.

El contrapunto entre las luces y las sombras colma el poemario. Algo de luz que se sepulta “cuánta luz sepultada”, “cómo sepultar mejor toda luz” o que arremete “muerde la luz”, o la luz que simplemente huye “la luz también me deja”, “se perdieron las luces por un momento”. Con esto llegamos a otra precisión, trazada entre las luces y las sombras, y entre las luces que quedaron abajo y las de arriba, entre el sol y la noche; juego de sombras que reteje el debate del insomnio -de quién se dice técnicamente que puede brotar cuando se nos muere un ser querido, y agudizarse cuando descansamos de día-. El insomne, que no está a gusto con los desvelos de su noche, recibe el día sin alegrías, guiñándole al señorío de la luz; sólo la turbia incontinencia de las tardes le parece festiva; este es el momento que aprovecha una “Mujer de hule”, para soñarse el paraíso entre la música de los tendales.

Como epitafio al dorso de la puerta de entrada, hay en el libro, un mensaje que imita al que situara Dante en las entradas del infierno, “Esto es peor/ que escribir/ sobre viento, / (…) que lamer/ una llaga/ Musgo/ en la madera podrida.” De nuevo se insinúa la presencia del tiempo reclamando sus derechos sobre lo vivo, interrogando sobre la duración del musgo en la madera que se corrompe. De nuevo el “enemigo” midiéndole las horas a la existencia, cuestionándole su futuridad; clavándonos con esa “espina de pez” al relicario abandonado por algún Dios que huye sin darnos señas y al que pedimos sólo “comprender como comprendes al hombre”. La poetisa le ofrece el sacrificio “perder acaso mi barca”, pero este Dios es pura fuga y abandono.

De la fuga del otro se infiere la posibilidad de la propia fuga, apenas un batir de alas y es Ofelia en su angustia, “La mujer de puente”, equilibrista que pretende escaparse del doble, del espejo que confunde su rostro sobre el agua. Suicidio que agujerea la ciclicidad, y en el que se rescatan los impulsos de hurtarle el cuerpo a la pérdida, a esa disminución que nos recuerda Virginia Wolf en el exergo del poema “Como quiera que empieces, siempre acabas con mucho menos”. Mas, comoquiera que lo intente, el olvido arriba antes, confundiendo a la propia voluntad y el rostro que se busca, el propio rostro, ya espera al otro lado, bajo el puente.

Tras esta suerte de demostración por el absurdo, la poetisa avanza, se mueve desde la afirmación dolorosa y excluyente “la luz también me deja”, para luego decir los límites de sí misma “Soy una fronda/ un rayo de luz/ que no cruza el umbral”. Inventa un nuevo espacio para la supervivencia de los insomnes cuando reclama “El mundo se apaga/ y aún estamos vivos” (…)/ aunque seamos una sombra/ sin regreso”.

Finalmente resume la nueva esencia descubierta en la exigencia descarnada de la casa “esta sombra que soy/ y que me sobra”. Menudo grito para quien ha tenido la entereza de retar al vacío convirtiendo su mero aparecerse en rocas, que “se dejan abatir hasta gastar la esencia de sus torsos”. Más bien se habla del orgullo de ser sombra, de sobrarse a sí misma aún en ausencia de la luz, “mi fuerza es el cincel”, escribe, con la suficiencia de una antigua sacerdotisa, en el último poema.

Más que afirmar que es un libro autobiográfico, de lutos y desgarramiento, hay que apuntar que el texto indaga en el sentido femenino de la existencia, visto desde los límites, desde el agotamiento, el hambre, la soledad, la conformidad más dolorosa, el miedo y las ansias. De ahí la complejidad de una indagación que obliga a desdeñar lo maniqueo de las oposiciones muerte/vida, luz/sombra y cuerpo/mente. ¿Conoce la autora del sobrio debatirse de Antígona? Y más que conocer, palabra poco grata a nuestros oídos, ¿no es el insomnio que nuestra autora deslinda –sin llegar a lo que hubiese sido una pueril descripción- semejante al de la heroína de Sófocles, la hija que guía al padre –Edipo ciego-; no es el insomnio de la hermana que se hunde en la tumba en que yacen los restos del hermano, el de la mujer que prefiere la sombra digna de la convicción, a los fatuos esplendores, y que opta por la cercanía de la muerte ante la posibilidad del olvido del alma?.

Asistimos así no sólo a un recorrido poético sino a una trayectoria más significativa de la ética. Se transita desde la confirmación de una fatalidad, desde el desgarramiento que nos pone el ribete de víctimas -hundimiento de Antígona- hasta la confirmación definitiva de la propia fuerza -enamoramiento de Proserpina-. “Gris sobre gris” expone el mejor saldo del poemario, la ganancia de estas confesiones, la utilidad de estos diálogos con el dolor y la decepción, el remedio de Sísifo, el fin del espejo y el comienzo del amor. Ahora nos dice francamente “Amo estas paredes. / Cada grieta firme/ en tiempo de peligro”; y el amor viene como a reintegrarle al tiempo su inocencia, tiempo que ya no es un enemigo sino sólo peligro, algo con lo que hay que tener cuidado mientras se cincelan las paredes de la Casa, casa que ya no sólo nos elige sino que ha sido elegida por nosotros, porque es capaz de erguirse desde todos los grises al blanco del amor.

martes, 22 de septiembre de 2009

Roles de género en “Los zapaticos de rosa” de José Martí

Por Susana Carralero Rodríguez y Eglys Martín Astorga

Los zapaticos de una rosa es una obra de obligada referencia dentro de la literatura cubana y latinoamericana. Su profundo humanismo vigente y enaltecido en nuestros días lo ha convertido en un clásico de la literatura infantil de todos los tiempos desde que fue publicado por vez primera en el tercer número de la revista mensual La Edad de Oro en el año 1889. Este periódico constituyó la primera publicación dirigida a los infantes latinoamericanos. En esta obra el autor ofrece especial atención a los sentimientos humanos y a los valores universales que deben regir la conducta humana.

Los zapaticos de rosa parece haber sido escrito específicamente para las niñas. Para ellas son muchos de los mensajes de la obra. De hecho la dedicatoria es especificadamente para Mademoiselle Marie, María Mantilla a quien le consagró enorme ternura. Esta niña es sin dudas uno de las mujeres que mas amó Martí y de quien recibió además infinito cariño y sublimes placeres. Aunque la mayoría de los mensajes de la pieza son universales muchos encierran un mensaje implícito que alienta al encanto y decoro femenino. En carta a María Mantilla Martí escribe [...] Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así no la ama: Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto.[1] Vaya la niña divina, dice el padre y el da un beso. Estos sentimientos aparecen representados en "Los zapaticos de rosa" precisamente en devoción del padre hacia su hija convirtiendo a Pilar en un ser adorable y tierno. La obra emana ternura, dulzura, lirismo.

“En Los zapaticos de rosa hay un diálogo oculto entre Martí, las niñas y su familia, generaliza los atributos que deben caracterizar a las niñas y a las madres: “niña hermosa”, “madre buena”.Con dos adjetivos cualifica los roles de niña y madre, hecho que señala hacia lo que debe ser la moral femenina, al situar lo bello como ejercicio de entrega al hombre y del bien hacia los demás, independientemente de las clases sociales que se traten". [2]

En la obra prevalecen los personajes femeninos, el protagónico Pilar, y los otros tres de mayor peso en la narración: la madre, la niña enferma y su progenitora. A ellas se les suman en orden de aparición el aya de la francesa Florinda, Magdalena, una rusa y una inglesa. El contexto lo completan tres personajes masculinos de escasa presencia pero con pensada trascendencia en el texto: el padre, un viejo y Alberto, el militar. A ellos se suman personajes que formarán parte de la escenografía literaria: sentadas con los señores, las señoras, como flores. En este caso la imagen femenina también se pospone a la masculina que aunque solo sirve como pretexto para halagar la belleza femenina la reafirma al necesitar ella estar sentadas con ellos.

Es destacable el hecho de que todos los sentimientos de la obra están representados, los padecen, personajes femeninos. La riqueza, la pobreza, la maldad, la compasión, la alegría, la tristeza. Las figuras masculinas parecen ser solo retratos, sin embargo queda explicito que son personajes con poderes económicos o militares, es el padre quien tiene el poder en la familia, el que permite, entrega, envía. La representación de un personaje débil masculino recae en un viejo, que solo sirve como pretexto para la sociedad colonial. Por otra parte Alberto, quien ha salido de un desfile hace gala de una de las profesiones mas estimadas en la sociedad colonial. Le es asignada una categoría distinguida, respetable y hasta envidiada por los jóvenes de la época: Está Alberto, el militar/ que salió en la procesión /con tricornio y con bastón...

La mujer es la que sufre y se conmueve ante los hechos de la vida, es la que asegura la felicidad de la familia y la que es capaz de estremecerse ante gestos sensibles. Son ellas las que consuelan y por supuesto se identifican más con el dolor: "Se vio sacar los pañuelos/ a una rusa y a una inglesa;/ el aya de la francesa/ se quitó los espejuelos". Ningún hombre se inmuta ante el acontecimiento. Las mujeres, independientemente de su estatus social, son capaces de sensibilizarse y además de ello demostrarlo públicamente.

Se aprecia ante todo que el género abarca los rasgos que la cultura atribuye a hombres y mujeres. Por otro lado el género conduce a formar jerarquías, al otorgar valor y estatus a las actividades realizadas por los hombres, no así a las mujeres, por tanto la posición de estas es de subordinación total, hecho que conciben así la mayoría de las sociedades.[3]

Los roles de género históricamente han asociado a la mujeres a la maternidad y el hogar. Ellas quedan relegadas al plano decorativo, a la belleza física, a la aceptación de preceptos tradicionalmente establecidos por la sociedad. Las féminas lucen la belleza del cuerpo que complementan con vestimentas apropiadas que cubran y adornen su mayor tesoro. El autor lo sabe, vive en una sociedad absolutamente de hombres y no puede escapar al influjo de engalanar a su personaje con todo lo magnífico que su letra puede: "quiere salir a estrenar/ su sombrerito de pluma./ Ella va de todo juego, con aro, y balde y paleta...". A ellas, y sobre todo a la niña, engalana con adjetivos, símiles, metáforas de exquisito lirismo: la niña divina, mi niña hermosa, muy oronda, niña caprichosa, la del sombrero de pluma, un sombrerito callado.

Las ideas de Martí relacionadas con las mujeres responden al momento histórico en que vivió y su obra no escapa de la sociedad latinoamericana del siglo XIX. Los tratamientos específicos de cada personaje se ajustan a patrones socioculturales imperantes.

En la obra se vislumbra la importancia para la mujer de educarse desde niñas bajo conceptos estrictos de feminidad: jugar a las muñecas, ser madres, amas de casa, atributos indispensables para la moral femenina. De ahí se desprende la crítica a la niña que maltrata a su muñeca renegando implícitamente su condición de madre. Magdalena es llamada mala a pesar de corresponder en atributos superfluos a los gustos de la mujer: "¡Y qué mala, Magdalena con tantas cintas y lazos, a la muñeca sin brazos enterrándola en la arena!"

La estructura familiar patriarcal estableció una jerarquía rígida de supremacía para el hombre, en tanto sexo fuerte y de subordinación para la mujer, sexo débil, esta última es la encargada del proceso reproductivo en todos sus estadios. Se ha derivado injustificadamente que todas aquellas actividades relacionadas con el cuidado de los hijos y las labores domésticas, son responsabilidad únicamente de las mujeres; se ha instrumentalizado incluso, a través de las instancias de socialización de la cultura, un discurso que promueve la asimilación de estas funciones, que por naturaleza le corresponden realizar según los patrones machistas. Para desarrollar sus funciones reproductivas con calidad, debe ser sumisa, dócil y seductora con el macho, pues de las estrategias de subsistencia de éste, dependen las garantías y seguridad del proceso descrito.[4]

Es también la mujer y sus descendientes femeninos quienes sufren con más dolor las calamidades de la miseria: "Yo tengo una niña enferma/ que llora en un cuarto oscuro son quizás los dos versos mas punzantes del poema martiano, escritos con la intención de hacer vibrar de dolor.

De la mujer se vale el escritor para sublimizar los actos de entrega, desinterés y ayuda al prójimo, sobre todo si de ayudar a otra mujer se trata: ¡No quiere saber que llora/ de pobreza una mujer! Se trastocan en Pilar el gusto por una materialidad previamente enseñada-«¡No te manches en la arena/ los zapaticos de rosa!»., pero no te mojes/ los zapaticos de rosa».en un deseo de dar todo para aliviar dolencias humanas. dáselo! y eso también! ¡tu manta! ¡tu anillo!»

En "Los Zapaticos de rosa", utilizando elementos descriptivos de suma belleza, (Martí) deja ver las diferencias sociales y su repercusión en el disfrute de los recursos naturales.(...) Reflexiona sobre la situación de los humildes, en contraposición con el universo fastuoso y falso de los ricos. Los contrastes sociales se vinculan a las características del medio natural[5]. La protagonista está protegida y cuidada sin embargo añora la libertad privativa al hombre y un tanto a los pobres. Dicen que suenan las olas mejor allá en la barranca, y que la arena es muy blanca donde están las niñas solas. donde se sientan los pobres, /donde se sientan los viejos!

Los modelos femeninos apreciable en "Los zapaticos de rosa" de José Martí a las jóvenes generaciones, tiene notable vigencia. “Lo cierto es que su propuesta modélica tiene mucho valor ético en estos tiempos, donde la familia es un concepto cultural en crisis, se incrementa el divorcio, la prostitución del cuerpo, el abandono de los hijos y una situación económica precaria, donde la escuela intenta sustituir la educación de los hijos”. [6]

El punto clímax de la obra es el ofrecimiento de lo que se le ha recalcado a la niña que debe proteger. La infante ofrece su tesoro en expresión solidaria de piedad. La actitud solidaria de Pilar ante la niña enferma, es un reclamo contra la pobreza material y espiritual y por la igualdad entre los humanos.[7]

Los zapatos, quienes aparentan ser el centro de la obra, el elemento esencial que le confiere título a la misma pero que es absorbido por Pilar alcanzan su verdadero valor no por ser nuevos, o de rosa, color lógicamente relacionado con la femenidad sino en el momento en que sirven de pretexto pasando de una niña a otra para transmitir valores profundamente humanos y emotivos.

A través del poema y sus personajes femeninos Martí manifiesta sus ideales de superación humana en defensa de la sensibilidad, a través de personajes frescos, espléndidamente dibujados por su pluma. Los zapaticos de rosa difunde la mas bellas sensibilidad con un alto contenido estético y formal.

José Martí escribe La Edad de oro para los niños y las niñas de América sobre los que descansa el futuro del hombre, para ellos son estas experiencias válidas de la vida del ser humano y de la sociedad.

Notas.
[1] Martí, José: "Carta a María Mantilla, 9 de abril de 1895", en Obras Escogidas, Tomo 111, Editorial de Ciencias Sociales.
[2] Fernández Verdecia, Arnoldo: Leer La Edad de Oro con ojos de mujeres, 117 años después. . http://www.radiogritodebaire.co.cu/html/ Mart% C3%A D % 201.htm
[3] Idem
[4] Idem
[5] Velázquez López, Alberto, Frómeta Fernández, Ada Berta: La educación ambiental en la edad de oro en Aproximaciones a la edad de oro, Editorial Universitaria, 2006.
[6] Fernández Verdecia, Arnoldo: O.Cit
[7] Velázquez López, Alberto: O. Cit
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/zapatico.html

lunes, 21 de septiembre de 2009

Reconocer las diferencias pero con amor

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Al concluir el Concierto Paz sin Fronteras, este domingo en La Habana, muchas cosas cambiaron para el mundo en la percepción de la familia, la relación entre los países, las religiones e incluso las diferencias ideológicas. Por encima de todo, señaló el cantautor Juanes, está el amor entre los hombres.

Como nunca antes Cuba vivió una jornada vespertina esencial en su historia musical, el megaconcierto rompió las expectativas pues contra todos los pronósticos la asistencia de público sobrepasó el millón de personas.

Fue hermoso ver flotar la Bandera Cubana entre tanta gente de varios países, mucho más emocionante fue escuchar la palabra Cuba en la voz del público. La delicadeza de Juanes, al dirigirse a los jóvenes cubanos llamándolos hermanos, y reconocer que somos diferentes, trasciende toda miseria humana.

Sirva este concierto Paz sin Fronteras, al menos yo lo aprecio así, como una sencilla forma de sobreponernos a las divisiones familiares, ideológicas, sexuales, raciales y hasta religiosas. Todo hombre al venir a la tierra tiene derecho a pensar y hablar sin hipocresía, a vivir como hermano con sus semejantes.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aviso a los lectores de Caracol de agua

Este blog admite juicios diferentes, discrepancias, pero no insultos y ofensas personales, ni comentarios anónimos. Revise su comentario antes de ponerlo, comparta su identidad y debatiremos eternamente sobre lo que usted desee. Los comentarios son propiedad de quien los envió. No somos responsables éticos por su contenido.