Casa flotante donde los cubanos del mundo pueden venir y encontrar calor humano. Aquí se puede hablar de todo y hacer la nación espiritual. Casa escrita desde una visión personal, en torno a la cultura e identidad cubana y universal, con un acento especial, en el hombre y la mujer invisibles en los medios.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La negación de mí mismo

Por Jorge Labañino Legrá y Arnoldo Fernández Verdecia

La décima parece ganar terreno en Contramaestre con la reciente publicación del libro Juegos de azar de Jorge Guevara, un texto singular en nuestra producción literaria, si tenemos en cuenta que la mayoría de las obras publicadas se ubican en la poesía libre, esa razón justificó el hecho de conversar con el autor sobre su inclinación por un género subvalorado.

Acabas de presentar Juegos de azar, tu primer libro publicado, ¿por qué la décima?

Jorge Guevara. Resulta curioso, siento como si la décima me hubiese escogido a mí, tal vez la elegí yo a ella, o sucedieron ambas cosas al mismo tiempo para estar más a tono con el título del libro. Por esas cosas de la vida y los malabares de la palabra azar, conocí la décima en el Café Bonaparte. Llegué allí con un manojo de versos libres y sonetos fresquesitos, fue precisamente entre libros, estudios, debates y bajo el humeante aroma del café que me inicié en esta forma de decir. El género me gusta, por eso sigo cultivándolo.

¿Qué esperas del lector?

J.G: Ningún sentimiento especial, salvo el interés por un género que se subvalora. El libro discursa en una suerte de psicoanálisis autobiográfico que transita por diferentes niveles de la espiritualidad y lo existencial que nos agobian, incluso la duda desde el límite de la aceptación o el rechazo.

¿Proyectos?

J.G: En estos momentos trabajo en dos cuadernos, uno de poesía libre y otro de narrativa. Continuar escribiendo, hacerlo lo mejor posible y buscar otras oportunidades para que el lector interesado conozca mi obra. Él es quien, en última instancia, dirá la última palabra sobre lo que escribo.

Fragmentos del libro “Juego de azar”, Ediciones Santiago, 2009.

Los gallos

Avanzan rompen cordones
de la multitud y pasan
el ruedo y se despedazan
los flancos recios pelones.
Rojizos los espolones
de los rivales entuertos
tiñen los ojos desiertos
del seto que nos condena
mientras yacen en la arena
dos cuerpos solos abiertos.

Claustrofobia

No me sostengo.
La oscuridad
Burla de mi edad
Tengo no tengo.
¿Me voy o vengo?
Nunca adivino
El truhán destino
Muerde mis pasos
Y esconde trazos
Sobre el camino.

Se rompe el hilo
cuecen mis sesos
brotan los rezos
vuelvo intranquilo.
misterio y filo
bestia insonora
grito que ignora
quietud y aliento
la asfixia siento
que me devora.


Orfandad

Murió la palma el colegio
mi pupitre el pizarrón
Tom Sawyer fue aquel turbión
apócrifo un sacrilegio.
No superé el sortilegio
de la manzana estival
Tell erró el tiro. Fatal
la bruja flecha del miedo.
¡Tanto tiempo y ya no puedo
desenredarme del mal!


Idealicé la palabra
vórtice de ingenuidad
página gris de la edad
de oro la abeja el Abra.
Desperté de la macabra
realidad sin un recodo
donde agrupar de algún modo
los peces de aquella infancia
llenan mis ojos.

Víctima y reo de Goliat
mi David vuela inseguro
el tiempo se torno oscuro
turgencia de la verdad
me persigue la maldad
el niño fue un espejismo
octosílabo el abismo
las ilusiones de un verso
de la moneda el reverso
la negación de mí mismo.

¿Las páginas de La Edad de Oro son peligrosas para la mujer?

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Al revisar los referentes teóricos, recogidos en los libros de Salvador Arias y Roberto Fernández Retamar: “Un proyecto esencial. La Edad de Oro” e “Introducción a La Edad de Oro” respectivamente , no se localizan textos con la perspectiva sociocultural del tratamiento de géneros en la obra del cubano José Martí; los análisis realizados, obedecen a otras zonas de reflexión que no es mi objetivo analizar en estas páginas.

Recientemente fue publicado "Martí eros y mujer", un libro de Mayra Beatriz Martínez, de mucho valor heurístico, pues llama la atención hacia "La Edad de Oro", como conjunto de textos que nos exigen ir más allá de los mensajes acostumbrados: “… ¿cómo esperar que hoy nuestras niñas solo aspiren a conocer de las cosas delicadas y finas que les deben ser naturales? Se impone, también en este caso, volver al tema algún día”.

De hecho es imprescindible desbordar el análisis en este raigal texto canónico de nuestra literatura, hacia la construcción de lo femenino. Su propuesta merece nuestra atención, pues “la adopción de los paradigmas tradicionales androcéntricos en las páginas de esta revista es tan evidente como peligroso su uso contemporáneo como propuesta... para los lectores actuales”.

(Fragmento del libro: “Leer La Edad de Oro con ojos de mujeres, Ediciones Santiago, 2009”)

martes, 29 de septiembre de 2009

La Edad de Oro: ¿una revista para la mujer?

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Me parece de utilidad el estudio crítico de la categoría mujeres en La Edad de Oro del cubano José Martí. No es un secreto que es un paradigma de obligada referencia en el devenir histórico del pueblo cubano, sobre todo, si se trata de un problema como el de la educación de la mujer, considerada por muchos, dueña del siglo XXI y del Tercer Milenio, algo dulce y misterioso, demonizada por el discurso de la modernidad a partir de una herencia que se hunde en las oscuras cavernas del pasado.

A pesar de todo la mujer se yergue sobre esa cruz y anda majestuosa; sin embargo, células del tejido social tan esenciales como la familia parecen derrumbarse. ¿Tendrá esto que ver con ellas? ¿Son las máximas responsables del orden familiar? ¿Sus roles ancestrales deben cambiar?

Para responderlas decidí adentrarme en una revista clave dentro de la copiosa obra de José Martí: La Edad de Oro. No es un secreto que en su concepción está desarrollado un modelo de educación de mujeres.

La escribió para formar una cultura de hombres y mujeres, por ello concibió textos específicos para cada uno y textos generales para ambos. Me interesan los primeros, y en alguna medida, cómo presenta la categoría mujeres en los restantes. Para ello los agrupo en temáticas que facilitan la organización y estudio de los cuatro números en conjunto.

Algunos se preguntarán por qué La Edad de Oro dentro del vasto conjunto de textos martianos, en los que de una forma u otra menciona o roza a las mujeres.

Insisto que asumo La Edad de Oro, a pesar de que fue escrita en 1889, mucho antes de que aparecieran sus escritos sobre féminas cercanos a nosotros en el tiempo, los 12 trabajos publicados en Patria, 1894, en los que sobresalen coordenadas androgénicas en el tratamiento de la mujer, que las mantiene en roles clásicos de la cultura patriarcal.

De hecho, todas las ideas sobre la mujer desarrolladas antes y después de La Edad de Oro, no logran salirse de esos marcos formales, al considerarla sujeto doméstico, ser delicado y frágil, un ser para otros, en roles clásicos de la cultura patriarcal: madre, esposa y entre los límites de la casa, sea en el medio urbano, rural, en campaña o la emigración.

Alguien pudiera dudar todavía, e insistir que dentro de la obra de José Martí aparecen otras ideas relacionadas con las mujeres, es cierto, pero no se conciben de forma sistémica, sino que aparecen dispersas en escritos que movieron a Martí a dedicarle algunas páginas de propaganda, con la finalidad de aunar las fuerzas inmersas en la lucha revolucionaria, incluidas por supuesto, las mujeres, y otras, escritas de manera circunstancial.

(Fragmento del libro: Leer La edad de oro con ojos de mujeres, Ediciones Santiago, 2009)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Conozca a Cuba primero

Por Ricardo Riverón Rojas

En el año 2006, gracias a haber publicado tres libros, fui invitado a la feria del libro de Santiago de Cuba, y al llegar supe con alegría que me habían programado también para Contramaestre. Llegué al inquieto pueblo y los inefables Eduard Encina y Orlando Concepción me informaron que debía impartir una conferencia con el título de: «El editor, entre la responsabilidad y el compromiso». ¡Mire usted! Seguramente el lector no desconoce la maliciosa connotación sexual de la palabra «compromiso». Pues parece que el enunciado atrajo a cierto público que esperaba de mí otra cosa: tal vez revelaciones personales imposibles, dada mi estricta filiación heterosexual. Una mínima parte de ese público casi sale defraudada de mi conferencia, pero al final el diálogo fue intenso y extenso, con un único tema: la difícil y poco reconocida labor de los editores.

Aquel día también me divertí mucho al comprobar que un libro de un tal Tobías J, que tiempo atrás viera yo en algún anaquel con el aval del Premio Calendario, en realidad no había sido escrito por el tal Tobías J, sino por Eduard Encina. Resulta que por culpa de una de esas «pequeñas erratas de edición» el cuaderno no se publicó con el nombre del autor sino con el seudónimo que usó para concursar. ¡Acabáramos! Fue una de las jornadas que más agradezco de aquella feria santiaguera, pues supe del Café Bonaparte de Baire, donde el fervor literario (y patriótico) parece poseer la misma intensidad que el que llevó a la gente de ese pueblo a levantarse en armas contra el dominio español el 24 de febrero de 1895, solo que esta vez blandiendo la computadora, no el machete. Es un grupo admirable que merecería algo así como ser «de referencia nacional», para usar uno de los rótulos de moda con que en Cuba la burocracia denomina algunas cosas que se hacen simplemente bien y con entrega.

Fragmento tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/seccion.php?articulosPage=18&s_Seccion=60

De silencios, peces y otras pertenencias

Por: Jorge Enrique Rodríguez

Escribir para los niños es, sin duda alguna, tarea ardua. José Martí así lo intuiría, y nos dejaría como legado aquellos cuatro números de una revista que, más que un propósito es un evangelio. Allí, en aquellas páginas donde el poeta intentara llegar a la hondura que encierra el alma de un niño, definiría con humildad su fe por ellos: los niños saben más de lo que parece, y si les dijésemos que escribieran todo lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.

Quizá sea esta la sindicatura que Eduard Encina Ramírez (Santiago de Cuba, 1973) ha querido explorar, desde sí mismo, en los textos que convoca El silencio de los peces, premio Calendario 2002. Quizás; al menos yo, asumiendo el privilegio y la ventaja de la relectura, así lo deseé, o tal vez el niño que no deseo abandonar (que me habita a expensas de las rupturas) así lo sienta. De un modo u otro, El silencio de los peces se erige discurso, diálogo que no subestima a sus interlocutores, sino que junto a ellos se adentra en su universo limpio, en la mirada desprejuiciada que anteponen al suceso más complejo que es la existencia misma, en la solemnidad que implica nombrar, entender, ser a fin y a consecuencia:

Mientras caía de la rama
el gorrión, mientras caía
pensé en la mirada fría
del cazador que derrama
su puntería, su fama
de tirador inexperto
que dio en el blanco y es cierto:
me duele tanto que aún
sobre el asfalto haya un
gorrión con el pecho abierto.

La prestancia es el signo bajo el cual están “versados” estos sitios, donde el poeta nos obliga a un alto, a contemplar que la trascendencia y la armonía del ser no sólo están en “filosofar” y entenderse la existencia mediante la transgresión de conceptos, sino que es posible esta comunión a través de la candidez y de la inocencia que sabe ser sabia en sus andanzas; que es posible erigir la “iluminación” y sanar al sol entre las manos. Eduard Encina transita estas certidumbres, nos advierte además que el rigor escritural no implica distanciamiento, que la palabra es emboscada pero también el modo de jamás traficar las torceduras y los convencimientos vanos. El silencio de los peces no es un camuflaje, no es la pretensión de ser niño, es la intención de advertirlo como respuesta y salvación. Es el niño quien habla, el autor es sólo un señuelo:

Dice el gato que la luna
un día goteará del cielo
como una fruta madura
él la espera con anhelo
Tal vez por eso amanece
de guardia sobre el tejado
pero la luna parece
dejarlo siempre esperando.
Dice el gato que la luna
estaba madurando.

No me gustaría exponer El silencio de los peces como “literatura infantil”. ”Literatura infantil” es un subterfugio de estetas y teóricos, una extensión pedagógica que hurta la verdadera significancia al poeta y al niño…o al poeta niño. Prefiero expresar que, es Literatura que se entiende y se comprende por y para el niño, que manifiesta sus claves y tesituras componiendo una canción que es también efímera, como igualmente lo es todo otorgamiento entregado en la ventaja del silencio que discursa el pez y su memoria. Eduard Encina también lo sabe, y por ello nos deja al amparo de sus caballos:

¿Ves este caballo?
Monta y verás las praderas
del cielo
un caballo con alas para atravesar
la lluvia.

Fuente: http://www.ahs.cu/secciones-principales/literatura/noticias/dossier-calendario.html

sábado, 26 de septiembre de 2009

Escribir un poema provinciano y soñar con los Potros de Vallejo

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

“Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua.” El aliento de esa imagen lo respira un hombre nombrado Vicente Dorado, señor de espejuelos que ríe ante un buen libro y las personas se burlan por creerlo tonto.

Un día Dorado tenía entre sus manos un librillo gris con una mujer pájaro en la portada, sufría una metamorfosis a medida que pasaban las páginas, era como si Kafka resucitara de su tumba.

Movidos por el misterio llegamos a la intimidad de Dorado una tarde de lluvia, tomaba una tisana caliente en el Café de la ciudad. Le pedimos hablara sobre la “famosa mujer”. Sonrió. Previamente habló lo que representa el libro para los seres humanos.

Sin su proteína retornamos a la bestia. El que escribe se convierte en Dios, alcanza otra dimensión. Se acerca al reino de la libertad. Los cínicos, como Diógenes por citar un ejemplo, creen que de esas comidas vive el hombre. Sobran demostraciones: el Corán, la Biblia, El Capital, entre muchos otros que ahora no recuerdo.

No resultó sorpresivo, al menos para mí y lo confieso, la noticia de la publicación de una de esas “obrillas” vinculadas con el misterio que los trae aquí. ¿Se trataría de un resultado de la política? Por esos años la misma ponía en práctica un programa para difundir el talento literario. ¿Acaso de lo que Andre Gide sublimaría en memorable libro? Recuerdo a Maquiabelo y su prédica: “Un señor prudente no debe decir la verdad cuando va en prejuicio suyo” y más cuando se trata de un amigo.

Es raro que un boxeador incursione en la poesía, al menos yo lo creo así, y más si vive en un pueblecillo del interior de Cuba llamado Baire. Su nombre también es sospechoso y me da más músico que poeta o pintor: Eduard Encina.

Para mí, es un fenómeno editorial, pues el autor ofrece una poética de factura aceptable, desde una visión por momentos salpicada con elementos de la cotidianidad.

Tal vez para hablar del libro deba hacerlo como a continuación sigo. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, a la orilla de la Carretera Central, uno de esos púgiles del interior de Cuba daba a conocer sus guantes dorados. No era boxeo, se trataba del peor de los oficios: poesía. “Un fenómeno de publicidad” por las expectativas despertadas en los lectores y su rápida adquisición en las librerías.

En su favor estuvo el hecho de que algunos medios de difusión se hicieron eco de la noticia, y no fue sorpresa que se nombrara en el semanario Sierra Maestra y en la dulce voz de Ana Margarita Gil y el Hurón Azul. Era uno de los primeros libros de Ediciones Santiago. Se puede considerar momento de autoafirmación para el poeta, como para las ediciones territoriales que daban sus primeros pasos en la vida de la nación durante esos años.

Se trata de una poética escrita en lenguaje que privilegia el juego lúdico con los títulos: De cómo un poeta delira a la sombra de una soga que cae del cielo, De cómo un loco se roba un poema, Boceto para un retrato de mi padre dormido en un sillón.

El Boxeador, por momentos, apela a una intertextualidad que le permite enriquecer el contenido de su poética, hecho que realiza de forma feliz: “y yo sé que a mi lado hay una sombra” , referencia a Ángel Escobar, que condiciona uno de sus mejores poemas: Meditaciones del suicida:

“¿Dónde estarán los gatos de la madrugada?/ El sigilo se irá enredando en la costumbre / en la sobriedad de las cosas / ´y yo sé que a mi lado hay una sombra´ - cadáver / remolino escombro viene de alguna parte que / nos marca una sombra amarilla sin sentido…”

Las referencias a Egipto, Roma, Bizancio le aportan frescura por su acertado manejo en nuevos contextos poéticos. Pasan ante nuestros ojos, faraones, exarcas, Julio César, filósofos célebres... Maneja referentes bíblicos que funcionan orgánicamente: “el poeta es el Mesías” , “prepárenle esa cruz” , o el mito del surgimiento del hombre a partir del polvo.

Su estructura es sencilla, la primera parte compuesta por un total de 16 poemas y un título sugerente Poet´ s Walking y otros bocetos. En el mismo adquiere una fuerza telúrica el tanteo con el símbolo bíblico polvo. Es una recurrencia su manejo en diversos momentos: “no hay peor marino que el que extraña el polvo / cuando mira atrás y no se reconoce” , o cuando dice, “Al polvo voy en esa manía de arrastrar la rueda / sobre la madera y ya no me quedan reinos” , o simplemente al decir, “Ese polvo lentísimo / Instintivo / ese apagón en la memoria”.

El oficio de poeta es permanentemente reflexionado desde la categoría límites, nos hace pensar en el desconsuelo que dio origen a los versos, como si el hombre agonal resucitara con otros matices en los contextos experimentales que condicionan su referencia:

“…huir no es de suicidas / ni de poetas los eufemismos”.

“…puede escribir un poema provinciano / y soñar con los Potros de Vallejo”.

“Solo el poeta altera / y pende del disparo que pudo darse”.

La experimentación sobre la historia tiene su lugar. Ilustro uno de ellos para su disfrute:

“Mi pueblo es un parque de estatuas / por donde pasa la
noche como un gato altísimo / que se filtra en los gorriones y pasan locos en / sus alfombras y el silencio del mediodía pasa sin detenerse”.

Otros no tienen buena factura, entre los que sobresalen: “Una muchacha vio pasar a los caballos”, “Ariadna” y “La casa”, no debían estar junto a los restantes, por su pobreza en el manejo de los recursos literarios:

“Te detuviste a mirar los caballos / Ese polvo lentísimo / instintivo / ese apagón en la memoria que trae / la resonancia de una estrella entre las piernas / pero ellos pasaron y tú pobre muchacha / te perdiste en el eco de sus pasos”.

Por momentos redunda en lo cursi:
“…ni un saxofón que te diga / te quiero”
“…al siglo le quedan dos vueltas de carretel”
“…pobre muchacha”.

La segunda parte Último acto y otras acotaciones la integran 10 poemas, la de más baja factura poética y menos experimentación con el lenguaje. Se aprecian títulos comunes: Telegrama, Animal y La ciudad y los gatos.

La mirada la centra en sucesos cotidianos: (Urgente: se avecina una crisis de amor / ha vuelto a caer la bolsa de valores). La noche y la tarde en un municipio del interior de Cuba; el poder y sus efectos: César ha tendido su mano: / Por un hilo desteje la mañana / y todos vienen a escucharlo / a ver la cabeza / del culpable colgando en su diestra” .

La tercera parte, Y yo sé que a mi lado hay una sombra, la conforman un total de 15 poemas, la de mayor calidad en el libro pues desborda el tratamiento del lenguaje desde títulos sugerentes, entre los que se destacan: “De cómo el poeta delira a la sombra de una soga que cae del cielo”, “Breve estancia de un tonto en el paraíso”, “En torno a la soledad de un dios sin cabeza” y “Meditaciones del suicida”.

También hay momentos de autorreflexión centrados en temáticas medulares, sobre todo el oficio de poeta y la historia, devenido los de mayor tratamiento:

“La ciudad es un valle de suicidas / de sueños aturdidos por la rabia / y me veo en la vieja celda / donde escupo / mutilo / desangro un ángel de Rilke / y retorno donde los otros deshacen / la sombra insular…”

“Alguien toca a la puerta / y sobre la rueda el paridor de la hoguera / trae el sombrero cargado de pájaros” .

“Lo trajeron sin rodillas: éste es tu mundo, éste tu pan, ésta tu modorra, éste es el verde sin resonancias, los jagüeyes te dirán los límites, mira la ciudad que has de fundar con el bastón de los tontos, estos tus personajes, los mudos personajes del circo que has caído”.

De ángel y perverso forma parte de una “rara colección”, conservada en un viejo Monasterio en las afueras del pueblo de Baire. Algunos bardos, como el espirituano Reinaldo García Blanco, identificaron el lugar como borde de la Carretera Central. Se llega por un camino protegido por estatuas de héroes de la independencia de Cuba.La Virgen del Rincón aparece a los escritores, los bendice.

Muchos acuden al Monasterio buscando los oficios de la escritura. Otros lo maldicen por creerlo poseído por el demonio, hasta intentan exorcizarlo. El bate en acto de ironía optó por un título universal para el libro sobre la mujer pájaro, que ya saben de quien es, De ángel y perverso, como si Baire fuera habitado por estas caras de la vida…

Un hombre como Jorge Luis Borges celebraría las siguientes palabras de Teresa Melo: “Eduard Encina no busca premios, eventos, imagen…” Algunos curiosos se habían detenido a escuchar nuestra conversación con Vicente Dorado. Otra tisana caliente era servida a la mesa…

viernes, 25 de septiembre de 2009

Confesión alumbradora en vísperas de la muerte

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Un 18 de mayo de 1895 José Martí comienza la histórica carta al mexicano Manuel Mercado, escrita en Dos Ríos, lugar del municipio Jiguaní, actual provincia Granma. Se trata de un texto estremecedor, que ha recibido innumerables valoraciones en su estudio. Sobre el tratamiento de esta zona de la biografía martiana propongo desarrollar un nuevo acercamiento.

En la obra martiana la carta inconclusa a Manuel Mercado tiene valor testimonial, si nos guiamos por el criterio de amistad que lo unió a Martí durante veinte años, en su mayor parte alimentados por la correspondencia, Mercado puede considerarse un “caso paradigmático”(1) entre los destinatarios que tuvo José Martí.

¿Qué criterios han prevalecido en su análisis?

En los estudios de la carta inconclusa, los elementos de convergencia entre cada uno de los autores son: ubicarla como el testamento político de José Martí; sobresalen en el mismo Gonzalo de Quesada, Carlos Rafael Rodríguez, Ibrahín Hidalgo, Cintio Vitier y Luis Toledo Sande.(2)

Otro de los criterios compartidos es el que remite al escrito como la máxima expresión de sus confesiones ideológicas; en torno a éste se agrupan: Julio Le Riverend, Fina García, Jorge Ibarra, Salvador Morales y Mercedes Santos Moray.(3)

La otra posición, lo concibe como la mejor explicación de su estrategia política, en este orden se destacan: Jorge Mañach, Juan Marinello, Ángel Augier, Armando Hart, Roberto Fernández Retamar y Antonio Núñez Jiménez.(4)

¿En qué se basan uno u otro autor para ubicarla de la forma en lo hacen, en cada caso?

El considerarla testamento político tiene un sentido metafórico, pues no remite al sentido que porta el acto de testar, alude más bien a la forma en que se ha recepcionado el texto luego de su muerte, pues muchas de las claves políticas de su ideario se encuentran implícitas en sus líneas.

Lo anterior corrobora puntos centrales que en escritos anteriores había concebido: el lugar de la independencia de Cuba en América, su logro mediato como condición estratégica para salvar el decoro de las repúblicas latinoamericanas ante el formidable vecino yanqui; y la forma viable de gobierno que debe tener la guerra de los cubanos para lograr tales fines.

El hecho de que sea un referente habitual su uso no demerita su funcionalidad durante la Revolución Cubana, pues se ha convertido en un símbolo de condensación histórica que funciona coherentemente en las redes sociales institucionalizadas, a través de las cuales transcurre el flujo comunicativo de las instancias intelectuales, encargadas de instrumentalizar una determinada selección de la obra de Martí; no interesa si en verdad testó o no, lo que interesa es la forma en que ha sido acomodado el modo de referirse al mismo circunstancialmente.

Los autores seleccionados responden a un compromiso de orden moral con los sentidos éticos que le confirió la Revolución a este documento, de ahí que nos parezca importante plantear que todos producen su criterio, desde lo que llamamos intelectualidad orgánica encargada de fundamentar el Martí antimperialista que necesita Cuba, dada las circunstancias que vive, como único país socialista en el “Continente Americano”.

Los autores que la ubican como la máxima expresión de sus confesiones ideológicas, lo hacen más bien urgidos por la necesidad de darle algunas aclaraciones a la actuación antimperialista de Martí en el “Continente Americano”, pues en textos anteriores no lo había hecho de la forma tan clara, como lo dijo a Mercado en el inconcluso escrito: evitar a tiempo con la independencia de Cuba la expansión territorial y económica del naciente imperialismo yanqui.

De hecho, la forma en que está redactado nos asoma al sentido confesional en que se lo escribe a su paradigmático amigo político, acostumbrado a intercambiar ideas de esta índole con Martí a través de la correspondencia. La funcionalidad del sentido confesional otorgado al mismo por éstos estudiosos, debe explicarse a partir de la inexistencia de una estrategia política de enfrentamiento al imperialismo yanqui en la obra de Martí, de forma articulada y coherente, para guiar el proceso independentista en el que se vieron inmersos los cubanos.

El resto de los autores que la enmarcan como la mejor explicación de su estrategia política, tiene puntos coincidentes con los que le otorgan el sentido confesional, pero más bien lo que pretenden es resaltar los propósitos martianos esbozados en el Manifiesto de Montecristi, que de manera ejemplar aparecen en esta misiva, pues asume la guerra de Cuba como una guerra de independencia americana, en la que no puede haber demoras, pues dado su carácter de observador y analista, sabe lo que se desencadenará en lo que llama "Norte revuelto y brutal que nos desprecia".

Estas son las razones que llevan a los mencionados estudiosos, a darle un sentido estratégico a las ideas del texto, dada la dimensión del hecho americano que vive Martí, que se aviene perfectamente con los sentidos latinoamericanistas que ha cobrado la Revolución en el “Continente Americano” en los momentos actuales; y el lugar que ocupa este eje, en las relaciones internacionales del Gobierno Cubano.

Las tres formas de referirse al documento inconcluso de José Martí a Manuel Mercado, obligan a una síntesis final, en la que modestamente expresamos nuestro criterio, a partir de la tradición historiográfica que ha predominado al estudiarlo.

Lo cierto es que no es un testamento en el sentido histórico del término, por todos los argumentos explicados hasta aquí, por tanto se trata de una metáfora de gran alcance heurístico, dada la polisemia de significados que irradia. El sentido confesional es el que funciona con más coherencia y el que se adapta contextualmente a las ideas del texto. El de la mejor explicación de su estrategia política es absoluto, pues el Manifiesto de Montecristi lo hace con mayor certeza, si tomamos como centro el sentido aludido.

Finalmente, la carta inconclusa a Manuel Mercado debe asumirse como una confesión alumbradora de su pensamiento político y su quehacer escritural, una obra de indudable valor intimista para todo el que pretenda acercarse al estudio de la obra de José Martí desde cualquier latitud geográfica.

Notas
1. Esta forma de clasificar el conjunto de cartas cruzadas entre Martí y Manuel Mercado es lo que Daisy Cue denomina, caso paradigmático, en el prólogo a: José Martí. Visión Íntima. P. 6

2. Sugerimos consultar en torno a este primer elemento de convergencia en torno a la identificación del texto como testamento político de José Martí, los libros de: Gonzalo de Quesada. Martí Hombre. P. 252, Carlos Rafael Rodríguez. Letra con filo. Tomo 3. P. 213, de Ibrahín Hidalgo. Cronología 1853 - 1895. P. 113, de Cintio Vitier. Ese Sol del Mundo Moral. P. 73 y el de Luis Toledo Sande. Cesto de Llamas. P. 307.

3. Sugerimos consultar en torno a este segundo elemento analógico en la forma de referirse al texto, al concebirlo como máxima expresión de sus confesiones ideológicas los libros: Julio Le Riverend. Pensamiento y acción de José Martí. P. 116, de Jorge Ibarra. Ideología Mambisa. P. 187, de Fina García Marruz. Textos antimperialistas de José Martí. P. 73, de Salvador Morales. Ideología y lucha revolucionarias en José Martí. p. 13 y de Mercedes Santos Moray. Martí, amigo y compañero. P. 166-167

4. En torno a esta segunda forma analógica de referirse al texto sugerimos ver los libros de: Jorge Mañach. Martí el Apóstol. P. 237, de Juan Marinello. El Partido Revolucionario Cubano, creación ejemplar de José Martí, en Siete enfoques marxistas sobre José Martí p. 147; de Ángel Augier. Acción y poesía en José Martí. p. 162, de Armando Hart. Discurso en Dos Ríos, 19 de mayo de 1975, en Siete enfoques marxistas sobre José Martí p. 118, de Roberto Fernández Retamar. Introducción a José Martí. P. 33 y de Antonio Núñez Jiménez. Mi Patria es América Latina. P.206.

Fotografía del Héroe Nacional de Cuba José Martí Pérez.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Acerca de Raúl Hernández Novás

Con motivo de la publicación de su Poesía completa
Por May Yudith Serrano Mulet

“Raúl Hernández Novás fue poeta.” “Raúl Hernández Novás murió en 1993.” Hasta aquí parece no haber problema con su biografía. “Raúl Hernández Novás, el poeta, se suicidó el 12 de junio de 1993.” Y aquí comienzan las dudas, los malentendidos, ya típicos, cuando se habla de la obra de los que no están.

El hombre, todo hombre o mujer, deja tras sí una imagen, un testaferro de su paso cuya fijación tributa al oficio de la memoria recogiendo, codificando, sintetizando lo que el ser humano fue mientras pudo fabricar novedades, mientras pudo ser para sí mismo y no sólo para los otros (como son para los otros los que habitan en el país del recuerdo). El acto de la muerte se impone comúnmente a casi todos los actos del hombre, recortando las imágenes difusas, aplicándoles un rasero no siempre justo al limar las aristas menos públicas y desoír instantes –a veces los más esplendorosos- de su existencia.

Advertimos que Raúl Hernández Novás no es su muerte. O por lo menos, no sólo es su muerte. Si digo que su poesía no puede ser catalogada bajo el ribete de la lírica pesimista, es porque ésta contiene una visión de futuridad que conmueve y alegra, más allá de toda la dificultad y el dolor que no pretenden esconder sus versos.

¿Cómo no alegrarse de que haya existido el poeta fugitivo, el enamorado de la belleza en su estado más promisorio –o acaso prenatal-?, ¿Quién quita que logremos, como Apolo con la huidiza Dafne, hacer de su obra un estandarte que lo devuelva, pese a su propia negativa, al mundo de los vivos?
Si recorremos los versos del autor de “Enigma de las aguas”, “Embajador en el horizonte”, “Da capo”, “Al más cercano amigo”, “Animal civil”, “Sonetos a Gelsomina” y “Atlas salta”; versos que hoy publica el Fondo Editorial de Casa de las Américas, nos percatamos de que estamos en presencia de quien fuera, quizá, el poeta más importante de su generación -si apartamos a los que florecieron bajo el influjo de los origenistas y su quehacer marcado por la visión católica del cristianismo-.

Hernández Novás parece haber sido un milagro de concreción poética al aunar en su desempeño, como bien señala Jorge Luis Arcos en el Prólogo, un amplio conocimiento de la literatura universal y el re-conocimiento de la expresión más cubana y criolla. Leer el volumen que nos presenta Casa…, es reparar en la originalidad de un poeta que siempre nos sorprende, lo mismo engendrando sonetos a la manera del buen Quevedo, que desafiándonos con palíndromos, llenos de más sentido que ingenio.

La Poesía Completa de este autor demuestra, sobre todo, que el poeta consiguió Ser en mayúscula, ser mucho más que su propia angustia existencial. Brillante creando imágenes, logró, como pocos, recrear una cosmogonía en la que madre, árbol, agua y mar, distienden el espectro de lo conocido (trascendiendo lo social sin evitarlo) y que alegorizan una dimensión irreductible al ámbito de lo cotidiano y las pautas del sentido común. De esta manera se le dio al poeta lo que muchos persiguen sin suerte: el conocimiento de una “verdadera otredad”, de una región acaso sólo semejante al “país de eterna bruma” de Julián del Casal o las islas fantásticas de Edgar Alan Poe.

Con todo, no puede hablarse, en este caso, de un poeta escapista. El autor de “Embajador en el horizonte” comparte el doble juego de Dante, su alegoría está enraizada en la tierra firme a la vez que tiende sus puentes a la Idea en un estado de mayor pureza (recurso al que Auerbach llamara alegoría figural) y aunque nos haya repetido inicialmente que “capitán el es viento” la voluntad se instala en su oficio poético probando que todo iluminado debe empezar prendiendo por sí mismo las primeras chispas.

Su último libro publicado resulta esclarecedor en cuanto subraya algo aplicable a su propia encrucijada vital: “No recuperar un tiempo perdido, sino no haberlo perdido nunca”. Cuando habla del uso del palíndromo señala “no tiene fin ni principio, sólo un centro”. Es así como la desaparición física de Hernández Novás viene a ser anulación del tiempo, más que cobarde escapada, recordatorio de que como en el palíndromo, solo existe un centro al que confluyen comienzo y fin.

Su salto al otro lado, se nos presenta casi justificable por sus versos (“Atlas salta en callado cataclismo/ por sobre su miseria transitoria” (…) “Haciendo de su muerte nacimiento/ en viaje hacia sus fuentes, Atlas salta.”). Culpable de impaciencia, dechado de calidades, buscador del origen en el fin, Raúl Hernández Novás, como Atlas, cedió al Hércules de la posteridad –que somos hoy nosotros- la carga de un mundo antes llevado a sus espaldas: va siendo hora de que se la devolvamos en una íntima y amorosa visita al Horizonte inquieto de sus versos.

Fotografías:
1. Raúl Hernández Novás, tomado de delpalenqueypara.blogspot
2. Poesía Completa de Raúl Hernández Novás, tomado de www.granma.cubaweb.cu

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Cosmogonía y poética en una casa insomne

Por May Yudith Serrano Mulet

Ay, madre, inmensa sombra… Ay, luz, señora nuestra. ¿Irás algún día tú a ser nuestra madre? Postrada estoy ante las dos, sola entre la vida y la muerte. ¿Cuándo, decidme tú, luz, cuándo seréis las dos una sola?

María Zambrano “La tumba de Antígona"


Existe algo de caprichoso y superficial en la manera en que la cultura occidental ha abordado generalmente el Ser de la mujer. El lenguaje de las ciencias y las artes la ubica -y ella parece acceder a esta ubicación- constantemente en el terreno de lo otro; de lo extraño, rozando levemente la absurdidad, e incluso confundiéndose con esta. Ante el dilema de elegir entre el estudio concienzudo de esas regiones culturales a que se ha visto adscrita la mujer -echando abajo los constructos biologizantes- o marginarla a la esfera de lo subhumano; no pocos importantes pensadores han elegido la última posibilidad. Cabe aclarar entonces que bajo la perspectiva que nos sitúa en un haber llegado tarde a un mundo ya nombrado y coordenado, es poco menos que imposible obtener de nosotras algo más que una aquiescencia “resignada” bajo la cual late una futura, e incluso póstuma, rebelión.

Quienes se han acercado un poco más a los años de espera de Penélope, al sentido de las palabras de conque la madre de Ulises lo impulsa hacia la luz; se han percatado de que hay esencias no aporéticas en la resistencia femenina, de que el devaneo del tapiz va más allá del simple destejerse nocturno para volver a rehacerse durante el día, de que lo ilógico femenino al analizarse reverente y severamente se nos muestra prelógico o postlógico, más rico en sutilezas que en sofística. Y esto sin considerar la intensidad épica de la femineidad en el ámbito primitivo del cristianismo, en el que la propia aceptación de la gracia derramada resultó mucho más fértil que todas las batallas del Antiguo Testamento, y una genealogía apostólica de madres, hermanas y discípulas enaltecieron la historia de la dignidad femenina.

Marginada de toda trascendencia, tras un período de erráticos balances entre espíritu y alma, en la que a alma correspondió la sujeción; se confinó a la mujer a los espacios limitados del domo, al sitio en que se ubica el hogar que calienta, y por ende, a permanecer; acercándose más a lo mineral y lo vegetal, que a aquella animalidad que queramos o no reconocerlo, es parte indiscutible de los constituyentes humanos. Anclaje y negación de los instintos derivaron en un logos precario y cabizbajo, no exento de ocultamientos previsores de toda derivación que escapase a lo instituido. De ahí el silencio con que se “protegen” muchos de los misterios femeninos.

También nos percatamos de que existe un ethos más estrecho para los que se quedan. Paradójicamente, podemos perdonarle al Ulises que viaja el miedo, los excesos de la lujuria, el error y el homicidio; pero criticamos, de la Penélope que se queda, los argumentos con que salva la vida de su hijo y el reino de la familia. Y es que todavía se pretende que es más heroica u honrosa la cinegética de quien persigue al destino, que la claridad del que prepara los mejores advenimientos con el humilde actuar cotidiano. En esa melodía cotidiana, nunca bien comprendida, en ese ritmo de ascensiones y hundimientos, no en el tiempo convencional de los relojes; se ensimisma la Casa de insomnio de Yulexis Ciudad, casa en que la feminidad se niega a callar sus avatares.

Y es por cierto, uno de los logros mejores de esta “Casa…”, el haber conseguido humanizar la espera –feminizándola y permitiéndole discurrir- otorgándole su angustia, su impaciencia, sus dudas y sus abisales tentaciones. Otro logro, mayor, es hacerla discursar, desenvuelta en parábolas (la muchacha y el parque, la mujer y los barcos de papel, las letras que se mueren, la fuga del hombre y la muerte del perro). En otras palabras: contar la historia que no se le pregunta porque es la historia más temida, esa que narra las nupcias con la absoluta soledad; la soledad que se sabe irremediable porque aúna en el mismo soplo –como el insomnio- lo imperdonable de la vida y de la muerte. No es fortuito que Dulce María Loynaz, portavoz de otra casa derruida y a quien Yulexis toma prestada la cita inicial, haya reclamado como única posesión aquella “pura soledad”.

Por otro lado, si continuamos leyendo, la locuacidad de la casa no niega que sus líquidos sean mudos (nos asomamos a la alberca en que reposa el pájaro), que sus calles estén cerradas –pues cada espacio limitado, repite lo exterior humildemente-, que los ojos del pájaro estén vueltos y opacos como aquellos cenotes de sacrificio maya, que no consiguen reflejar, aún hoy, la verdadera luz solar. La imagen del pájaro se usa para cubrir la piel interna del hogar, donde se mezclan en atinada lógica las plumas y cenizas, porque ciertamente la naturaleza del hogar es doble: es el fuego y el nido. Eficaz juego de desvestimientos que propugna que un interior sólo puede cubrirse con otro interior, y porque el pájaro de esta casa desecha las ventanas, “ya no mira”.

“Casa de insomnio” se abre a la música “La música espera, se detiene lejos”, “el aire con su música en los cordeles”. Ello lo lleva a fundar un tiempo nuevo, que traga y regurgita los tres tiempos comunes. Por un lado el tiempo actual, “tiempo enemigo” que sirve para encender la vida o esconder la luz. Tiempo que no marcha a favor sino en contra del ser en esta casa, pues obliga a elegir entre sensualidad e inmovilidad; dos tipos de resignación que disimulan, en el fondo, la misma ruta gris.

Por otro lado existe el tiempo que podríamos llamar preactual, porque expresa sentidos diferentes al del simple pasado. Si el pasado recoge todos los hechos que fueron y no son, en una suerte de omnisciencia de la memoria, lo preactual es solamente aquello en que se basa el íntimo drama de hoy, “lo que era hierba es mar”, “en sueños se perdieron las luces”, “te asomaste a las columnas de la noche”, “se evaporó una mano”, a lo que se suma la decepción, o la pasmosa muerte de lo que imaginábamos eterno, la conversión de un ser en otro ser, puesto que como se verá, en esta casa no se conciben los vacíos.

El otro tiempo –escaso, pues casi todo el poemario está lleno de presentes- es el de la futuridad “acaso habrá otra vez”, “jamás me atreveré”, la escasez de futuro no asombra si tenemos en cuenta que quien vive en la música tiene al silencio como único heredero. En este tiempo musical, lleno de mecimientos, no parece preciso asimilar la voz del pájaro (voz matinal) a la voz que se abre (nocturnamente, cuando “ya no hay luces abajo”) amenazando con cantar antes de ser cantada; recordando a su madre los peligros de añadir una mínima línea al Libro de la Vida.

La casa del insomnio corrobora cada presencia con su propia sustancia repetida “En el silencio suceden otros silencios”. La propia reiteración del posible hundimiento da la idea de ocupación más o menos densa de los espacios. La autora enfoca el mundo desde el espacio; desde el espacio interno e íntimo, no desde la extensión agónica. Dice “La casa interminable”, no “la casa infinita”, y esa ausencia de términos reitera que hablamos de un mundo sin otredades, doméstico, visto desde una arista de sí mismo.

Nos hallamos entre coordenadas aparentemente apacibles, existe un “arriba” y un “abajo”, la vemos repetir “lo alto”, un “dentro”, un “cerco” y unas “puertas”. La vemos aludir al juego de los peldaños, a la ilusión de las escaleras que pretenden graduar la subida, la vemos negar otro ascenso que el salto de “dentro” a “lo alto”, o hacia el no siempre negativo “hundirse”. Parece decirnos que nadie asciende o desciende normalmente en la Casa de insomnio. El propio insomnio no es un paisaje medianero entre la vigilia y el sueño, sino una intermitencia que los acepta o los niega, según como palpite el dolor –pues aquí el existir es doler- en cada instante.

El contrapunto entre las luces y las sombras colma el poemario. Algo de luz que se sepulta “cuánta luz sepultada”, “cómo sepultar mejor toda luz” o que arremete “muerde la luz”, o la luz que simplemente huye “la luz también me deja”, “se perdieron las luces por un momento”. Con esto llegamos a otra precisión, trazada entre las luces y las sombras, y entre las luces que quedaron abajo y las de arriba, entre el sol y la noche; juego de sombras que reteje el debate del insomnio -de quién se dice técnicamente que puede brotar cuando se nos muere un ser querido, y agudizarse cuando descansamos de día-. El insomne, que no está a gusto con los desvelos de su noche, recibe el día sin alegrías, guiñándole al señorío de la luz; sólo la turbia incontinencia de las tardes le parece festiva; este es el momento que aprovecha una “Mujer de hule”, para soñarse el paraíso entre la música de los tendales.

Como epitafio al dorso de la puerta de entrada, hay en el libro, un mensaje que imita al que situara Dante en las entradas del infierno, “Esto es peor/ que escribir/ sobre viento, / (…) que lamer/ una llaga/ Musgo/ en la madera podrida.” De nuevo se insinúa la presencia del tiempo reclamando sus derechos sobre lo vivo, interrogando sobre la duración del musgo en la madera que se corrompe. De nuevo el “enemigo” midiéndole las horas a la existencia, cuestionándole su futuridad; clavándonos con esa “espina de pez” al relicario abandonado por algún Dios que huye sin darnos señas y al que pedimos sólo “comprender como comprendes al hombre”. La poetisa le ofrece el sacrificio “perder acaso mi barca”, pero este Dios es pura fuga y abandono.

De la fuga del otro se infiere la posibilidad de la propia fuga, apenas un batir de alas y es Ofelia en su angustia, “La mujer de puente”, equilibrista que pretende escaparse del doble, del espejo que confunde su rostro sobre el agua. Suicidio que agujerea la ciclicidad, y en el que se rescatan los impulsos de hurtarle el cuerpo a la pérdida, a esa disminución que nos recuerda Virginia Wolf en el exergo del poema “Como quiera que empieces, siempre acabas con mucho menos”. Mas, comoquiera que lo intente, el olvido arriba antes, confundiendo a la propia voluntad y el rostro que se busca, el propio rostro, ya espera al otro lado, bajo el puente.

Tras esta suerte de demostración por el absurdo, la poetisa avanza, se mueve desde la afirmación dolorosa y excluyente “la luz también me deja”, para luego decir los límites de sí misma “Soy una fronda/ un rayo de luz/ que no cruza el umbral”. Inventa un nuevo espacio para la supervivencia de los insomnes cuando reclama “El mundo se apaga/ y aún estamos vivos” (…)/ aunque seamos una sombra/ sin regreso”.

Finalmente resume la nueva esencia descubierta en la exigencia descarnada de la casa “esta sombra que soy/ y que me sobra”. Menudo grito para quien ha tenido la entereza de retar al vacío convirtiendo su mero aparecerse en rocas, que “se dejan abatir hasta gastar la esencia de sus torsos”. Más bien se habla del orgullo de ser sombra, de sobrarse a sí misma aún en ausencia de la luz, “mi fuerza es el cincel”, escribe, con la suficiencia de una antigua sacerdotisa, en el último poema.

Más que afirmar que es un libro autobiográfico, de lutos y desgarramiento, hay que apuntar que el texto indaga en el sentido femenino de la existencia, visto desde los límites, desde el agotamiento, el hambre, la soledad, la conformidad más dolorosa, el miedo y las ansias. De ahí la complejidad de una indagación que obliga a desdeñar lo maniqueo de las oposiciones muerte/vida, luz/sombra y cuerpo/mente. ¿Conoce la autora del sobrio debatirse de Antígona? Y más que conocer, palabra poco grata a nuestros oídos, ¿no es el insomnio que nuestra autora deslinda –sin llegar a lo que hubiese sido una pueril descripción- semejante al de la heroína de Sófocles, la hija que guía al padre –Edipo ciego-; no es el insomnio de la hermana que se hunde en la tumba en que yacen los restos del hermano, el de la mujer que prefiere la sombra digna de la convicción, a los fatuos esplendores, y que opta por la cercanía de la muerte ante la posibilidad del olvido del alma?.

Asistimos así no sólo a un recorrido poético sino a una trayectoria más significativa de la ética. Se transita desde la confirmación de una fatalidad, desde el desgarramiento que nos pone el ribete de víctimas -hundimiento de Antígona- hasta la confirmación definitiva de la propia fuerza -enamoramiento de Proserpina-. “Gris sobre gris” expone el mejor saldo del poemario, la ganancia de estas confesiones, la utilidad de estos diálogos con el dolor y la decepción, el remedio de Sísifo, el fin del espejo y el comienzo del amor. Ahora nos dice francamente “Amo estas paredes. / Cada grieta firme/ en tiempo de peligro”; y el amor viene como a reintegrarle al tiempo su inocencia, tiempo que ya no es un enemigo sino sólo peligro, algo con lo que hay que tener cuidado mientras se cincelan las paredes de la Casa, casa que ya no sólo nos elige sino que ha sido elegida por nosotros, porque es capaz de erguirse desde todos los grises al blanco del amor.

martes, 22 de septiembre de 2009

Roles de género en “Los zapaticos de rosa” de José Martí

Por Susana Carralero Rodríguez y Eglys Martín Astorga

Los zapaticos de una rosa es una obra de obligada referencia dentro de la literatura cubana y latinoamericana. Su profundo humanismo vigente y enaltecido en nuestros días lo ha convertido en un clásico de la literatura infantil de todos los tiempos desde que fue publicado por vez primera en el tercer número de la revista mensual La Edad de Oro en el año 1889. Este periódico constituyó la primera publicación dirigida a los infantes latinoamericanos. En esta obra el autor ofrece especial atención a los sentimientos humanos y a los valores universales que deben regir la conducta humana.

Los zapaticos de rosa parece haber sido escrito específicamente para las niñas. Para ellas son muchos de los mensajes de la obra. De hecho la dedicatoria es especificadamente para Mademoiselle Marie, María Mantilla a quien le consagró enorme ternura. Esta niña es sin dudas uno de las mujeres que mas amó Martí y de quien recibió además infinito cariño y sublimes placeres. Aunque la mayoría de los mensajes de la pieza son universales muchos encierran un mensaje implícito que alienta al encanto y decoro femenino. En carta a María Mantilla Martí escribe [...] Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así no la ama: Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto.[1] Vaya la niña divina, dice el padre y el da un beso. Estos sentimientos aparecen representados en "Los zapaticos de rosa" precisamente en devoción del padre hacia su hija convirtiendo a Pilar en un ser adorable y tierno. La obra emana ternura, dulzura, lirismo.

“En Los zapaticos de rosa hay un diálogo oculto entre Martí, las niñas y su familia, generaliza los atributos que deben caracterizar a las niñas y a las madres: “niña hermosa”, “madre buena”.Con dos adjetivos cualifica los roles de niña y madre, hecho que señala hacia lo que debe ser la moral femenina, al situar lo bello como ejercicio de entrega al hombre y del bien hacia los demás, independientemente de las clases sociales que se traten". [2]

En la obra prevalecen los personajes femeninos, el protagónico Pilar, y los otros tres de mayor peso en la narración: la madre, la niña enferma y su progenitora. A ellas se les suman en orden de aparición el aya de la francesa Florinda, Magdalena, una rusa y una inglesa. El contexto lo completan tres personajes masculinos de escasa presencia pero con pensada trascendencia en el texto: el padre, un viejo y Alberto, el militar. A ellos se suman personajes que formarán parte de la escenografía literaria: sentadas con los señores, las señoras, como flores. En este caso la imagen femenina también se pospone a la masculina que aunque solo sirve como pretexto para halagar la belleza femenina la reafirma al necesitar ella estar sentadas con ellos.

Es destacable el hecho de que todos los sentimientos de la obra están representados, los padecen, personajes femeninos. La riqueza, la pobreza, la maldad, la compasión, la alegría, la tristeza. Las figuras masculinas parecen ser solo retratos, sin embargo queda explicito que son personajes con poderes económicos o militares, es el padre quien tiene el poder en la familia, el que permite, entrega, envía. La representación de un personaje débil masculino recae en un viejo, que solo sirve como pretexto para la sociedad colonial. Por otra parte Alberto, quien ha salido de un desfile hace gala de una de las profesiones mas estimadas en la sociedad colonial. Le es asignada una categoría distinguida, respetable y hasta envidiada por los jóvenes de la época: Está Alberto, el militar/ que salió en la procesión /con tricornio y con bastón...

La mujer es la que sufre y se conmueve ante los hechos de la vida, es la que asegura la felicidad de la familia y la que es capaz de estremecerse ante gestos sensibles. Son ellas las que consuelan y por supuesto se identifican más con el dolor: "Se vio sacar los pañuelos/ a una rusa y a una inglesa;/ el aya de la francesa/ se quitó los espejuelos". Ningún hombre se inmuta ante el acontecimiento. Las mujeres, independientemente de su estatus social, son capaces de sensibilizarse y además de ello demostrarlo públicamente.

Se aprecia ante todo que el género abarca los rasgos que la cultura atribuye a hombres y mujeres. Por otro lado el género conduce a formar jerarquías, al otorgar valor y estatus a las actividades realizadas por los hombres, no así a las mujeres, por tanto la posición de estas es de subordinación total, hecho que conciben así la mayoría de las sociedades.[3]

Los roles de género históricamente han asociado a la mujeres a la maternidad y el hogar. Ellas quedan relegadas al plano decorativo, a la belleza física, a la aceptación de preceptos tradicionalmente establecidos por la sociedad. Las féminas lucen la belleza del cuerpo que complementan con vestimentas apropiadas que cubran y adornen su mayor tesoro. El autor lo sabe, vive en una sociedad absolutamente de hombres y no puede escapar al influjo de engalanar a su personaje con todo lo magnífico que su letra puede: "quiere salir a estrenar/ su sombrerito de pluma./ Ella va de todo juego, con aro, y balde y paleta...". A ellas, y sobre todo a la niña, engalana con adjetivos, símiles, metáforas de exquisito lirismo: la niña divina, mi niña hermosa, muy oronda, niña caprichosa, la del sombrero de pluma, un sombrerito callado.

Las ideas de Martí relacionadas con las mujeres responden al momento histórico en que vivió y su obra no escapa de la sociedad latinoamericana del siglo XIX. Los tratamientos específicos de cada personaje se ajustan a patrones socioculturales imperantes.

En la obra se vislumbra la importancia para la mujer de educarse desde niñas bajo conceptos estrictos de feminidad: jugar a las muñecas, ser madres, amas de casa, atributos indispensables para la moral femenina. De ahí se desprende la crítica a la niña que maltrata a su muñeca renegando implícitamente su condición de madre. Magdalena es llamada mala a pesar de corresponder en atributos superfluos a los gustos de la mujer: "¡Y qué mala, Magdalena con tantas cintas y lazos, a la muñeca sin brazos enterrándola en la arena!"

La estructura familiar patriarcal estableció una jerarquía rígida de supremacía para el hombre, en tanto sexo fuerte y de subordinación para la mujer, sexo débil, esta última es la encargada del proceso reproductivo en todos sus estadios. Se ha derivado injustificadamente que todas aquellas actividades relacionadas con el cuidado de los hijos y las labores domésticas, son responsabilidad únicamente de las mujeres; se ha instrumentalizado incluso, a través de las instancias de socialización de la cultura, un discurso que promueve la asimilación de estas funciones, que por naturaleza le corresponden realizar según los patrones machistas. Para desarrollar sus funciones reproductivas con calidad, debe ser sumisa, dócil y seductora con el macho, pues de las estrategias de subsistencia de éste, dependen las garantías y seguridad del proceso descrito.[4]

Es también la mujer y sus descendientes femeninos quienes sufren con más dolor las calamidades de la miseria: "Yo tengo una niña enferma/ que llora en un cuarto oscuro son quizás los dos versos mas punzantes del poema martiano, escritos con la intención de hacer vibrar de dolor.

De la mujer se vale el escritor para sublimizar los actos de entrega, desinterés y ayuda al prójimo, sobre todo si de ayudar a otra mujer se trata: ¡No quiere saber que llora/ de pobreza una mujer! Se trastocan en Pilar el gusto por una materialidad previamente enseñada-«¡No te manches en la arena/ los zapaticos de rosa!»., pero no te mojes/ los zapaticos de rosa».en un deseo de dar todo para aliviar dolencias humanas. dáselo! y eso también! ¡tu manta! ¡tu anillo!»

En "Los Zapaticos de rosa", utilizando elementos descriptivos de suma belleza, (Martí) deja ver las diferencias sociales y su repercusión en el disfrute de los recursos naturales.(...) Reflexiona sobre la situación de los humildes, en contraposición con el universo fastuoso y falso de los ricos. Los contrastes sociales se vinculan a las características del medio natural[5]. La protagonista está protegida y cuidada sin embargo añora la libertad privativa al hombre y un tanto a los pobres. Dicen que suenan las olas mejor allá en la barranca, y que la arena es muy blanca donde están las niñas solas. donde se sientan los pobres, /donde se sientan los viejos!

Los modelos femeninos apreciable en "Los zapaticos de rosa" de José Martí a las jóvenes generaciones, tiene notable vigencia. “Lo cierto es que su propuesta modélica tiene mucho valor ético en estos tiempos, donde la familia es un concepto cultural en crisis, se incrementa el divorcio, la prostitución del cuerpo, el abandono de los hijos y una situación económica precaria, donde la escuela intenta sustituir la educación de los hijos”. [6]

El punto clímax de la obra es el ofrecimiento de lo que se le ha recalcado a la niña que debe proteger. La infante ofrece su tesoro en expresión solidaria de piedad. La actitud solidaria de Pilar ante la niña enferma, es un reclamo contra la pobreza material y espiritual y por la igualdad entre los humanos.[7]

Los zapatos, quienes aparentan ser el centro de la obra, el elemento esencial que le confiere título a la misma pero que es absorbido por Pilar alcanzan su verdadero valor no por ser nuevos, o de rosa, color lógicamente relacionado con la femenidad sino en el momento en que sirven de pretexto pasando de una niña a otra para transmitir valores profundamente humanos y emotivos.

A través del poema y sus personajes femeninos Martí manifiesta sus ideales de superación humana en defensa de la sensibilidad, a través de personajes frescos, espléndidamente dibujados por su pluma. Los zapaticos de rosa difunde la mas bellas sensibilidad con un alto contenido estético y formal.

José Martí escribe La Edad de oro para los niños y las niñas de América sobre los que descansa el futuro del hombre, para ellos son estas experiencias válidas de la vida del ser humano y de la sociedad.

Notas.
[1] Martí, José: "Carta a María Mantilla, 9 de abril de 1895", en Obras Escogidas, Tomo 111, Editorial de Ciencias Sociales.
[2] Fernández Verdecia, Arnoldo: Leer La Edad de Oro con ojos de mujeres, 117 años después. . http://www.radiogritodebaire.co.cu/html/ Mart% C3%A D % 201.htm
[3] Idem
[4] Idem
[5] Velázquez López, Alberto, Frómeta Fernández, Ada Berta: La educación ambiental en la edad de oro en Aproximaciones a la edad de oro, Editorial Universitaria, 2006.
[6] Fernández Verdecia, Arnoldo: O.Cit
[7] Velázquez López, Alberto: O. Cit
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero39/zapatico.html

NOTA DE CONTRACUBIERTA: ¡QUÉ HORROR!

Por Yunier Riquenes García

Me he puesto a revisar en diccionarios y libros. Quiero saber qué son las notas de contracubierta; últimamente no puedo descifrarlas. Hay obras que aparecen con tres o cuatro líneas donde, claro, se mencionan algunas palabras que hacen de la nota de contracubierta una receta fácil. Estamos hablando de dolor, tristeza, desgarraduras y soledad. Una oración donde se hable de la profundidad del texto, búsqueda y ruptura, no puede fallar. Me sigo preguntando qué cosa es una nota de contracubierta bien hecha. He encontrado algunas y debería citarlas, pero prefiero que usted las descubra. No es una tarea difícil.

Recuerdo las clases de biología del preuniversitario donde se decía que el organismo funciona como un todo, y pienso en el libro como un organismo vivo, en esa parte de su cuerpo afectada por un virus que no lo deja desarrollar.

Imagínese, si a pesar de la falta de brillo y gracia con que son impresos la mayoría, las palabras, las breves palabras que deben incitar a un comprador dicen lo mismo que muchos otros, ¿cuál puede ser la diferencia entre ese ejemplar y tantos otros?

Puede tomar en la mano una novela, un libro de poemas o de ensayo y hablarán en los mismos términos, aludiendo a los mismos valores. ¿Cuáles serán las razones para que ciertos editores no se tomen el trabajo de elaborar el texto de contracubierta? Supongo que eso forma parte de la ética del editor, supongo que también de la seriedad con que se asuma el trabajo. A veces los propios autores son los culpables por firmar los contratos y no revisar el libro terminado; o como sucede a veces, a varios hacedores de libros no les interesa y no permiten ver a los escritores sus notas, o se las leen de paso por el teléfono.

Los autores deben revisar sus notas de contracubiertas, al menos si tienen esas palabras que sean bajo su autorización, y pueden recordar que si el editor redacta unas palabras para salir del paso, porque cree que ya terminó el trabajo, pues entonces dígale con toda propiedad que no, usted no quiere esas cuatro o cinco líneas que no hablan de su libro. Tal vez entonces, alguien se tome el tiempo para redactar cuatro o cinco líneas pensando en su libro y que lo diferencie de los demás e incite a la lectura a quien lo tome.

¿Cómo es posible que algunas notas de contracubierta y los datos de los autores, a pesar de ser breves tengan erratas?, ¡qué horror!, mejor ni se abre el libro, ¿cómo es posible que ni siquiera los datos de los autores aparezcan actualizados? Así van las cosas, y los principales culpables, digo, son los autores por no exigir una revisión, al menos digital, de lo que se va a imprimir, tienen derecho a ello.

Creo que hay que estudiar las notas de contracubierta, encontrar posibilidades, como los finales de un cuento, por ejemplo: citar fragmentos de entrevistas del autor, de un ensayo, de un poema o cuento, qué se yo, tantas variantes elegantes como puedan existir de acuerdo al texto. El libro no solo es edición, diseño, composición, ilustraciones, cubierta. El acabado también depende de la nota de contracubierta.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Reconocer las diferencias pero con amor

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Al concluir el Concierto Paz sin Fronteras, este domingo en La Habana, muchas cosas cambiaron para el mundo en la percepción de la familia, la relación entre los países, las religiones e incluso las diferencias ideológicas. Por encima de todo, señaló el cantautor Juanes, está el amor entre los hombres.

Como nunca antes Cuba vivió una jornada vespertina esencial en su historia musical, el megaconcierto rompió las expectativas pues contra todos los pronósticos la asistencia de público sobrepasó el millón de personas.

Fue hermoso ver flotar la Bandera Cubana entre tanta gente de varios países, mucho más emocionante fue escuchar la palabra Cuba en la voz del público. La delicadeza de Juanes, al dirigirse a los jóvenes cubanos llamándolos hermanos, y reconocer que somos diferentes, trasciende toda miseria humana.

Sirva este concierto Paz sin Fronteras, al menos yo lo aprecio así, como una sencilla forma de sobreponernos a las divisiones familiares, ideológicas, sexuales, raciales y hasta religiosas. Todo hombre al venir a la tierra tiene derecho a pensar y hablar sin hipocresía, a vivir como hermano con sus semejantes.

Una bocanada de aire a la literatura

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Jorge Labañino Legrá es uno de esos poetas que se deleita con el alcance de la palabra al nombrar zonas que el ojo común no alcanza a vislumbrar. Entre sus libros escritos y publicados desde Contramaestre se encuentran “Oración del que traiciona” y “Rumor de higuera”, Ediciones Santiago, 2002 y 2005 respectivamente. Ha sido finalista en el concurso Calendario.

Conversar con Labañino Legrá sobre su percepción de la poesía en los 90, es un privilegio para el que quiera conocer como un escritor del interior, en Cuba, se representa ese proceso.

Arnoldo Fernández Verdecia: ¿Se puede hablar de una generación de novísimos que defina la literatura de la década de 1990?

Jorge Labañino: El asunto de las generaciones siempre ha sido polémico, hay quienes aborrecen el término a la hora de hablar de literatura. Los jóvenes que escriben en la década de 1990 arrastran el período que le antecedió, están influidos por una norma, la conversacionalista, o posconversacionalista como la denominó Jorge Luis Arcos. Pienso que se fijaron paradigmas que venían de los 80 y los que escriben en la nueva década se convierten en sus epígonos.

AFV: ¿Qué impacto tuvieron los 90 en el discurso?

J L: Cambiaron los asuntos hacia los que se orientó la literatura, se dejó de hablar del revolucionario como un ente sin defectos, el enfoque se orientó hacia zonas marginadas hasta el momento. La pérdida de referentes abocó a los escritores a desempolvar temas que retrataran mejor la realidad que se estaba viviendo.

AFV: ¿Algunos críticos señalan que la literatura a finales de los 80 entró en un momento de asfixia, sin embargo surgen nuevos proyectos?

J L: El grupo Diáspora es uno de los que presenta una revista respaldada por un proyecto poético bien fundamentado. Víctor Fowler al hablar de ellos, dijo que era una bocanada de aire a la literatura que ya se encontraba vagando en una inercia improductiva, yo también lo pienso así, claro, este movimiento defendía sus códigos estéticos muy apegados a lo foráneo, carecían de una propuesta estética que naciera de lo propio.

AFV: ¿Qué faltó para el nacimiento de una literatura propia que rompiese con los 80?

J L: Todo poeta se proyecta hacia una ruptura, hacia una discontinuidad con sus antecedentes hegemónicos. En ese sentido ha faltado una relectura novedosa y creativa de la tradición, no sólo en el aspecto literario sino en el asunto filosófico, antropológico, todo esto incide en el armazón que uno puede realizar para su comportamiento y proyección estética.

Desde mi posición como escritor trato de negarme a asumir las poéticas actuales, desmarcarme de la moda. Lo determinante es interrogarse a uno mismo en lo que quiere, orientarse a partir de los libros que necesita, nutrirse continuamente y centrarse en la evaluación crítica y superadora del pasado.

AFV: ¿Son importantes los circuitos publicitarios para dar a conocer esas poéticas individuales?

J L: Pueden incidir o no en su promoción; pueden hasta fabricar una imagen en torno a determinados autores, que muchas veces no son los mejores, pero son los favorecidos y entran en la moda de lo novedoso y es lo que la gente lee. Lo novedoso para mi está en la forma de tratar el discurso en el texto, pero se corre el riesgo, por estas cosas de la promoción, de quedarse en la moda.

AFV: ¿Qué significado tienen en tu poética la filosofía y la teología?

J L: La filosofía crea una conciencia en el tratamiento de los asuntos poéticos, digamos sobre la historia, el individuo, la existencia en sí. La teología me aportó el enfoque del mundo para comprender los móviles humanos que están llevando al hombre a un desgaste total.

AFV: ¿Cuál es la crítica necesaria para la literatura de los 90?

J L: La crítica padece de una levedad total, si no hace jerarquizaciones sobre textos y procesos literarios que vive el país. Sería de mucho valor para la historiografía literaria, para la orientación del lector, una crítica vital que haga jerarquizaciones y distinciones de los procesos literarios.

AFV: ¿Cuál es la actualidad, en cuanto a lecturas, de los que hacen poesía en los 90?

J L: Hay carencias a pesar de que se han llenado un poco a partir del momento histórico que se vive con las ferias del libro, sin embargo hay un vacío inmenso que de una manera u otra lastra la actualidad de la poesía, si intentamos ubicarla en la órbita universal.

sábado, 19 de septiembre de 2009

MALDITA SEA: Poesía en el solar

Por Eduard Encina

Nunca he entendido bien el asunto de los márgenes; si son una condición o un estado. El hombre se sitúa o lo sitúan frente a las cosas para que le otorgue significado, tal vez allí radique la diferencia: situarse al margen o que te sitúen.

Más o menos así podemos asumir la poética que encontramos en Maldita sea, libro publicado por la editorial Letras Cubanas y con el que Yansy Sánchez mereciera en el 2006 uno de los premios Pinos Nuevos de poesía.

Creo que fue en algún apunte del Cuaderno Verde, donde leí a Duchamp cuando escribía que la pintura no podía ser únicamente retiniana y en esa afición por las imágenes se dilata el ojo del lector para encontrar en estos poemas, pequeños lienzos, poemas para llevar colgados en la conciencia, donde la forma prosaica justifica el equilibrio, el flujo y reflujo de ideas que nombran más allá de la retina los tugurios del alma y dejan un sabor a sustancia conocida, a intemperie.

Hay en estos versos una voz ciertamente angulosa que penetra la realidad, no para revelarla, sino para sacudirla. “La poesía – escribió Heidegger- no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni solo una pasajera exaltación, ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la Historia”. No será gratuita entonces la postura del poeta al examinar ciertas zonas periféricas o marginales en la que se expresa lo cubano, reincorporando a sus versos una vocación axiológica que trasciende toda armonía o complacencia, lejos del palabreo o los arrebatos existenciales frecuentes y sintomáticos en mucha de la más reciente poesía.

“Por cuál camino evitaré esta tarde a los míos que me prefieren otro para que caiga el pan”- nos dice y otro es el miedo replegado en la incertidumbre, hacia la relectura del Ser, no a través de un folclorismo epidérmico, sino en el desgarramiento de la raza, la segregación y la manipulación de identidades, en el deseo de trascender la historia no contada, la del cuerpo vivo que se produce y se reproduce cada día.

De tal manera encontramos un ansia por recuperar el sitio de una promoción que no se aferra a lo inmediato y busca en lo disperso un fragmento que la salve. Quizá por eso acude a lo intertextual, a procedimientos lúdricos con las diversas corrientes culturales que dialogan en sus versos, desde y hacia todas partes, como “La falta de Nilo en la palabra Nilo”.

Divide en cuatro secciones el Cuaderno, sumergido en el abismo de Baudelaire, Mallarmé, Valéry y de Ángel Escobar; presencias que le proporcionan al texto ciertos olores, ciertas posturas en la voz que expresan conciencia del acto de la escritura. Por otro lado resurge entonces el cosmos donde es muy preciado respirar a Borges, Lezama y Martí en una amalgama encubierta, pero telúrica.

Otro hallazgo, pienso, es haber encontrado el tono con que el sujeto lírico parece contar una historia, y al contrario, lo que hace es interrogarnos la propia. No creo que esté en lo cotidiano su esencia, ni en la gama temática las ganancias del libro, la esencia es la fe, la escritura como posibilidad y destino.

Para terminar quisiera referir, que si bien la nota de contracubierta se las arregla para deformar al lector, limitándolo y enredándolo en una cantata que puede servir de colorete a cualquier libro; al degustar Maldita sea, uno asume la experiencia de que la poesía no es un gesto fugaz que emana de las cosas, sino la permanente trascendencia del Ser hacia las formas de la verdad.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Algunos bocetos sobre LA IRA DEL CORDERO

Por Eduard Encina Ramírez

Hace pocos días, mientras terminaba de pintar un cuadro que tenía sobre la mesa, no sé por qué razón comenzó a larvarse la idea de que en Santiago la literatura volvía a encontrar un respiradero y comenzaron a pesar sobre mí una serie de lecturas que se iban mezclando con la espátula género por género hasta que llegó la décima y con ella la intención de escribir unas palabras sobre La ira del cordero, el del escritor Osmel Valdez Guerrero (Baire, 1971).

Si tenemos en cuenta la bonanza en que se ha sumergido el género durante los últimos años, tanto en el plano de la expresión y el lenguaje, como en el aspecto temático que se ha deslindado del discurso rural o amoroso para internarse en lo puramente filosófico o citadino, atravesando los saberes de la ciencia, y también los abismos de la marginalidad, quizás podamos comprender que con la publicación de La ira del cordero, por Ediciones Santiago, asistimos a la inauguración de una voz y un registro distintivo dentro del género.

Asumir la escritura como posibilidad de salvarse o salvarnos, proponernos una lectura inteligente que escapa a todo palabrear sin esencia y demás comodines que suelen infiltrarse en lo cadencioso o musical del verso, son algunas de las ganancias de este libro donde el sujeto lírico interroga para introducir la duda como elemento generador de una atmósfera de incertidumbre, de pérdida de la noción de futuridad que caracteriza a su generación:

"¿Y cómo no supe luego/ que la voz nos abandona/ que ya no soy la persona/ elegida para el fuego? Nos dice el autor y más adelante termina con la angustia de indagar en la existencia: Miro la noche de frente/ como a los ojos de un muerto/ y regreso al mismo puerto/ o mejor al mismo puente".

Otra mirada por la que nos conduce el cuaderno es por la asimilación sincera y profunda de presencias como las de Martí, Lezama, Fayad Jamás, Rilke, Lautramont, y muy en particular la Biblia donde sería indispensable detenerse por el profundo aliento religioso que mueve todo el libro, desde la elección misma del título, hasta el recorrido de cada décima por el temor y los derrumbes humanos que desembocan en un enfoque teológico sin perder la belleza y lo sugestivo del lenguaje:

"qué diminuta señal/ tiene el hombre en la mirada/ parece como una espada/ que dibuja un espiral./ Dice “estoy bien” y está mal/ que su pie no se adelante/ que quiera cantar y cante/ el cielo que hay en su voz/ Que diga “gracias a Dios”/ sin que la luz se le espante".

Asumir como el autor que “estar cuerdo es un estado/ de la voz, no lo de la mente” nos recuerda aquella sentencia de William Carlos William de “no emplear ideas sino las cosas” y Osmel Valdez a través de la imagen logra en este cuaderno, acercarnos a una visión más bien endógena del individuo, que busca conformar su yo a través de la experiencia y no de la tradición, el otro se convierte en vehículo para encontrar lo propio en una especie de teatralidad en que los contextos no son más que oportunidades para que ese yo alcance conciencia e identidad.

"Ensayo vuelvo al retablo/ sin música en la garganta./ Yo no canto nadie canta/ su desnudez. Luego entablo/ otro artilugio y no hablo/ por el índice en el viento./ Afilo este sentimiento/ de horror. Se apagan las luces/ la noche está hecha de cruces/ y un violín sanguinolento".

Podría ser este un acercamiento demasiado breve a la lectura de La ira del cordero, que sin dudas ya nos deja el placer de no quedarnos indiferentes. Es un libro que asume el riesgo de inquietar, de no dejarse leer al tirón, sino que complejiza la docilidad de la página y nos empuja hacia el espejo, donde la angustia hace muecas y aún se nos parece, nos mira buscando amparo, pero no sabe que para subir es mejor/ el cielo que la escalera.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Apreciar el mundo de lo ancho a lo profundo

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Ser cubano es un proceso que transita momentos no terminados. Es de todos conocido que la perspectiva cultural aporta ambigüedades que no permiten adentrase en lo profundo de la cubanía. ¿Se puede hablar de cultura material cubana? ¿Se puede asumir el de cultura espiritual cubana?

Soy de los que no acepta la clasificación de valores espirituales que asume al cubano como vividor, dicharachero, poco reflexivo, choteador, ligero y proclive a la corrupción y al sexo por las características del Trópico; imágenes de referencia para los turistas que vienen tras el mito de la mulata, el buen ron y una naturaleza afrodisíaca.

Me parece que en esa posible ligereza, tan maltratada, el cubano oculta profundas heridas que le vienen a través de su historia: los fracasos de Yara, el Zanjón, la intervención yanqui en la Guerra del 95, los Independientes de color, la Revolución del 30, el asalto al Moncada, Alegría de Pío, Playa Girón y el Período Especial, entre muchos otros.

Si comprendemos lo cubano como mezcla de razas, artes, comidas, religiones, bebidas, entonces aceptamos un injerto que tienes muchas ramas.

Una metáfora parece identificarlo: ajiaco, pero en el sentido culinario del término, resultado de varios cocimientos puestos al calor del Trópico, proclive a varios picores, una olla que viene de lo profundo a la nata y su contenido es más sabroso si lo calentamos al otro día.

Me pregunto entonces, ¿por qué no aceptar como cultura cubana la suma de grandes voces del pensamiento, la lírica, la ciencia, que una vez trató de inventariar el sabio Jorge Mañach? De ser así, lamentablemente Cuba no tiene un Carlos Marx, un Gotha, Cervantes o un Shekaspeare. No tiene una Biblia escrita en su espíritu, un Corán, o tal vez un Popol Buch; sólo conserva unos modestos petroglifos que parecen ser la huella de los primeros padres e ilustran la infancia del pensamiento cuando Europa tenía armas de fuego y barcos de velas.

Está claro entonces que no se debe buscar lo cubano por la alta cultura, sino en lo popular. Sus formas comprenden la lengua marginal, la música, la danza, los juegos, la mitología, los ritos, la religiosidad y las costumbres. De la mezcla de ese patrimonio intangible trasmitido por silenciosos fundadores traídos a la fuerza desde África, Islas Canarias, China, o los que huyeron desde la vecina Haití, o de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX, cristaliza una capacidad imaginativa que no le encuentro comparación en la historia.

En esa clarividencia de asumir las cosas a veces duras, otras alegres, se define lo cubano, un ser capaz de apreciar el mundo de lo ancho a lo profundo, aunque para ello acuda a expresiones que no se reconocen en la norma culta de la lengua, y es que su existencia tiene tantos matices, que lo obliga a la creación de palabras para nombrar su mundo, el que le entra por lo cotidiano y lo hace diferente de un inglés, francés o un alemán.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Son las palabras lo único que nos queda

Por Arnoldo Fernández Verdecia arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

“…para qué escribir,…, lo que hace falta es dinero para que salves la casa .”

Me aturden las palabras desde mi insilio.
El ejercicio del poder local, en el interior de Cuba, necesita una estética transgresora. El escritor, lo enaltece o lo despedaza: “…por eso escribo, así de alguna manera soy un dios y hago mi mundo, mi gente, mi dolor, y nadie me lo puede quitar. Son las palabras lo único que nos queda, lo único que no emigra, lo único que permanece…”

Los escritores en el insilio, sobre todo en esa entidad nombrada municipio, deben elevarse de los circuitos que encadenan su creación, la lucha apenas comienza en estos tiempos de globalización de la cultura. No olvidemos que escritores son aquellos que toman la pluma para modelar una idea, sean filósofos, narradores, cientístas, poetas, monjes, o cualquier otra denominación que necesite de la escritura como herramienta de socialización.

En el municipio es hora de echar a andar “Ajenos al licor que nos trasciende / no con el cuerpo rasgando todo límite / no con el sustillo de lo semejante / a chorros en la conciencia / ajenos a toda inexplicable catadura / - desplazamiento hacia lo múltiple -/ a toda fe que contamina / férreos y ajenos”

Las utopías de intelectuales que se crecieron sobre las miserias y reflejaron su tiempo alimenta las ilusiones de los que escriben en el interior, seres que llevan a la boca un puñado de sueños, escaso vino, como dijera el poeta: “La casa abre su cuerpo /está en llama esa fotografía / alto contraste”. Aunque hay lágrimas en los bordes de la página en blanco, José Martí apunta acusador, pero “me aturden las palabras y el traqueteo de la máquina de escribir”.

Fragmento de mi  libro: "La soledad del oficio", Ediciones Santiago, 2009

martes, 15 de septiembre de 2009

Desde una visión de género: Una revista para todos los tiempos

PEDRO ANTONIO GARCÍA (cultura@bohemia.co.cu)

Para no caer en trampas metafísicas, miremos La Edad de Oro del modo que nos propone el pequeño príncipe del asteroide B-612: “Lo esencial es invisible para los ojos (…)”. En la primera página del número inicial, se consigna: “Para los niños es este periódico, y para las niñas también”. Ellas nacen para madres, apunta más adelante, y “deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo”. Partidario del libre albedrío de la mujer, en una época donde la familia aún la concertaba el esposo, hace decir a la princesa de Meñique: “Hija de rey o hija de campesino, la mujer debe casarse con quien sea de su gusto”.

Es cierto, como apunta Arnoldo Fernández Verdecia en un interesante ensayo sobre La Edad de Oro, que en la visión martiana de la mujer, ella debe aprender desde niña la feminidad, jugar a las muñecas, contar cuentos bonitos para las visitas, estar bellas y aseadas. Ser madre y ama de casa, su rol fundamental.

Así, razona Fernández Verdecia, cuando Martí nos propone elegir entre Pilar y Masicas (la esposa de Loppi en El camarón encantado), quien ejemplifica a la mujer negativa, lo que diferencia a ambas “son los atributos morales, en esencia los roles siguen siendo los mismos”.

Aun así, llamo la atención de que Martí no nos propone como antípoda de Masicas a Nené, quien gusta de jugar a ser mamá, ir de tiendas, hacer dulces; ni a Piedad, tan interesada en estar bella y en el aseo suyo y de su muñeca Leonor, sino a Pilar, la trasgresora. ¿No debíamos meditar un poco más al respecto?

El propósito de Martí, con La Edad de Oro, era escribir para los niños de su tiempo, una época en que se extendía la niñez hasta una edad que hoy consideraríamos como bien entrada la adolescencia. Si hoy esta revista resulta un paradigma para la literatura infantil; si sus relatos sobre la historia (latino)americana tienen plena vigencia para la escuela de nuestros días y aún conmocionan a los jóvenes; si a pesar de sus prejuicios decimonónicos, muchos consideran que, en lo esencial y como punto de partida, el modelo de educación para mujeres que propone es una alternativa para el actual milenio; si los niños y niñas de cualquier edad siguen considerando un viejo amigo al Hombre de La Edad de Oro; tendremos que convenir sobre la genialidad indiscutible de este ser extraordinario, el más universal de todos los cubanos, a quien denominamos Apóstol, Héroe Nacional o, simplemente, El Maestro.


Fuentes: Fragmento de un artículo publicado en la revista Bohemia, 17 de julio de 2009, consultado en la dirección electrónica http://www.bohemia.cubasi.cu/2009/07/20/cultura/marti-edad-de-oro.html

Ustedes, los que leen

Por Eduard Encina Ramírez

¿Qué es un lector? Me preguntaba cuando pensé en escribir unas cuartillas para provocar un posible intercambio con ustedes, en el instante en que están alertas para hacer la primera lectura de estas palabras. Sin embargo, al intentar explicarme la interrogante antes expuesta, se me hace imprescindible otra no menos compleja ¿Qué es un escritor?

En algún texto leí una sentencia de Meshonic que intentaba solucionar esta disyuntiva sentenciando que: Quién lee se lee. Quién escribe se escribe. ¿Acaso estaría resolviendo o planteando nuevas interrogantes? ¿Hasta qué punto un escritor se escribe y un lector se lee? ¿El texto escrito se convierte en la muerte del autor y a la vez en el nacimiento del lector?

Existe un espacio común entre el que escribe y el que lee, pues ambos ejercen un oficio solitario. No existe un carácter coral en estos actos, sino que únicamente es posible (al menos en su intención primigenia) desde una perspectiva individual.
El que escribe crea sentidos, el que lee los agrega. Para el escritor argentino Jorge Luis Borges cada lectura renueva el texto ¿Leer como acto de creación? Pudiera ser esta una de las posibilidades a la que aspira la literatura contemporánea, romper con el carácter pasivo del lector, permitiéndole “leerse a sí mismo, desde lo que conoce” o tal vez pudiera ser (como postuló Lezama) a la inversa “aprender desconociendo”. Mucho antes Platón había dejado un axioma casi místico a la posteridad: “Conocer es recordar”. Si leer es un acto consciente, el lector ha de entrenar estructuras de pensamiento que le permitan “recordar”, es decir, volver hacia lo leído constantemente para dotarlo de nuevos significados.

Así, ante el universo de la palabra escrita crece un universo de lectores también estratificados hacia distintos niveles de descodificación (y casi podríamos decir de “enriquecimiento”) del texto. Suelo confesar que fui un pésimo lector durante la infancia. Obsesionado con el dibujo de lo que me rodeaba, no percibí (ni me hicieron percibir) que en los libros también existía un mundo imaginado, y por tanto real, en espera de que yo me acercara a conocerlo, es decir, a recordarlo. Fue por eso que después tuve que leerme toda aquella literatura, ya sin la magia de la infancia, sino con la incredulidad del que no puede ver en el sombrero de Saint Exupéry la boa que se tragó a un elefante.

Durante el acto de leer se activan otras lecturas, nuevos diálogos que permitirán (en dependencia del entrenamiento del lector para recordar) el alcance de un texto” flexible”, es decir: potencial.

Pero en la palabra escrita o leída, el asunto no es solo una cuestión semántica, sino de compresión de códigos y símbolos que maneja el lector para enriquecer y matizar sus lecturas.

En los tiempos que trascurren el lector ha de entrenar el ojo para no confundir la cultura de la información con la del conocimiento. Según un milenario proverbio chino “La clave de la superficie está en el fondo”, hacia allí ha de sumergirse para descubrir o descubrirse. Ser un lector informado, presupone una actitud reproductiva y acomodaticia, una especie de almacén de nombres y no de cosas. Un lector en el conocimiento estimula el pensamiento, es como una piedra que al caer al agua se prolonga en los círculos hambrientos que buscan la orilla, con el ánimo de sopesar otra sustancia.

Cuando leo estoy seguro que se ha instaurado en mí algo que todavía desconozco, pero sé que me pertenece, y por lo tanto he de cuidarlo hasta que pueda revelar su naturaleza, que casi siempre se parece mucho a lo que escribo.
Ustedes, los que leen, y ustedes los que escriben, quizás puedan acercarse mejor a la sentencia del principio ¿Quién lee se lee? ¿Quién escribe se escribe?
Pongo esa bola en juego.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Entre los placeres y los compromisos de un escritor cubano: el Caliban

Por Arnoldo Fernández Verdecia. arnoldo@gritodebaire.icrt.cu

Escribir es un modo de juzgar.
En el pensamiento cubano, la reflexión sobre los compromisos del escritor tiene como figuras imprescindibles a José Martí, José Antonio Portuondo, Juan Marinello, Roberto Fernández Retamar, Emilio Ichikawa, Rafael Hernández y Desiderio Navarro. El criterio que seguí, para su selección, permite mirar, desde adentro, con una visión plural el problema.

Escoger sólo a estos autores pudiera tener sus agravantes, no me preocupa, pues son artífices de un pensamiento crítico, que de una forma u otra gira en torno al dilema servido a la mesa. De los escogidos, excepto José Martí, todos sitúan el compromiso con un partido político o el Estado como la implicación fundamental.

Nuestro José Martí, “raro paradigma” de las letras y la política, es de los que ubica el compromiso incondicional con la obra como condición básica del escritor. En uno de sus trabajos sobre “Italia”, de notable vigencia, señala:

“Historiar es juzgar, y estar por encima de los hombres y no soldadear de un lado de la batalla. El que puede ser reo, no ha de ser juez. El que es falible, no ha de dar fallo. El que milita ardientemente en un bando político, o en un bando filosófico, escribirá su libro de historia con la tinta del bando.”

Al analizar estas ideas saltan a la vista algunos elementos claves:

1-Escribir es un modo de juzgar. Se debe estar por encima de los contrincantes.

2-El oficio de escribir debe estar liberado de la ideología que representa al partido dominante y a la clase social que gobierna, para desarrollarlo con la justicia y dignidad que merece.

La propuesta martiana sobre la escritura como liberación del estado político que configura la sociedad es paradigmática, la supuesta verdad que unos y otros levantan a ambos lados del conflicto, es esencializada para su uso como herramienta de control social. El conocimiento se convierte en patrimonio del poder, lo manipula a su antojo. No olvido la Campaña de Napoleón en Egipto, el caudillo la hizo aparecer en París como victoria, que le aseguró el acceso a formas de poder complejas. Tal vez por eso, siempre me viene a la mente el poeta español que dijo “¿quién no sabe que hasta el pasado se inventa?”

Una figura esencial, dentro de la tradición intelectual liberadora cubana, para comprender el problema de los compromisos, es José Antonio Portuondo. Llega a definir lo que entiende por intelectual y propone una estratificación en la que el escritor aparece de abajo a arriba en el penúltimo escalón:

“...podríamos conceptuar al intelectual como a un forjador consciente de la conciencia social en cualquiera de su manifestaciones: ética, estética, filosófica, política, etc. Y siguiendo también al pensador italiano, es posible establecer como las principales categorías intelectuales de abajo a arriba, a clérigos, políticos, profesionales (médicos, abogados, técnicos, científicos, artistas, escritores, filósofos)”.

Los escritores deben contribuir con su obra a la forja de la conciencia social, sobre todo con su enfoque estético, el compromiso tiene como peculiaridad que, la obra creada, debe ser un reflejo artísticamente elaborado de la realidad.

Por otro lado se infiere que los escritores están obligados a funcionar dentro de unos límites concretos, la realidad y sus bordes, desde adentro o desde afuera, su obra no debe traicionar el espíritu de la Revolución Cubana.

Lo curioso es no reconocer a los filósofos como escritores, si para nadie es un secreto que son auténticos profesionales de la pluma, de una clara conciencia del papel de la escritura en su prédica. En el propio texto dice líneas después:
“…en el más alto grado se colocarán los creadores de las ciencias, de la filosofía, del arte, etc, en el nivel más bajo, los más humildes administradores y divulgadores de la riqueza intelectual ya existente, tradicional, acumulada. En este punto se impone la distinción entre el intelectual “orgánico”, expresión de cada clase social, y el tradicional, depositario trasmisor de la herencia cultural.

Sobre esta propuesta de jerarquización es bueno llamar la atención en los administradores y divulgadores de la riqueza intelectual acumulada, no llega a identificar quiénes son, ni siquiera por el contexto puede inferirse, hecho problémico para nuestra realidad, porque en la práctica estas acciones la desarrollan funcionarios que responden “incondicionalmente” a la política cultural, sin contextualizarla en sus realidades y terminan defendiendo un arte muchas veces despojado de lo social, por eso la contradicción escritores versus funcionarios, ha sido una coordenada de la cultura cubana a lo largo de la Revolución, el punto de identificación es la pertinencia ideológica, en lo demás los desacuerdos han sido manifiestos.

La contradicción antes aludida adquiere proporciones inimaginables al interior de Cuba, el entramado burocrático encargado de transmitir cultura, termina asfixiando las individualidades que tratan de crecer en sus realidades y escribir una obra de calidad. Es difícil desbordar el problema, los que lo hacen se exponen a ser vigilados o amenazados por reflejar los problemas desde el punto geográfico donde viven. No interesa el valor artístico de la obra, lo que importa es quien la escribe y los posibles sentidos de por qué la escribe. El tan llevado y traído compromiso político muchas veces se tergiversa y se busca, en lo escrito, elementos extraliterarios que fundamenten una valoración negativa del escritor. Las armas apuntan, el escritor cae, no puede defenderse, no tiene institución que lo represente, porque a decir verdad no todos los municipios de Cuba tienen Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Casas del Joven Creador, únicas banderas de las que puede agarrarse, en caso de problemas como los referenciados.

Un escritor, tan paradigmático como Juan Marinello, justifica el compromiso político como algo necesario desde cualquier circunstancia histórica: “se trata de que el intelectual caiga del lado de una solución colectiva en la que, de una parte, mantenga y exalte su inevitable hombría y, de la otra, trabaje por la mejor dignidad de su tarea específica”.

Subrayo algunos elementos de peso en su valoración, intelectuales honestos, ansiosos de obra duradera, probada hombría, trabajar por una realidad mejor en la que predomine la justicia social. Se trata de escritores de una misma orilla ideológica, cuestión que desde el interior no se comprende por los funcionarios, ni los escritores han sido lo suficiente varones para enfrentar el discurso del poder local al de las letras, tal vez obedezca a la “cacareada mala literatura” que se escribe desde estos puntos, o a la situación de marginalidad en la que viven la mayoría de los que escriben, sin concursos alentadores y casas editoras que los representen. El compromiso de los que escriben desde el interior, en esa instancia llamada municipio, tiene en los criterios de Marinello un referente básico: trabajar por la llegada de una sociedad local más justa, sus obras deben ser armas de lucha contra esa metástasis que todo circunda si no responde a sus dictados.

Alguien tan cercano a nosotros como el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar propone a “Caliban”, para repensar nuestra historia desde el otro lado, el rudo e inconquistable dueño de la Isla . Escribir bajo la mirada del Caliban. De hecho se aprecia la orientación martiana de su análisis, al defender una cultura propia situada al lado de los humildes. “Caliban” es un símbolo de rebeldía, mientras “Nuestra América” viva dependiente, está obligada a escribir con la pluma del bando al que pertenece, no hay otro camino, a no ser que gire hacia la propuesta de Sarmiento, escrito en el “Facundo”; o hacia lo exótico, para exhibirlo en vitrinas de Europa o Norteamérica. Retamar sitúa el compromiso político por encima de su responsabilidad con la poesía y el ensayo, estos deben servirle como elementos imprescindibles en la fundamentación estética de la sociedad nueva. Caliban es su mejor prueba.

Emilio IchiKawa presentó desde el recinto universitario habanero, antes de abandonar Cuba, evidencias del retraimiento de los filósofos-escritores de los asuntos públicos, al decir que sus discursos no funcionan como referente habitual en el universo de la cotidianidad. ¿Quiere decir que postulan el compromiso político como bandera del filosofar? Plantea que los filósofos deben tener una estrategia frente al poder, están obligados a determinar si viven del mismo o contestándole. Tal vez esto explique la compilación "Estudios de Filosofía una saga de la cultura cubana” en el que señala, en su epílogo, que nuestra crítica padece trivialidad y anonimato, por eso plantea la utilidad de unir los prólogos realizados por nuestra “comunidad de filósofos”, a clásicos del pensamiento universal, sobre todo en el contexto de los sesenta; agrupa fundamentalmente a intelectuales del Alma Mater:

“En el caso del grupo que ahora antologamos, es necesario analizar el proceso de participación-incorporación al movimiento revolucionario y lo que se propusieron hacer por la Revolución desde su saber. En cualquier caso, aún en estos casos de introducción a la filosofía clásica, predomina el intento (muy visible) de dotar al pensamiento de un compromiso político, aún cuando este compromiso tome forma de fidelidad teórica y metodológica a una filosofía que públicamente inspira al proceso revolucionario cubano. Es sorprendente esa suerte de afán metafísico por una existencia revolucionaria, y de un Marx que lo mismo contribuye a argumentar la lucha guerrillera que un análisis de Platón o Kant. Si no hay por las propias urgencias de una Revolución triunfante, una filosofía total, si encontramos una exigencia total a la filosofía”.

¿Se puede hablar de “comunidad de filósofos en Cuba”? Ichikawa esgrime en “El pensamiento agónico”, uno de sus primeros libros, que los cubanos no tenemos el emblema literario por excelencia que exprese nuestro espíritu. Sobra la argumentación. ¿Por qué ese afán de establecer límites entre un provincialismo filosófico y la flamante Universidad de La Habana? Los de provincias no existen a la cuenta del autor, por los vacíos de información que oscurecen su proceder. Los destinos del hombre, los dilemas de la cultura, la relación con los poderes locales, no son parte de una escritura liberadora desde cualquier punto de la geografía cubana.

Hay que reconocer que la noble y leal Universidad de La Habana, ha sido un instrumento eficaz en la conformación de los hombres que ejercen el poder político en Cuba, los intelectuales del citado recinto, fueron y son intelectuales orgánicos al servicio de la Revolución, otra clasificación no cabe, tal vez eso explique su afán metafísico por una existencia revolucionaria, que los de provincias no ilustran con nitidez, pues su pensamiento se desconoce parcialmente. Ichikawa cae en una posición etno-occidentalista, desde la universidad de La Habana como espacio sagrado por excelencia.

Rafael Hernández, ilustrado crítico de los problemas aquí desarrollados, en “Mirar a Cuba, Ensayos sobre cultura y Sociedad Civil”, se introduce en las representaciones intelectuales, desde fuera de la Isla, en torno a la relación poder político- intelectualidad dentro de la Revolución Cubana. En la obra realiza el siguiente planteamiento:

"Las personas dedicadas a las artes o las ciencias, los profesionales y técnicos constituyen un grupo importante en el conjunto de los trabajadores cubanos, con una incuestionable capacidad de incidir en el desarrollo de la sociedad, aunque bastante heterogéneo. Sus tareas y proyección social, y naturalmente, sus enfoques, pueden ser muy diferentes. Desde mi punto de vista, estas no constituyen un sector ideológicamente diferenciado de la sociedad cubana, y como tales, no son los poseedores del rol exclusivo de conciencia crítica. En otras palabras, no son los únicos llamados, por su capacidad o sus agallas, a identificar y enfrentar los problemas del país".

Incluso plantea: “el intelectual debe actuar en la historia con su crítica y su polémica, contribuyendo a un cambio social concreto, tomando partido por la justicia social y la independencia, como es el caso de nuestra tradición latinoamericana".¿Quiénes forman parte del selecto grupo que por sus agallas pueda hacerlo?

Esta ambigüedad discursiva limita lo que pudiera considerarse un planteamiento sociológico importante en el contexto histórico de la Isla. No existe una intelectualidad que pudiera hacerlo sin liberarse del compromiso con la Revolución. ¿Puede existir un sector intelectual ideológicamente diferenciado dentro de la sociedad cubana?

Por último, desde una orientación gramsciana, ubica el compromiso del escritor, al ejercer la crítica y la polémica en función de un cambio concreto, enmarcado en la tradición latinoamericana que preserva el legado de justicia social e independencia. Debe señalarse que el escritor, sin olvidar los compromisos con su obra y la política revolucionaria, está en derecho de asumir ganancias de otras tradiciones críticas, sin perder el tronco del que viene, nadie puede impedírselo, por eso su trabajo se articula a partir del recurso fundamental: el conocimiento y sus usos.

Otro autor, como el conocido ensayista, Desiderio Navarro en su texto "In Medias res publicas", propone contribuir a la comprensión del papel de la intelectualidad cubana en la esfera pública. Algunas ideas merecen reseñarse, para comprender el fenómeno.

El versículo de Fidel Castro pronunciado en Palabras a los intelectuales funciona, según Navarro: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, como normativa que delimita el servicio creativo en la lucha por hacer un arte, llena de sentidos y significados, sin perder de vista los contextos socioculturales que la determinan. Señala Navarro, en nombre de esta frase, manipulada desde la izquierda por algunos funcionarios, cayendo en la extrema derecha, se asumen posiciones que entristecen el panorama creativo, entre las que deben mencionarse: censura de obras artísticas con una conciencia crítica; idealización de los logros culturales de la Revolución Cubana desde la visión de los funcionarios; la ubicación del intelectual, portador de una conciencia crítica, con etiquetas de disidente o conflictivo que produce daños morales irreparables.

Lo anterior, según Desiderio, obliga a la sociedad civil cubana, en su enfoque nacional y local, a revisar su política cultural, pues todo parece indicar que los caminos de la creación están vigilados por una plaga de ciegos que no quieren ver una escritura contextualizada en los problemas sociales donde transcurre lo cotidiano.

Sobre todo el interior(municipio), agregaría yo, escenario de disidencias encabezadas por intelectualoides sin una obra seria, según el punto de vista que manejan algunos funcionarios y políticos, hecho que no debe aceptarse por los escritores serios, pues éste deviene (el municipio) escenario de efervescencia que no puede morir o traicionarse, debe ser un arma de la cultura nacional para salvar los posibles derrumbes a los que parece conducirnos el mundo con sus locuras tecnológicas y militares.

Fragmento de mi  libro "La soledad del oficio", Ediciones Santiago, 2009.
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